Martín Aguirre
Martín Aguirre

Ser o no ser

El lío entre Uber y Dourado, la investigación de Ancap, la inseguridad y hasta el drama aeronáutico de nuestros muchachos del fútbol. Todo pasa a un segundo plano cuando ocurre una tragedia como la de París. Si bien parece absurdo intentar hacer elucubraciones desde tan lejos, algunas reacciones aparecidas en Uruguay ameritan una mirada reflexiva.

El lío entre Uber y Dourado, la investigación de Ancap, la inseguridad y hasta el drama aeronáutico de nuestros muchachos del fútbol. Todo pasa a un segundo plano cuando ocurre una tragedia como la de París. Si bien parece absurdo intentar hacer elucubraciones desde tan lejos, algunas reacciones aparecidas en Uruguay ameritan una mirada reflexiva.

En especial hubo un par de comentarios a nivel político acerca de lo inconveniente que sería para Uruguay asumir en estos momentos el sillón ofrecido en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Para quienes no están metidos en el asunto, el Consejo de Seguridad es el lugar donde realmente se definen las cosas importantes en el mundo. Y si bien la ONU ha perdido mucho peso por su burocracia y sus contradicciones (por ejemplo la Libia de Gadafi integraba el Consejo de Derechos Humanos casi hasta la caída del dictador) estar sentado en esa mesa es ser parte del centro de poder global. Aunque sea por un tiempito.

¿Por qué alguien en Uruguay no querría semejante cosa? Hay distintas visiones, y cada una muestra alguna de las patologías que afectan al país hoy.

Están quienes creen que puede ser peligroso formar parte de ese “club”, que puede ponernos en la mira de grupos terroristas como el que golpeó la otra noche en París. Esa es una justificación tan poco realista como creer que por vivir en una aldea aislada del mundo vamos a estar vacunados contra el delirio asesino de este tipo de gente. Basta recordar que Francia, por ejemplo, fue el gran opositor en el Consejo de Seguridad a la invasión de Irak, y un contrapeso fuerte a las políticas de EE.UU. en esa zona. Sin embargo eso no le ha dado ningún escudo contra los atentados de este tipo. Hoy nadie está a salvo de este flagelo.

Están los que creen que siendo Uruguay un país pequeño, estar en ese lugar significará aceptar las políticas impuestas por las grandes potencias. Ante esto vale recordar la posición que tuvo Chile en tiempos de Ricardo Lagos, cuando integraba el Consejo de Seguridad en pleno momento de decisión de la invasión a Irak. En un gesto principista que suele ser poco recordado, Chile se negó a votar la intervención, pese a que estaba negociando su TLC con Estados Unidos. Y el acuerdo comercial se firmó de todas formas con éxito para ambos países. Al menos, no se ve a ningún sector chileno llamando a salir del mismo.

Y después están los acomplejados ideológicos, que a su vez podemos dividir en dos grupos. Por un lado los “viudos” de la Guerra Fría, que siguen odiando a Estados Unidos de manera irracional y culpándolo de todos los males del mundo. Incluso de la aparición de lacras como esta gente linda del Estado Islámico. Parece mentira que haya legisladores oficialistas que en pleno espanto por lo del viernes, se hayan tomado tiempo de acusar al “imperialismo” por las 140 muertes, en vez de a los fanáticos que abren fuego con fusiles de asalto en un teatro lleno de gente inocente. Más vale ni dar nombres.

Por otro están los defensores de un “multiculturalismo” mal entendido, de una tolerancia tibetana con cualquier cosa, y que ven estas acciones como una especie de respuesta comprensible a un avasallamiento cultural provocado por occidente. Tal vez en este grupo se quiso incluir el ex presidente Mujica cuando dijo que el Estado islámico es “una experiencia ideológica”, “una pseudo revolución importada por vía de internet”. Preciosa explicación para trasladar a los padres de algunos de los jóvenes masacrados el viernes por cometer el pecado de estar viendo un show de música.

La cuestión hoy es que esas “experiencias ideológicas” que buscan llevar a buena parte de la humanidad a vivir en la edad de piedra, y con códigos de fanatismo religioso inaceptables, son ya una amenaza global que no negocia con nadie. Y muchos de los tolerantes que tratan de comprender buenamente el porqué de su enojo, rápidamente pueden quedar vestidos de naranja con un cuchillo en la garganta. Como les pasó a esos gentiles cooperantes europeos y japoneses que fueron a ayudar a las víctimas de la guerra en Siria, y terminaron protagonistas de una película “gore” con distribución global.

Si a Uruguay se le da la chance de sentarse en la mesa de decisión, habría que tomarlo como una oportunidad para hacer sentir una voz sensata, humana, libre de compromisos y complejos. Pero que asuma la gravedad del momento histórico y apoye con firmeza a quienes quieren tomar el toro por las astas. Mirar para otro lado y “hacerse el gil” a esta altura no parece ser opción para nadie.

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