Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

Tradición y modernidad

Sombrero con divisa alusiva a la Patria, caballo, poncho y celular: imagen que se repitió muchas veces en la marcha a Masoller efectuada días pasados. ¿Anacronismo? No, apenas un reflejo de la conjunción de tradición y modernidad que encarnó el homenajeado.

Aparicio Saravia, muerto el 10 de setiembre de hace 110 años, fue vital para la modernidad política de nuestro país. No porque tuviera teléfono en su casa citadina de Melo o invirtiera en animales importados para mejorar su ganado, ni por levantar en armas al pobrerío rural siendo —como era— el estanciero de El Cordobés; ni por representar la queja social y visceral de esa gente condenada a los “pueblos de ratas” y a la lenta agonía de un mundo “pastoril y caudillesco” que desaparecía inexorablemente.

Saravia fue moderno porque moderna es la idea de progreso vinculada al sentido de la Historia como un camino de libertades a conquistar. Él conquistó seis jefaturas blancas en 1897 y un balazo mortal en 1904, no el gobierno, pero su logro mayor fue defender la fuerza de la “opinión pública”, definida como la convergencia de los partidos con una prensa libre.

“¿Que es eso de la opinión pública…? gritó furioso el presidente Idiarte Borda a uno de sus seguidores, cuando le dijo que debería complacer a la gente y anular “la leva” o “caza del hombre”, que los transformaba en soldados a la fuerza. “¿Desde cuando mis amigos vienen a mi casa a repetir el lenguaje de la prensa? ¿O Vd. doctor es la vanguardia de los pillos de la oposición...?”

Saravia había entrado en la escena política del país de la mano de la privilegiada pluma de Acevedo Díaz, quien, desde las páginas de “El Nacional”, le retrató a los montevideanos la estampa “gaucha” del Aguila del Cordobés. Bien sabía él cuanto podía hacer la prensa libre por la pluralidad política; bien sabía que la opinión pública era un arma más filosa que las que degollaron a tantos de ambos bandos en 1897 y en 1904.

Pero, por sobre todo, Saravia fue moderno por reclamar lo que ya en 1870 había exigido Timoteo Aparicio (en cuyas filas se convirtió en el “Cabo Viejo”, con 14 años) y que, desde la cátedra, Justino Jiménez de Aréchaga catalogaba como la base indispensable de la democracia: la representación proporcional y el voto secreto y obligatorio.

O, para decirlo de manera más esencial, el derecho de las minorías a ser oídas. Cuando –en aparente contradicción— Aparicio Saravia mandaba a sus correligionarios a votar pero a la vez a comprar armas, lo que procuraba era “ el sagrado derecho a la revolución”, que se convertiría en arbitrario si no lo refrendara la expresión popular en las urnas.
Armas para defender el derecho de las minorías a prescindir de las armas para ser atendidas: esa fue la mayor modernidad política de Saravia.

Su estampa ecuestre suele ser el contraste que exalta los cambios vanguardistas que realizaría Batlle y Ordóñez en la historia de nuestro país, porque estereotipamos a uno con el poncho de la tradición y al otro con el sobretodo de la modernidad, pero en realidad fueron opuestos interrelacionados.

Por eso, al paso de los jinetes por la subida de Pena rumbo a Masoller; ese abigarrado entrevero de paisanos, montevideanos, uruguayos y brasileños, que, celular en mano, se retrataban para luego subir sus “selfies” a Facebook, más que un anacronismo me pareció una alegoría.

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