Erotismo hablado

Seducime

Casa Gómez propone un viaje de dos horas. Se ingresa por la puerta secundaria: el ambiente principal se conserva inmaculado hasta que da comienzo Labios Pendientes (Marianella Morena).

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Es la primera vez que se realiza un ciclo de teatro erótico en Uruguay.

Los sentidos se provocan al máximo: olfato, gusto, tacto y vista se estimulan con una degustación de vinos en tres tiempos (blanco, rosado y tinto), quesos y uvas durante la previa. El espacio, la decoración, los cuadros con imágenes sexys, las luces, la cama sola en el medio y la charla con los demás pasajeros que se animan a esta travesía seducen desde que se atraviesa la puerta. Nadie se escapa. La entrada en calor conspira para meterse en clima, desestresarse, salir de la urbe y visitar el mundo Casa Gómez. Toda esa estimulación hace lo suyo en el cuerpo y la mente del espectador para que cuando inicie la función de teatro erótico los actores se alimenten de ese juego.

Agustín Urrutia y Lucía Trentini vuelven a ser pareja y compartir una cama en la ficción. Lo habían hecho en No daré hijos, daré versos (Marianella Morena) y el vínculo fluía sin cortocircuitos. Comandaba la confianza, así que la directora se detuvo en la química que reinaba en la dupla para proponerles el desafío de encarar el primer ciclo de teatro erótico en Uruguay.

Cuando Marianella mencionó a Agustín que harían teatro erótico, su imaginación se disparó, no sabía con qué se iba a encontrar, pero ya conocía el método y dinámica de la directora así que intuyó que sería "muy cargado desde el texto. No sabíamos cómo íbamos a encarar la puesta pero sabemos que ella puede venir con este tipo de propuestas y es un juego que nos encanta". La oferta encontró a Lucía haciendo teatro en Barcelona pero con ganas de retornar, así que la convocatoria calzó perfecto, "que fuera con un compañero con el que tengo gran empatía era un lindo estímulo. La palabra erótico le daba un plus al desafío y, además, me habían hablado mucho de Casa Gómez y me encantaba la idea de jugar con el espacio, que fuera un motor de creación".

No llueve sobre mojado.

La directora aborda cada montaje desde un concepto: en No daré hijos... quería una habitación estallada por una guerra, en Labios Pendientes les encomendó una pareja que invitara al evento y trascendiera la acción. Estos personajes tienen el deber de estimular los sentidos y la consigna es, ustedes quieren ser vistos, mostrar lo que les pasa, exhibirse. "Jugamos a ser anfitriones y exponemos toda nuestra intimidad: te voy a contar, entonces te hago cómplice. Vas a escuchar mis secretos y tal vez alguno de ellos se parezca al tuyo, pero te quedás con tu intimidad intacta, satisfecho de que no sos el único. Yo soy el vocero de eso que viviste pero nunca te atreviste a contar", explica Lucía.

Este hombre y esta mujer pueden ser espejo de cualquiera de las personas que observan desde las mesas de Casa Gómez. El vínculo entre ellos no tiene rótulos: "¿son un matrimonio, son amantes o simples desconocidos", se cuestiona la actriz. El foco central es el deseo, la tensión entre ellos y su evolución: "encuentran distintas maneras de vincularse, primero es quiero verte en un hotel, después en mi casa, quiero que me mires cuando estés con otro, quiero que estés con mi marido, quiero que estemos los tres juntos, todo eso condensados en 25 minutos". Una de las posturas que más le interesó a Agustín fueron las relaciones múltiples: ¿por qué no podemos vivir en tríos, cuartetos?, ¿por qué este mundo no permite que nos unamos si nos amamos y lo disfrutamos? Y no es un mensaje hippie de paz y amor todos juntos, sino de cómo se puede vivir el amor realmente con libertad, respetar el deseo".

—A diferencia de lo que se tiende a pensar al hablar de erotismo, aquí el diálogo es mucho más protagonista que el cuerpo, incluso Marianella menciona que la palabra es sexual...

—(Lucía) Trabajamos mucho sobre la tensión, precisión física, la contención. Evidentemente el erotismo está todo centrado en el poder que tiene la palabra. Mostrar una escena que físicamente denota erotismo a la vez que se habla de un texto erótico sería llover sobre mojado.

—(Agustín) La carga del texto está en provocar la imaginación, eso requirió lo mínimo de cuerpo; cómo levantamos todas esas imágenes para que esos vacíos el espectador después los llene como quiere en función de lo que conoce, lo que vivió, lo que desea. La fantasía y el recuerdo es una construcción de cada uno y eso es lo que tratamos de estimular.

Es una cuestión de estímulo, de pinchar, como prender un interruptor y solo prenderlo, no voy a jugar con él, después cada uno hace lo que quiere.

—(Lucía) En el mundo en que vivimos uno puede mantener una relación de gran seducción a través de un chat, por ejemplo, la imaginación es todo. El actor juega con la posibilidad de levantar imágenes a través de lo que dice y el espectador lo vivencia sin necesidad de moverse siquiera.

Camino al andar.

Agustín Urrutia y Lucía Trentini habían hecho un gran trabajo de laboratorio para crear el vínculo de pareja en la obra No daré hijos... Ese background adquirido en la pieza sobre Delmira Agustini les permitió potenciarse "desde un lugar de quitarse las estructuras y un alto grado de confianza: yo confío plenamente en Lucía, ella en mí y los dos en Marianella.

Eso generó libertad para moverse, tocarse, besarse, poder jugar con el tacto, la piel sin vergüenza. Para hacer este tipo de teatro la vergüenza la tenés que dejar afuera y creo que eso se logró gracias a que hay total confianza entre los tres", opina el actor. "En el trabajo artístico uno evoluciona siempre, se aprende a sí mismo y en función de los otros. Si tiene la posibilidad de trabajar con los mismos compañeros, evoluciona, profundiza y crece desarrollando aún más un vínculo que se viene construyendo desde antes. En el caso de Agustín y con respecto a No daré hijos... sucede eso: además de tener una gran amistad, existe una confianza que trabajamos hace mucho, nos conocemos desde lo físico y lo emocional, nos entendemos con mirarnos, nos respetamos y divertimos mucho".

—Podría ser la historia de cualquiera, ¿tiene que ver con esa obsesión que Marianella menciona en entrevistas sobre el límite entre la construcción y lo real?

—(Agustín) Uno empieza a traer material de uno, de las vivencias, uno le pone al texto la carga de lo que vivió, su sentir, su experiencia, su recuerdo, esto me hace acordar cuando me pasó tal cosa, es inevitable llevarlo hacia ahí. Y al espectador le llega desde otro lugar porque hay una verdad construida desde un sentir mucho más real.

Marianella tiene una forma de trabajar: si uno quiere compartir el material propio, lo hace. Como directora intenta sacar eso en los actores: antes de construir al personaje te pregunta, ¿qué hay de tu material que puedas usar? No es que indague, ella te dice, usalo, no me lo tenés que contar, ni compartir. En mi caso, conté algunas cosas, otras las usé y otras las tuve que construir.

Imantados.

La incomodidad no es una intención, aunque reconocen que pueden llegar a desajustar a los espectadores con algunos diálogos. "Jugamos mucho con la mirada al espectador porque nos parece que es un elemento de magnetismo, atención y a su vez, potencia mucho la situación, los personajes. La intención es traerlos todo el tiempo, estar acá, hacerlos parte de lo que pasa y seducir", indica Agustín.

El espectador observa como un testigo la charla, su pose es similar a si escuchara detrás de la puerta o mirara por la cerradura los hechos de intimidad que suceden en esa habitación. "Transformamos a todos los espectadores en voyeurs para integrarlos y, además, porque nos alimenta como actores al interpretar", agrega. "El teatro es un acto de entrega y comunicación. El diálogo entre el espectador y el actor siempre está, al menos es lo que yo aspiro que suceda en cada pieza", complementa la actriz.

La intensidad de la mirada juega un rol protagónico para imantar al público: "uno puede mirar a cada uno a los ojos y detenerse por la simple razón de que son 15 ó 20 personas, registrar más detalles porque están a pocos metros, sentirnos, respirar y contagiarnos". Agustín confirma que recibe todo tipo de reacciones, "desde gente que se queda dura y no te mira, otros que te sacan la mirada en seguida, está el que te mira y te sonríe o gente que está copadísima con los dos y mira con una sonrisa durante toda la obra". Opina que toda respuesta es útil para la acción y repercute en la interpretación de la dupla actoral: "cualquier reacción es consecuencia de lo que uno está haciendo, ya sea indiferencia porque la persona está decidiendo no mirar y eso ya tiene una carga: ya sé que le está afectado y eso nos potencia".

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)