Literatura de aventuras

El eterno retorno de Jack London, un escritor que sigue fascinando

Nunca olvidaremos a Colmillo Blanco, ni a Buck y su llamado de la selva. Esos perros y esos hombres vuelven en nuevas traducciones mucho más fieles, crueles e impiadosas.

Perros en la nieve
Los perros y los humanos que inspiraron a Jack London (foto Jakub Frys)

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Jack London (San Francisco 1876-1916) nació llamándose John Griffith Chaney. Su padre carnal, dedicado a la astrología y al espiritismo, abandonó a su madre cuando se enteró de que estaba embarazada, “dejando que la mujer, sin prácticamente recursos y con muy mala salud, lidiara sola con el hijo de ambos”. Al poco tiempo ella se casó con John London, quien le dio su apellido al hijo que ya tenía. Cuando Jack London murió “tenía 40 años y había escrito 21 novelas, 20 libros de cuentos, 4 volúmenes autobiográficos, 22 libros de ensayos, 4 piezas teatrales y un importante número de libros de poesía”. Once cuentos de Klondike no es uno de esos libros sino una antología regida por el criterio de que la acción de los cuentos se desarrolle en la región de Klondike, al norte del Canadá y muy cerca del círculo polar ártico.

Sí, vivió apenas 40 años, pero además del tiempo para escribir sus libros, London fue “ladrón de ostras en la bahía de San Francisco, cazador de focas en Siberia, vagabundo en los trenes de su país, buscador de oro en el lejano norte, corresponsal de guerra en la guerra ruso-japonesa y durante la revolución mexicana, marino aventurero en Oceanía y socialista de la primera hora; este autodidacta, admirador de Kipling y de Stevenson, llegó a ser el escritor mejor pagado de su tiempo y a ganarse la admiración de muchos de sus pares, incluidos Joseph Conrad, Ernest Hemingway, Georges Simenon y Jorge Luis Borges, entre muchos otros”. Así lo cuenta Jorge Fondebrider, prologuista, antologista y traductor de este libro.

Lo que aparece obvio al leerlo, es que a London le sobraba talento natural. Ese talento, que tanto lo favorece, le daba la suficiente confianza para enviar los textos a los editores y a las revistas sin dejarlos reposar y sin hacerles una relectura para corregir. Además, “London, una auténtica celebridad y uno de los escritores mejor pagados de los Estados Unidos, tenía un estilo de vida sumamente caro, que le exigía producir continuamente cuentos y novelas para pagar las cuentas. Tal parece ser que, llegado un punto, empezó a sentirse agotado y falto de imaginación por lo que, no bastándole el material que podría procurarse en la propia vida o en la prensa, comenzó a comprar argumentos para sus ficciones”. Fondebrider cuenta que se sabe, al menos, que le compró a Sinclair Lewis “veintisiete argumentos de un total de cincuenta y cinco propuestos” por ciento treinta y siete dólares.

En cuanto al socialismo de London, que tiene raíces en la manera como pasó su niñez y primera juventud, debe entenderse en el contexto de la vida misma de London y en que, de hecho, no creía en la igualdad. Anota Fondebrider que “en muchos de sus textos, London señala que el epítome de la civilización es el anglo germano blanco. Su mirada respecto de otros pueblos oscila entre la piedad y la comprensión (como ocurre con los nativos americanos), y el más profundo desprecio como es el caso con los chinos, a quienes considera como ‘el peligro amarillo’. En cuanto a los europeos de otros orígenes depende de cada caso. En relación con los franceses, los considera menos civilizados que los protestantes de origen anglosajón”.

Frío perpetuo

Lo que hizo Fondebrider en Once cuentos de Klondike fue un repaso de sus publicaciones y escogió estos once cuentos que se desarrollan en Klondike. Ya se conoce la curia de Fondebrider como traductor. Para muestra su excelente versión de Madame Bovary de Flaubert, con notas que aclaran y explican, ampliando la comprensión de la lectura. Y ese mismo procedimiento se vuelve aún más pertinente para Klondike, en el Yukón canadiense, a pocos kilómetros de Círculo Polar Ártico, una región de frío perpetuo, aislada y llena de accidentes geográficos, de la que poco se sabe.

Después de varias fiebres del oro provocadas por el descubrimiento de yacimientos en diferentes partes del norte de Norteamérica, y más con el antecedente de que la colonización del oeste de Estados Unidos fue jalonada por las ansias de oro, en 1896 un minero californiano que había fracasado en sus búsquedas durante cinco años, halló por fin una fuente de oro tan rica en los alrededores del río Klondike que desató una enloquecida fiebre en esa región “que llevó a más de cien mil personas, con y sin experiencia en la búsqueda de oro, a probar suerte en uno de los territorios más inhóspitos de Norteamérica”.

Enterado de lo que sucedía, un Jack London de 22 años partió para Klondike en septiembre de 1897. Allí estuvo tan solo un año, hasta agosto del año siguiente, cuando regresó a San Francisco. Un año que le cambió la vida. Dice Fondebrider: “para que se tenga una idea de la importancia de ese viaje, hay que considerar que las experiencias de ese único viaje le permitieron a London, entre 1900 y 1912, escribir un enorme número de textos, que incluyen artículos periodísticos, novelas y cuentos”.

Aparte del denominador común de que todos ocurren en las cercanías del Klondike, los once cuentos son excelentes. Para empezar —y no es mi favorito pero le reconozco la fuerza narrativa— está “La liga de los ancianos”, que London creía que “es el mejor cuento que escribí”. Un viejo nativo, Imber, aparece en el pueblo de los blancos y le cuenta al juez los ‘crímenes’ que ha cometido. Para alguien que cree en la superioridad de los blancos, como London, es toda una proeza meterse en el pellejo del nativo. Pero lo logra. Dice Imber: “los blancos son como el aliento de la muerte; todo lo suyo conduce a la muerte, sus fosas nasales están llenas de muerte; y, sin embargo, no se mueren. Suyos son el whiskey y el tabaco, y los perros de pelo corto; suyas son las muchas enfermedades, la viruela y el sarampión, la tos y la boca que sangra; suyas son la piel blanca y la blandura ante la helada y la tormenta; y suyas son las pistolas que disparan seis veces muy rápida e inútilmente”.

La vida en el Yukón es muy difícil. El principal enemigo es el clima. Viajar es siempre un proeza, un desafío. Muchos de los cuentos de esta antología son relatos de viajes. En todos los casos se pone en riesgo la vida. Para moverse, el compañero es el perro de trineo. De ahí nacen unas intrincadas y perfectamente verosímiles relaciones entre hombres y perros. Bueno, y entre hombres y hombres; y entre perros y hombre. No estoy jugando. Creo que el mejor entre este conjunto de muy buenos cuentos es “Bâtard”, que comienza así: “Bâtard era un demonio. Esto se sabía en todas las tierras del norte. ‘Engendro del Infierno’ lo llamaban muchos, pero Black Leclère, su amo, le eligió el infamante nombre de Bâtard. Ahora bien, Black Leclère también era un demonio, y los dos hacían buena pareja. Hay un dicho que dice que cuando dos demonios se juntan, el resultado es el infierno”.

“Bâtard” es el perfecto relato del odio perfecto, sin fisuras, ni piedad, ni justificaciones, ni disimulos. Bâtard odiaba a Leclère, Leclère odiaba a Bâtard. “La historia de Bâtard y de Leclère es la historia de una guerra, de cinco años crueles e implacables (…) Para empezar, fue culpa de Leclère, porque odiaba con inteligencia y a conciencia, mientras que el torpe perrito de patas largas odiaba sólo ciegamente, de manera instintiva, sin razón ni método. Al principio la crueldad no era refinada (esto iba a venir después), sino simples golpes y brutalidades crudas”. Por su parte, Bâtard “siempre contestaba con un gruñido desafiante, la amenaza amarga de venganza de su alma (…) Nada podía matarlo. Florecía bajo el infortunio, engordaba con el hambre, y, como consecuencia de esa lucha terrible por la supervivencia, desarrolló una inteligencia sobrenatural. Suyas eran la cautela y la astucia de su madre, la perra esquimal, y la fiereza y el valor del lobo, su padre”.

Pongámoslos frente a frente: “ambos se habían convertido en un problema para el otro. El aliento mismo de cada uno constituía un desafío y una amenaza para el otro. El odio los unía de una manera en que el amor nunca podría unirlos. Leclère estaba decidido a ver llegar el día en que se quebrara el ánimo de Bâtard y éste se arrastrase y gimiera a sus pies. Y Bâtard… Leclère sabía lo que había en la mente del perro y en más de una ocasión había leído la mirada de Bâtard. Y la había leído con tanta claridad, que cuando Bâtard estaba a sus espaldas, a menudo le echaba un vistazo por encima de su hombro”. Y dice más adelante: “el perro yacía ante el fuego, inmóvil, durante horas, mirándolo fijo y odiándolo con ojos amargos”.

Más allá del consabido garrote, el atarbán de Leclère turna torturas: “la tortura del hambre, la de la sed, la del fuego y, peor que todas, la tortura de la música”. ¿La tortura de la música? Pues sí. Cada vez que se emborrachaba, Leclère tocaba “una vieja y maltratada armónica”. (Menos mal no tocaba acordeón, comenta mi asesora musical Mila Doré, en solfa). Bâtard no toleraba esos sonidos. Lo descomponían y “con la garganta enmudecida, con los dientes fuertemente apretados, retrocedía, pulgada a pulgada, hasta el rincón más alejado de la cabaña. Y Leclère, tocando y tocando, con un garrote bajo el brazo, seguía al animal, pulgada a pulgada, paso a paso, hasta que ya no tenía dónde refugiarse. Al principio, Bâtard se encogía en el menor espacio posible, aplastándose contra el suelo, pero, a medida que la música se acercaba más, se veía forzado a incorporarse, el lomo pegado contra los troncos, las patas delanteras agitando el aire como si así fuera a vencer las olas ondulantes del sonido. Mantenía aún los dientes apretados, pero su cuerpo era atacado por severas contracciones musculares, extraños espasmos y sacudones, hasta que todo él temblaba y se retorcía en silencioso tormento”.

El desenlace es brutal. El mejor cuento de odio jamás escrito. Y acompañado de otras diez magníficas historias.

Colmillos

Acaso los dos principales libros de London sean Colmillo Blanco y La llamada de la selva, ambos producto de sus experiencias como buscador de oro en Klondike. De ambos existen innumerables traducciones y ediciones. Por ejemplo, la versión que hizo Rosa Regás de La llamada de la selva en 2021. Leerla fue volver a mis ¿once?, ¿doce? años, y rescatar las emociones que me produjo entonces. La llamada de la selva mantiene incólume su magia, su fascinación.

Buck era un hermoso perro, “de no ser por algunos pelos marrones aislados en el hocico y sobre los ojos, y por el plastrón de pelo blanco que le bajaba por el pecho habrían podido tomarlo por un lobo gigantesco mayor que el más grande de su raza. De su padre san Bernardo había heredado el tamaño y el peso, pero había sido su madre, la pastora escocesa, quien había moldeado esos atributos. El hocico era el largo hocico de un lobo, aunque era más grande que el de cualquier lobo; y su cabeza, bastante ancha, era una cabeza de lobo a escala colosal”. Semejante belleza llevaba una vida muy burguesa en la mansión californiana de un juez retirado, consentido por los nietos del paterfamilias.

De repente, su vida cambió por completo: fue robado y llevado hasta el Yukón canadiense a servir arrastrando trineos durante la fiebre del oro: “lo habían arrancado de golpe del centro de la civilización y lo habían arrojado bruscamente al corazón mismo de lo primitivo” y esto hizo que revivieran en él “instintos hacía tiempo desaparecidos. Se despojó de la domesticidad de generaciones”.

Trabajó duro, llegó a estar en los límites de la supervivencia y fue terriblemente maltratado hasta que tuvo un dueño que lo quería con pasión: “el amor, un genuino amor apasionado, lo invadió por vez primera. No lo habían sentido nunca en la casa del juez Miller, allá en el soleado valle de Santa Clara. Cazaba y paseaba con los del juez y mantenía con ellos una relación funcional; con los nietos, una especie de pretenciosa tutela, y con el juez una digna y respetable amistad. Pero el amor hecho de fiebre y fuego, que es adoración y locura, sólo lo sintió cuando apareció John Thornton”.

En un medio hostil, con una vida tan difícil, este perro burgués rescata todos sus atavismos y atiende la llamada de la selva: “no sentía nostalgia. Los recuerdos de las tierras soleadas eran difusos y distantes y no le afectaban. Mucho más poderosa era la memoria hereditaria, que teñía de aparente familiaridad cosas nunca vistas antes; los instintos (que no eran sino los recuerdos de sus antepasados convertidos en hábito) debilitados por el paso de los años que despertaban y revivían en él”.

Una historia poderosa, magistralmente contada. Un libro inolvidable.

ONCE CUENTOS DE KLONDIKE, de Jack London. Eterna Cadencia, 2016. Buenos Aires, 288 págs.
LA LLAMADA DE LA SELVA, de Jack London. Navona, 2021. Barcelona, 192 págs.

Jack London
Jack London en nuevas traducciones

Crónicas de los desposeídos

Con traducción de Javier Calvo, los lectores también hallarán en librerías el extenso reportaje La gente del Abismo de Jack London (Gatopardo, 2018), que retrata la vida en el East End de Londres de 1902, donde London vivió allí disfrazado de vagabundo. Su registro de la vida de las personas sobreviviendo en condiciones infrahumanas, mientras las clases acomodadas se beneficiaban de la política colonial del imperio, da como resultado un texto inolvidable.

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