Diego Fischer
Diego Fischer

El fin de los dioses con pies de barro

Fue la primera vez que voté. Tenía 19 años y estrené mi credencial poniendo la papeleta del NO en la urna aquel 30 de noviembre de 1980. Fue una experiencia extraordinaria y estaba plenamente consciente entonces que lo era.

Fue la primera vez que voté. Tenía 19 años y estrené mi credencial poniendo la papeleta del NO en la urna aquel 30 de noviembre de 1980. Fue una experiencia extraordinaria y estaba plenamente consciente entonces que lo era.

Me tocó votar en el viejo edificio del Liceo N° 7 Joaquín Suárez de la calle Jaime Zudáñez, lugar al que había concurrido pocos años antes a dar examen de Matemática. Pese a que transcurrieron 35 años, tengo muy presente todo lo que viví y cómo lo viví ese domingo en el que los uruguayos nos pronunciamos sobre una reforma constitucional concebida desde el autoritarismo y para perpetuar un régimen infame que gobernaba el país desde 1973.

Voté antes del mediodía y luego me fui a almorzar a mi casa, y a esperar la noche y la apertura de las urnas. Recuerdo cómo esa tarde no paró de sonar el teléfono; parientes y amigos llamaban para preguntar si habíamos votado, dónde, si había mucha gente en el circuito, y cuál sería el resultado… Todo en clave o con medias palabras, porque se decía que los teléfonos estaban intervenidos y seguramente fuera verdad.

Tenía 12 años recién cumplidos cuando el golpe de Estado, y recuerdo esa época como muy gris, de mucho miedo, triste. El mismo miedo que sentí años antes cuando Montevideo era el epicentro de un grupo de iluminados que asaltaba bancos, ponía bombas, secuestraba y mataba gente inocente. Esos individuos habían sembrado vientos, y vaya qué vientos, y todos tuvimos que recoger las tempestades. Tormentas en las que a diario y durante años tuvieron como telón de fondo marchas militares que a las 20 horas propalaba la dictadura por cadena de radio y televisión.

La realidad era que los uruguayos padecíamos la total falta de libertad y sumaban miles los compatriotas que debieron marchar al exilio, y otro número considerable estaba preso, varios por cometer actos terroristas, otros muchos por pensar distinto.

Entonces, vivía en un apartamento sobre 18 de Julio, y fue impactante ver cómo a partir de las 19 horas, la avenida se pobló de policías a razón de 10 por cuadra. Días antes se había prohibido toda manifestación callejera, tal vez previendo el resultado que finalmente se dio.

Esa noche, mi casa se llenó de gente. Eran amigos de mis hermanos mayores y míos que nos juntamos a ver por televisión el resultado del plebiscito. A partir de las 22 horas, se fueron conociendo los datos oficiales (no había encuestas de boca de urna, y dudo que la dictadura las hubiera permitido). Festejábamos cada voto por el NO como hoy celebramos un gol de Forlán o de Suárez en un partido de la selección y en un Mundial. El final es conocido el NO se impuso por el 57 por ciento.

La Constitución que los militares quisieron imponer para eternizarse en el poder fue rechaza por la mayoría de los orientales.

Hoy tengo hijos de 25 y 23 años respectivamente, y por ellos me resulta imprescindible reflexionar y evocar estos hechos. En un clima asfixiante de falta de libertad y de ausencia total de garantías, los orientales dijimos NO a la intolerancia y a la arbitrariedad. Dijimos Sí a la libertad sin tapujos. Sí al respeto y al acatamiento a la ley por sobre todo. Con el voto, los uruguayos hicimos caer a los dioses con pies de barro.

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