JORGE CAUMONT

La inútil insistencia comercial

Si a nuestra política comercial la reducimos a una de sus vertientes, la de entrar en relaciones comerciales con otras naciones, bilateral o multilateralmente, encontramos varias experiencias pasadas que, similares a las que en igual dirección estamos enfilando hoy, no han tenido fruto alguno.

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Puzzle. Foto: Google

Quizás temporalmente haya habido alguna insinuación de incremento comercial, pero la permanencia de una definitiva creación de comercio no aparece. La evidencia muestra que nuestro país nunca ha sacado provecho duradero de una integración comercial multilateral o bilateral. Para ser concreto, lo que debemos reparar es si ha sido la Alalc primero, la Aladi después o el propio Mercosur desde 1991, una sociedad de comercio satisfactorio para Uruguay, si se ha logrado con esos acuerdos hacer crecer al país. Si esas relaciones comerciales han permitido transformaciones que llevaron a ser eficientes para el comercio, además de las actividades vinculadas a recursos naturales primarios, a otras de mayor sofisticación, intensivas en mano de obra relativamente más calificada y asimismo de alto contenido tecnológico.

El repaso analítico de esas experiencias pasadas no da respuesta positiva. Nuestra integración comercial con el mundo debería probarse entonces, de otra manera.

Acuerdos comerciales.

Durante la sexta década del siglo pasado, los acuerdos comerciales en Europa, que tuvieron un fin más trascendente —político tras las experiencias bélicas anteriores—, contagiaron a nuestra región. El objetivo final del movimiento comercial que se plasmara en 1960 en el Tratado de Montevideo creando la Alalc era estimular el comercio de los países de América del Sur y México entre sí, a través de la concesión generalizada de márgenes de preferencias arancelarias. Tras lo sucedido los años que siguieran a la firma del Tratado, la evidencia empírica mostró que el objetivo primario individual de cada una de las naciones firmantes del acuerdo mal llamado de "libre comercio", era mejorar sus exportaciones sin perjudicar a su producción local transable, sustituidora de importaciones. Por ello las concesiones no fueron generalizadas, y corolario de negociaciones engorrosas con resultados que al cabo de algunos años mostraron una realidad distinta a la conveniente para todos los participantes: el número de concesiones utilizadas creando comercio era notablemente bajo. En resumidas cuentas, el acuerdo comercial multilateral no resultó en una creación de comercio y el desarrollo industrial que se deseaba fue prácticamente nulo.

El fracaso de la Alalc se intentó revertir con la renovación del Tratado de Montevideo en 1980 que puso un nuevo nombre —Aladi— a una vieja intención y que institucionalizaría algunos cambios: tratamientos arancelarios especiales según el grado de desarrollo económico y la dimensión económica de los diferentes firmantes del acuerdo inicial de 1960, y autorización para la realización de acuerdos de alcance parcial entre los socios. De antemano se admitía en la nueva forma de integración que se daba al grupo, que el intento de integración comercial multilateral podría funcionar con cláusulas de escape hacia concesiones bilaterales —no extensivas a todos los socios de la agrupación—, y eso efectivamente ocurrió. Desde entonces y hasta 1991 nuestro país solo mantuvo su comercio con Argentina y Brasil por las concesiones especiales, de alcance parcial, que los países limítrofes dieron en programas como el Convenio Argentino Uruguayo de Complementación Económica (Cauce) y el Protocolo de Expansión Comercial (PEC).

Mercosur y después.

La necesidad de revitalizar el comercio entre Argentina y Brasil y de escaparse de la irrelevancia comercial de la Aladi para el desarrollo económico de sus miembros, derivaron en una invitación de "último momento" a Uruguay y a Paraguay a participar en la creación de un nuevo instrumento de integración comercial: el Mercosur. Conocemos ya los resultados de un tratado que ha sido "menos Mercosur" cuando se insistió desde nuestro propio país, en que fuese "más y mejor Mercosur". Es prácticamente unánime ahora la opinión de la irrelevancia comercial, también en el caso de este movimiento, sacudido por violaciones permanentes a sus reglas y propósitos iniciales, incluyendo al fundamental de mejorar la relación entre los dos grandes socios.

Y ahora se insiste injustificadamente en ingresar a otros acuerdos con naciones europeas y asiáticas que las disposiciones del Tratado de Asunción (fundamento del Mercosur) y que el propio miedo ideológico de algunos grupos locales dilatan por años al punto de obstruir su realidad. Una realidad que si se diera, probablemente culminaría en igual resultado que los acuerdos anteriores.

Ante tanta evidencia negativa para la política de acuerdos comerciales, tal vez sea el momento para su cambio, reduciendo al mínimo aranceles, eliminando las trabas de efectos equivalentes y habilitando la competencia en todas aquellas actividades que hoy implican altos e innecesarios costos a la producción. Esto tiene alta probabilidad, con el paso del tiempo —mucho menor al transcurrido desde 1960—, de traer beneficios generalizados para las actividades productivas y los propios consumidores.

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