Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

La fortaleza sitiada

Del histórico matrimonio del Código Civil, se decía era una fortaleza sitiada. Porque los que estaban afuera querían entrar y los que estaban adentro querían salir.

En los tiempos agitados de discusiones relativas a la bondad del Mercosur (1991), abundaban notas de prensa, debates, conferencias y varios etcéteras. En una de esas conferencias recordamos la exposición de un brillante y fallecido diplomático de carrera, y amigo personal más allá de la edad, Gustavo Magariños, quien en una reunión pública redondeó lo que pensábamos al subrayar elocuentemente el logro que fue para los Estados Unidos de América nacer históricamente como Estado a partir de la organización política de una confederación y en lo económico de un gran mercado común, en lo que hallaba la explicación de la impresionante potencia innovadora que ese país ha sido y sigue siendo. Su existencia y progreso inspiró las entreveradas y contradictorias iniciativas tendientes a consolidar los "estados unidos" de Europa. Las que exhiben abundancia de reclamos secesionistas de pueblos que parecían integrar una unidad nacional y que —sin embargo— mantienen reclamos de separación en estados como Alemania, Dinamarca, Italia, Bélgica, Francia, y otros.

Tiempo atrás para conocer mejor España, partiendo de "Castilla la Vieja" (Logroño, La Rioja), tierra de la familia de mi abuelo materno, seleccionamos un punto de cada zona autonómica española y fuimos visitando Bilbao, Barcelona, Granada, etc. Grande e imprevista fue la sorpresa al ver que cada región —países vascos, Cataluña, Baleares, Galicia, Andalucía…— mantienen su historia y sus leyendas y su identidad económica y lo plasman en la conservación de su propia lengua, que practican cotidiana y ostensiblemente, además de la española. Esta realidad presente en Europa, explica y da sentido especial al símbolo de unidad que representan las monarquías en algunos países, aceptadas generalizadamente con fuerte afecto popular. Una rara avis para quienes nacimos artiguistas y republicanos.

Sorteando teorías, proyectos, estadísticas y otras formalidades de análisis, hoy asistimos a la empantanada separación de Cataluña de España. Llevada adelante en violación de la Constitución que rige al Estado español y a todos sus miembros, a impulsos de un fanático voluntarismo. Al estilo partido comunista, tupamaros, Pit-Cnt y socialismo ortodoxo, numen del bloque chavista que manda en Uruguay. Lo de los catalanes ha tenido dos efectos destacables. Por un lado ha provocado el rechazo unánime de los gobiernos europeos, que en muchos casos tienen en su seno planteos de autonomía parecidos. Y por el otro, ha derivado en la fuga de 1.300 empresas, muchas de ellas de las más relevantes de Cataluña, que se fueron a instalar en otras regiones españolas.

Con el citado despropósito a la vista, el oficialismo uruguayo —movido por su ala chavista— está vacilando en ratificar un acuerdo de libre comercio con Chile. Así como en Cataluña a las empresas las obligan a irse, nosotros queremos obligar a los emprendedores a quedarse. Rechazar otra vez un acuerdo de libre comercio es disminuir nuevamente la potencialidad de la producción y el trabajo nacional por generaciones. Como en la fortaleza del principio, estamos sitiados para salir y para peor, nadie quiere entrar.

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