Julia Rodríguez Larreta
Julia Rodríguez Larreta

La corrupción

Flaco favor a la causa femenina le han hecho las presidentes de nuestros países vecinos, Cristina Fernández y Dilma Rousseff, al dejar tras de sí tamaño reguero de corrupción desarrollado bajo sus gobiernos. No son casos iguales, ni tampoco la codicia y la inmoralidad que es rasgo común de sus administraciones, se iniciaron con ellas.

Flaco favor a la causa femenina le han hecho las presidentes de nuestros países vecinos, Cristina Fernández y Dilma Rousseff, al dejar tras de sí tamaño reguero de corrupción desarrollado bajo sus gobiernos. No son casos iguales, ni tampoco la codicia y la inmoralidad que es rasgo común de sus administraciones, se iniciaron con ellas.

Sus predecesores, Néstor Kirchner y Lula da Silva fueron partícipes, cada uno a su manera, de la construcción de ese empedrado de aviesos esquemas para desangrar al Estado y sus empresas, a fin de obtener multimillonarios recursos en pos de lograr sus objetivos, tanto sea para el enriquecimiento personal o para su afianzamiento en el poder. Y aunque este vicio ha estado siempre presente en la humanidad, en estos momentos la gente no sólo tiene la percepción, sino una cuasi certeza, de que las cifras de lo robado son tan inmensas que apabullan, en una chocante demostración de la gigantesca amoralidad, la que desciende desde lo alto, corre ladera abajo y contamina a todos los estamentos de la sociedad.

De esa manera se siembra el descreimiento en la política y en las instituciones, mientras se van minando valores fundamentales de la vida civilizada. La rectitud cambia por la deshonestidad, el esfuerzo y el trabajo por la avivada y la vagancia; las personas se vuelven cada vez más cínicas, egoístas y venales. Las noticias dando cuenta de las maniobras, las trampas, los sobreprecios en las concesiones, el arrastre de los bultos de dinero que se vieron en los videos aparecidos en los medios de comunicación argentinos, o las sumas del mensalao y los miles de millones en coimas en Petrobras, han provocado escándalo e indignación. Sin embargo, lo que no es tan fácil de aquilatar es el daño económico que se le provoca al país todo, y por lo tanto, a quienes viven y trabajan en él.

Estamos acostumbrados a las mediciones que hablan de la actividad económica, a los índices que muestran como sube o baja el déficit fiscal, las exportaciones o las importaciones, la deuda externa o pública, y la inflación. Pero no se tiene mucha consciencia del perjuicio global de los destrozos de la corrupción. Del detrimento en lo financiero y en lo monetario, de las oportunidades, el empleo y la producción que se pierden, de todo lo que se destruye o no se crea.

Como no es fácil de medir, los estudios que realizan ciertas organizaciones civiles se basan en índices como “la percepción de corrupción”. Datos más subjetivos que concretos, pero que también son de gran importancia por cuanto lo que la sociedad siente o percibe incide en muchos aspectos. La relación entre los niveles de inversión de un país y la percepción sobre los niveles de corrupción es muy elevada. A mayor venalidad, menor llegada de capitales y, como consecuencia, menor crecimiento y mayor pobreza. Esa corrupción es vista como un impuesto extra a la inversión. Entonces ésta se retrae o se va para otro lado, frenándose la modernización y la posibilidad de aumentar empleos, salarios y producción.

Además se produce otro efecto perverso que es el de generar una ineficiente asignación de los recursos. En Uruguay, Ancap es un buen ejemplo de la mala forma de gastar los dineros públicos, con sus pérdidas millonarias y sus firmas colaterales deficitarias, por más que se insista en defender lo actuado y se diga que nada hay de ilícito. Como si fuera correcto, como si no hubiera corrupción, cuando se usa dinero del Estado en beneficio propio, del partido o la agrupación, para asegurarse el poder y conquistar adherentes.

En Argentina, en el 2005, la Procuración analizó 15 causas que involucraban delitos de corrupción superiores a los US$ 100 mil, y descubrió que en solo tres de ellos los sobreprecios eran inferiores al 100%. Si el político o alto funcionario sabe que podrá hacerse de dinero, por poner un caso, haciendo ciertas carreteras, aunque haga más falta invertir en otro rubro, mandará a construir esas rutas. Y gracias si al final se terminan, ya que muchas de esas obras luego quedan inconclusas. El dinero mal habido no crea crédito ni se vuelca en actividad las más de las veces, porque más vale hacerlo desaparecer, mandarlo al exterior, al menos en el corto plazo. Otro factor para un menor crecimiento de la economía.

Que en estos largos años de bonanza nunca jamás vista, países como Brasil y Argentina no hayan crecido más, no tengan mayores reservas, no hayan mejorado su infraestructura, no hayan podido ahorrar, muestra como la cuantiosa corrupción ha empobrecido a estos países. ¿Y que ha pasado en nuestro territorio, después de una década de crecimiento récord, debido claramente a las condiciones externas y no a las bondades de la administración? Hoy el gobierno se debate por la falta de dinero, porque no le cierran las cuentas y porque no sabe cómo hacer para responder a las demandas que no cejan, y hacer frente al costo inmenso de un Estado al que no hicieron más que aumentarlo con total impunidad. La línea entre la incapacidad y los hechos dolosos no es simple de visualizar, pero a los gobiernos vecinos hay que reconocerles a ambos, un posgrado en la materia.

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