Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Convocatoria electoral

Desde un punto de vista muy elemental y crudo se puede decir que las elecciones son oportunidades en las cuales lo que se juega es ganar o perder. Desde ese punto de vista las elecciones de este años serían eso: el Frente Amplio quiere ganar un tercer período y los otros partidos quieren que no gane.

Desde un punto de vista muy elemental y crudo se puede decir que las elecciones son oportunidades en las cuales lo que se juega es ganar o perder. Desde ese punto de vista las elecciones de este años serían eso: el Frente Amplio quiere ganar un tercer período y los otros partidos quieren que no gane.

Si el planteo nada más que eso se estaría poniendo al descubierto una cultura cívica muy empobrecida en nuestro país. En cambio sería algo sustancialmente diferente si resultase evidente para la población que existe una confrontación de proyectos políticos y una contienda de visiones de país. Ganar una elección es sólo la condición para desplegar un proyecto político, ese sí objeto de compromiso y único desencadenante de una auténtica pasión partidaria.

Es evidente que en un país de pequeñas dimensiones y situado en los arrabales del mundo desarrollado no hay mucho margen para inventar una economía propia y que se maneje a sí misma. Sin embargo un país políticamente maduro, por más pequeña que sea su economía, tiene alternativas de manejo: inmediatismo o decisiones a largo plazo, asistencialismo o inversión en obra pública, creación de cargos públicos o fomento de emprendimientos privados que generen puestos de trabajo. Quizás, la alternativa más importante esté en formular adecuadamente un programa serio (la política de hoy se muere por pobreza idiomática, se muere de balbuceos).

Pero más allá de las propuestas económicas las campañas electorales deberían servir para que los partidos políticos reformulen proyectos en consonancia con sus herencias y tradiciones y desarrollen sus visiones del mundo y del futuro. La nación se construye a través del relato de muchos actores, entre los cuales los principales son los partidos. Que el meollo del discurso electoral del Frente Amplio sea: vamos a consolidar los cambios, dar un giro a la izquierda o revivir lo del año 2000 es palabrería vacío y barata. Que de la otra parte el discurso y el proyecto sea evitar un tercer gobierno del Frente es lo mismo, la misma pobreza de propuesta, el mismo balbuceo.

Planes de gobierno van a parecer a montones en su momento, confeccionados a pedido y referidos a mil temas pero nadie se sentirá inflamado de entusiasmo cívico si lo convocan a defender, por ejemplo, la disciplina fiscal (por muy necesaria que sea). Cuando el ciudadano común se plantee ir a votar se va a preguntar ¿éstos, qué quieren? O aquellos otros ¿qué proponen? Y espera poder contestarse con claridad. Fernando Oliú solía decir que, más allá de documentos y proclamas, un partido político se define en lo básico: a favor de qué está y en contra qué.
Además: con quienes cuenta para llevarlo adelante y quienes serán los que se le opongan, cuáles son sus aliados y cuáles sus adversarios.

Yo pienso en mi Partido presentándose, como siempre, como el Partido ennoviado con la Libertad, enemigo jurado de todas las prepotencias y los despotismos, defensor de las leyes, magnánimo con los vencidos y respetuoso de las minorías, Partido de la honradez administrativa, de la observancia sin vueltas del derecho y del respeto por la justicia (en lo filosófico y en los fallos de los jueces), Partido que siente, en el alma y en la piel, aquello de que la Patria es el poder que se hace respetar por el prestigio de sus honradeces y que habrá de ser siempre ¡cómo no! dignidad arriba y regocijo abajo.

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