EDITORIAL

Bocca y el espejo nacional

La licencia solicitada por Julio Bocca a la dirección del cuerpo de baile del Ballet Nacional del Sodre (BNS), "por razones personales", cayó como un balde de agua fría. Es que muchos creen que es un primer paso que terminará, en un tiempo, con su partida definitiva.

En los seis años que Bocca ocupó su dirección, el BNS experimentó un cambio radical. De ser una expresión artística entre tantas, pasó a ocupar un lugar de excelencia que devolvió cierto orgullo nacional por hacer las cosas bien.

El público acompañó: para El lago de los cisnes, en esta temporada, se han vendido ya más de 20.000 localidades. En estos años, Bocca llevó su ballet de calidad internacional a varias ciudades, y miles fueron los que así pudieron disfrutar de acontecimientos culturales y artísticos excepcionales en el interior del país.

La calidad de Bocca y su fama mundial también permitió que el BNS recorriera el mundo y empezara a ganar protagonismo en escenarios en los que antes era impensado que actuara. El propio Bocca señaló en estos años que todavía quedaba mucho camino por recorrer en este sentido, pero que era posible trazarse objetivos ambiciosos que con disciplina y sentido de excelencia podían alcanzarse. Además, ese asomo de mayor calidad y exigencia también vitalizó a profesiones nacionales vinculadas al ballet, entre las cuales las dedicadas a la preparación escenográfica, por ejemplo, crecieron con el liderazgo de Bocca y ganaron en trabajo y notoriedad.

Sin embargo, también hubo en estos años conflictos y problemas en la tarea del director del BNS. Se dice incluso que el detonante de este pedido de licencia fue justamente un enfrentamiento entre Bocca y algunos integrantes de su cuerpo de baile.

Las críticas de bailarines, músicos y demás artistas contra el trabajo de Bocca siempre ha girado en torno a lo mismo: el maestro argentino es demasiado exigente. Han llegado a tildar su forma de trabajo como dictatorial. Y también se han quejado de maltrato.

En particular, los conflictos involucraron muchas veces dimensiones laborales-sindicales, es decir, reclamos en torno a formas de trabajo fijadas por Bocca que rompían con la tradicional forma de llevar adelante la tarea desde la perspectiva de los viejos y arraigados hábitos de nuestra cultura nacional. Bocca no aceptó nunca que la lógica de la reivindicación sindical estuviera por encima del compromiso por la tarea del BNS. Una función no se levanta por un paro; los músicos no dejan de trabajar por solidaridad sindical; un ensayo no está sujeto a una medida gremial; el esfuerzo y el sacrificio para alcanzar la excelencia no son opcionales en la tarea del artista.

El maestro ya había dado señales de cansancio. Bocca conquistó lo más alto de su arte en el mundo entero sobre la base del mayor sacrificio personal. Bocca sabe que para alcanzar la excelencia en cualquier disciplina el único camino posible es el del mayor esfuerzo, y que por mucho talento que se tenga nada se logra sin la mayor exigencia. Para Bocca entonces, naturalmente, todo gesto que procure contrariar este sentido de sacrificio, exigencia y excelencia, termina por cansar a quien quiere apuntar a lo más alto.

El problema es que el planteo general de Bocca va a contracorriente de nuestra cultura nacional. Vivimos en un país en el que, lamentablemente, no hay voluntad para sobresalir, despegarse y ser mejores. En algún momento de nuestra reciente historia, nos convencimos colectivamente de que podíamos ser los mejores sin tener que batallar duramente para alcanzar esa meta.

Nos creímos el cuento de que es posible ser un país de primera sin cambiar nada sustancial de nuestros hábitos y costumbres. O, lo que es lo mismo, creemos que es posible que el BNS alcance un gran nivel internacional conservando un comportamiento gremial como el acostumbrado en el mundo del empleo público, con sus sempiternos paros y reclamos. Y así es que confundimos exigencia con maltrato. O creemos que la disciplina es algo dictatorial.

Hubo una época en que el talante del Uruguay era más parecido al que hoy expresa Julio Bocca, y que nuestra ambición era ser los mejores del mundo.

Pero nuestro orgullo no pasaba por figurar en el libro Guinness por el asado más grande o el guiso más grande del mundo, sino que radicaba en contar con excepcionales hombres de la cultura, como Joaquín Torres García, Abel Carlevaro o Juan Carlos Onetti, por poner ejemplos de distintas artes. La partida de Julio Bocca es la derrota de ese país.

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