Editorial

Argentina en debate

El pasado domingo por la noche se vivió un clima de particular tensión en la campaña presidencial de la República Argentina. Por primera vez en su historia se realizó un debate presidencial televisado a todo el país entre los dos candidatos que medirán fuerzas en el balotaje.

Fue llevado a cabo por la organización no gubernamental Argentina Debate que viene impulsando la realización de estos eventos desde hace un buen tiempo, en el entendido, ampliamente compartible, de que son instancias esenciales para la calidad democrática.

Sin dudas constituyó un aporte, ya que permitió a millones de argentinos escuchar a los dos candidatos por una hora y media, proponer, criticarse y preguntarse, aunque en general no se contestaron.

Más allá de los comentarios sobre que el formato no permitió profundizar en los temas fundamentales y de que los candidatos dedicaron más tiempo a criticarse que a plantear propuestas, no pueden existir dudas de que el balance fue ampliamente positivo.

Mauricio Macri comenzó recordando que también hubo un debate en la primera vuelta, del que participaron todos los principales candidatos menos Daniel Scioli, siguiendo la clásica estrategia de que quien va primero no quiere exponerse. Hizo muy bien, sin embargo, Macri al aceptar debatir ahora. Contribuyó a fortalecer la calidad de la democracia argentina al debatir, aunque va cómodamente primero según todas las encuestas, y dejó en evidencia la desesperada situación en que se encuentra su rival.

Los análisis especializados se pueden agrupar en dos opiniones respecto a quién ganó el debate. Están quienes creen que Macri ganó por varios cuerpos, y los que piensan que ganó sin mucha ventaja. En todo caso, en un escenario en el que el candidato peronista necesitaba un desempeño que sacudiera la campaña, evidentemente no lo logró. En particular en el primer bloque, en que Macri, quizá sorpresivamente, salió con munición gruesa contra Scioli, fue aplastante. El candidato del Frente para la Victoria, descolocado, quedó a la defensiva buscando desvincularse de las peores máculas del gobierno kirchnerista. Luego bajó la intensidad del intercambio, pero la paliza que le propinó el candidato de Cambiemos al oficialista fue antológica.

No puede negarse que ver en un país con una cultura democrática mucho más compleja que la uruguaya, la realización de un debate presidencial dejó la sensación de una poca sana envidia. Sin pretender que incorporemos la extraordinaria costumbre de los debates que existe en los Estados Unidos, por ejemplo, donde cada candidato debate decenas de veces antes de las elecciones, primero en la interna y luego en las nacionales, queda demasiado flagrante la carencia que en este aspecto tiene el Uruguay.

Desde 1994 que no tenemos debates presidenciales, y aún en esa elección uno de los principales candidatos se negó a debatir. Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, pervive en la retina de muchos uruguayos el duro y áspero debate entre Tabaré Vázquez y Julio María Sanguinetti como su último recuerdo relevante en la materia. Luego, lamentablemente, siempre quien fue primero en las encuestas se negó a debatir y eso imposibilitó nuevos intercambios relevantes. Por cierto que debe destacarse el esfuerzo de Andebu en la última campaña electoral, en la que, al igual que en Argentina, se realizó un encuentro antes de la primera vuelta pero con la ausencia de quien iba puntero en la intención de voto. Luego, el renovado favoritismo de Vázquez para el balotaje impidió que tuviéramos debate en la segunda vuelta, siempre siguiendo la estrategia de la conveniencia partidaria por sobre el aporte democrático.

A la luz del antecedente al otro lado del río, no estaría mal que desde la sociedad civil, los medios y los partidos políticos comenzaran a surgir voces reclamando la existencia de debates, ahora que no sabemos qué indicarán las encuestas rumbo a 2019. Existen iniciativas legales para que estas instancias sean obligatorias, pero no parece ser el mejor camino, la ley no puede obligar a una persona a hacer lo que no desea, al menos en el marco de un Estado de Derecho. La cuestión pasa por generar una presión cultural a través de la opinión pública para que el candidato que se rehúse a debatir enfrente mayores costos que beneficios; solo así se podrá asegurar la existencia de debates.

Los cambios culturales llevan tiempo, así que desde ya debe empezar a plantearse que haya debates en la próxima elección, que los candidatos confronten, sencillamente porque es lo mejor para la salud de nuestra democracia.

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