EDITORIAL

Dale con la marihuana

Lo grave de la situación en nuestro país es que la población reciba desde arriba un doble mensaje tremendamente pernicioso, como ha sido el caso desde que se empezó a hablar del proyecto de ley.

El tema, impulsado desde distintos estamentos del gobierno, acaparó las noticias en todos los medios de comunicación durante tres o cuatro días seguidos. Empezaba la venta de marihuana. Ciertas farmacias, 16 de las mil y pico que hay en el país, iban a comenzar a vender paquetitos de cannabis. Luego, las colas formadas ante los escasos lugares de venta fueron la atracción, seguidas por las entrevistas a los compradores que desafiaban el frío matinal. Había desde quien había hecho varios kilómetros en bicicleta, hasta la septuagenaria que con excelente vocabulario comentó, "que tenga 2% de THC es una reverenda caga...". Así fueron las opiniones de muchos de los entrevistados, lo que genera una de las varias dudas que presenta este "invento", al decir del propio Mujica.

Si es objetivo del gobierno combatir el narcotráfico con producción legalizada y por otra parte, los adictos a los porros anuncian que si la droga vendida bajo la protección oficial no "pega" lo suficiente, seguirán comprando en el mercado negro, ¿qué pasa? ¿Qué van a hacer las autoridades; el nuevo organismo estatal creado para controlar lo dispuesto en la ley, N° 19172; la Junta Nacional de Drogas? ¿Habrá que aumentar la dosis del producto adictivo para que el esfuerzo hecho hasta ahora no se esfume? ¿Habrá que compensar a las dos empresas productoras de cannabis para que no les resulte un mal negocio?

Quien sabe si todavía no tendremos en un futuro no muy lejano, un nuevo paro del Pit-Cnt en reclamo de los trabajadores del sector, de los derechos humanos de los fumadores... Una propaganda semejante en torno a la marihuana sucedió hace poco, a fines de mayo, cuando se abrió el registro de los consumidores. Al punto de que dos exsecretarios de la JND, Julio Calzada y Milton Romani, alardearon sonrientes ante las cámaras haciendo saber que ellos ya se habían registrado. En este detalle cuasi anecdótico, sin embargo, se encuentra el meollo de la cuestión; lo peor de la iniciativa y puesta en práctica, por parte del Frente Amplio, de la legalización del cannabis.

Propuesta que tiene detrás una muy buena base de argumentación, puesto que es innegable que la lucha a las drogas librada hasta ahora, tanto en el norte como en el sur, y a lo ancho y largo del planeta, no ha dado buenos resultados. El tráfico mueve dinerales y produce pingües ganancias a los capos y sus secuaces, mientras esparce la violencia, el crimen, el miedo, al tiempo que neutraliza a la justicia y al Estado de Derecho, allí donde se hace fuerte.

Lo grave de la situación en nuestro país es que la población reciba desde arriba un doble mensaje tremendamente pernicioso, como ha sido el caso desde que se empezó a hablar del proyecto de ley. Desde entonces, lo que ha recibido la población no ha sido una gran y larga campaña educativa previa, respecto de lo que entraña el fumar esta droga, que fuera preparando a la gente para el siguiente paso. Por el contrario, lo que ha habido y lo que hay, es propaganda a su favor de forma más o menos embozada. (Lo último son los clientes que han aparecido elogiando el "pegue"). Esto ha ido penetrando sutilmente la cabeza de los uruguayos, especialmente la de los jóvenes. Ya una encuesta realizada por la JND, justamente, en 2014, mostraba que había bajado el consumo de alcohol y había subido el de la marihuana entre los adolescentes, aunque se aclarase que aún no podía saberse si existía una relación directa con la aprobación de la ley, en 2013. No basta con que Mujica ahora diga que él nunca fumó marihuana ni que Vázquez se enorgullezca de que bajó el consumo de tabaco, algo muy positivo para la salud sin duda alguna. Ha faltado una pensada estrategia educativa para los estudiantes en escuelas y liceos. A través de los medios de comunicación, con cartelería, folletería, talleres. Lo único evidente hoy, es cómo se fue eliminando la percepción de riesgo respecto de esta droga a la que solo parecen caberle elogios; que cura, que es menos dañina que el cigarro, que el alcohol, que no hace daño; cuando la verdad es muy distinta.

No se trata de una plantita inocua. Fumarla puede tener malas consecuencias, más o menos peligrosas según la persona. Sobre ello se han manifestado la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay y la Sociedad Uruguaya de Psiquiatría de la Infancia y la Adolescencia, con detallada información imposible de describir en este reducido espacio. El tetrahidrocannabinol, altera todos los circuitos neuroquímicos cerebrales. Cada porrito tiene 10 a 20 veces más alquitrán que el cigarrillo. Entre las paredes de las neuronas y los tejidos grasos de los espacios intercelulares se deposita el THC.

Y aquí lo subsidiamos entre todos. No paga impuestos, como lo hace el tabaco o el alcohol. Goza de privilegio.

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