Francisco Faig
Francisco Faig

Estar tranquilos

Carlos Real de Azúa escribió su ensayo “Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora?” en 1973. Hay allí varios párrafos geniales que describen a la sociedad uruguaya modernizada y democratizada del siglo XX. Pero hay uno en particular que 42 años más tarde mantiene plena vigencia para entender nuestro país progresista y que transcribo aquí.

Carlos Real de Azúa escribió su ensayo “Uruguay, ¿una sociedad amortiguadora?” en 1973. Hay allí varios párrafos geniales que describen a la sociedad uruguaya modernizada y democratizada del siglo XX. Pero hay uno en particular que 42 años más tarde mantiene plena vigencia para entender nuestro país progresista y que transcribo aquí.

“Dígase aun para cerrar este recuento sumarísimo de la secuencia batllista que del conjunto de sus tendencias emergió una sociedad urbana de mediana entidad numérica, de mediano ingreso, de mediano nivel de logros y -puesto que aun no estaba bombardeada por el “efecto de demostración” de origen externo- de medianas aspiraciones, aunque a la vez sobreabundante de las compensaciones simbólicas que idealizaron su “status”, su país, el sistema. De ella saldrá el discutido pero inderogado “Uruguay conservador”, compuesto por gentes que ya habían conseguido algo y aun bastante, en el que una buena porción de ese conjunto suponía que ello era ya suficiente y en el que, es muy posible, una minoría sustancial pensaba y piensa en que era (en que todavía es) viable el esfuerzo de cada cual para, sin cambiar casi nada alrededor, agrandar su parcela”.

En esta década progresista muchísimos consiguieron “algo y aun bastante” en su mejora de ingresos que llevó al país al nivel de renta media internacional. También sigue vigente y protagonista esa “minoría sustancial”, que en realidad es cada vez más grande y en general muy vinculada al Estado, que cree legítimo y posible agrandar su parcela sin cambiar nada alrededor.

Y si bien es cierto que la sociedad vive el “efecto de demostración” que la lleva a querer consumir más, porque los bienes de consumo son más numerosos y accesibles que hace medio siglo, la inmensa mayoría se contenta con “medianas aspiraciones”. La gran mayoría de los créditos al consumo, por ejemplo, son en promedio de $20.000. Eso sí: las compensaciones simbólicas se mantienen, aunque ahora no pasen por reconocer a Julio Herrera y Reissig o a Abel Carlevaro, sino más bien por el orgullo del monumental Luis Suárez o de la internacionalmente festejada austeridad del Pepe.

El vínculo que lía aquella sociedad amortiguadora con la de hoy no es solamente el “inderogado” país conservador, ahora con hegemonía social y política progresista. Es sobre todo su ideal mayor, a la vez que modesto, que pasa por querer vivir tranquilo. Heredamos de aquella medianía conformarnos con disfrutar de poca cosa. Pero eso sí: que sea sin complicarse por nada. Aquella sociedad que temía arriesgar “sus muchos, pequeños y arrebañados privilegios”, y que adhería “a ciertos valores, privacidad, seguridad, tranquilidad y ocio como sinónimos de libertad, de justicia, de paz, de bienestar”, sigue siendo la nuestra hoy.

Cuando algunos se anonadan porque la izquierda nunca sufre grave sanción ciudadana por sus desaciertos o se desgañitan por el dislate de Ancap, pierden de vista esta exigencia que hace a la esencia de la era progresista: se trata de querer estar y vivir tranquilos, incluso pagando cualquier precio por ello. Por eso tenemos clases medias ahogadas en su desidia colectiva y encerradas en su egoísmo provinciano. Pero eso es Uruguay.

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