Ana Ribeiro
Ana Ribeiro

En marzo, aplaudir

En los próximos días se escribirán notas periodísticas sobre el número de locales que no pueden iniciar cursos por falta de condiciones, sobre los maestros y profesores faltantes, sobre los conflictos anunciados, sobre los reclamos de padres y docentes.

En los próximos días se escribirán notas periodísticas sobre el número de locales que no pueden iniciar cursos por falta de condiciones, sobre los maestros y profesores faltantes, sobre los conflictos anunciados, sobre los reclamos de padres y docentes.

También aparecerán las clásicas listas de precios de los materiales de estudio y los cálculos de cuánto demanda a los bolsillos familiares poner a un niño o adolescente en el aula. Lo que difícilmente se registrará, sin embargo, es el ceremonial que realiza cada maestro o profesor cada año. En nombre de los alumnos que quieren formar, o de los saberes que quieren transmitir o del familiar que puso su esperanza en verlos convertidos en docentes, cada año deben reafirmar su vocación: corroborarla, ponerla en marcha, desempolvarla, empujarla hacia el largo camino del año lectivo.

Porque, aunque han visto crecer sus salarios, estos siguen siendo tan insuficientes como los estímulos para que refuercen su formación. Porque ellos también deben tomar uno o dos ómnibus, cuando no hacer dedo, confiando en la amabilidad de los camioneros para llegar a los remotos caminos del Uruguay profundo. Porque en el caso de los maestros rurales, además de enseñar lo que saben, generalmente deben cocinar, barrer, hacer una huerta y dormir en la propia escuela.

Tanto en esos parajes poco habitados como en los pueblos y ciudades, todos los docentes deben lidiar con el cambio y mengua de vocabulario que trae consigo cada nueva generación (en momentos en que -paradójicamente- se multiplican los saberes y la ciencia aumenta su velocidad); con el deterioro de las jerarquías que erosiona su autoridad; con la falta de concentración de sus alumnos, arrastrados por la fugacidad y el consumo renovado e incesante de imágenes y objetos.

Un mundo multicolor, virtual, seductor, demandante, interconectado, deslizante, desafiará al docente desde las ventanas exteriores y desde los celulares. Contextos catalogados muchas veces como “críticos”, tanto por sus carencias (de alimento, casa habitación, abrigo), por sus excesos (de promiscuidad, de desamparo), como por un mal que atraviesa todas las clases sociales: la falta de atención afectiva en que muchos niños y jóvenes crecen.

Cuando convertimos a esos maestros y profesores en un guarismo, en una cifra, estamos dejando de verlos en ese ceremonial para el que se preparan en estos días: comprar boleteras, revisar programas, coser algún botón de los abrigos, poner nuevos libros en su portafolio, abrir el mapa para ubicar el camino más corto, arreglar los horarios de sus hijos para poder ir a cuidar a los de otros, hacer su propia contabilidad familiar multiplicando bíblicamente los panes y los peces para llegar a fin de mes. Preguntarse, con esa cosa en el estómago, que no son precisamente mariposas: “¿serán muy revoltosos?; los padres ¿serán capaces de agresiones o serán colaboradores?; ¿lograré transmitir contenidos o debo resignarme desde ya, a sociabilizar en más alto porcentaje, que a enseñar?, ¿me convendrá comprar una vianda nueva o la del año anterior aún sirve?; las botas de abrigo… ¿cuánto costarán este año?”

Ahora que se ha puesto de moda aplaudir en los estadios, los cementerios, los casamientos y al sol cuando se pone, el primer día de clases deberíamos recibir a los docentes con un aplauso cerrado.

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