ASTRONOMÍA

Desarrollan una nueva teoría sobre cuál es el origen de la Luna

Un estudio señala que el astro no fue atrapado, no se desprendió ni se formó por un impacto.

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Súper Luna desde Londres. Foto: AFP

Si fuera necesario hacer un símil para explicar la relación que tiene la Luna con la Tierra, se podría decir que el satélite natural es el hermano menor de nuestro planeta. No solo por su cercanía y tamaño –una cuarta parte del diámetro–, sino por su ADN geológico similar y por su comportamiento caprichoso, con influencia en fenómenos naturales como las mareas.

Todo esto se sabe ahora gracias a la fascinación que la Luna ha despertado históricamente entre los humanos y que ha llevado a ser uno de los objetos celestes en los que más se ha invertido dinero para su investigación.

Sin embargo, y no obstante los esfuerzos, la Luna sigue guardando toda clase de misterios que los científicos intentan desvelar. De hecho, acaba de cobrar relevancia un estudio que busca dar luces sobre uno de los principales interrogantes de este satélite: cómo se formó.

Según el geólogo planetario David Tovar, hasta ahora, entre todas las teorías, tres gozaban de mayor aceptación en la comunidad astronómica. La primera, la de la captura, plantea que durante las primeras etapas de formación del sistema solar, hace 3,9 millones de años, la Tierra atrapó con su campo gravitacional un cuerpo de menor tamaño que quedó orbitando a su alrededor.

La segunda teoría es la del desprendimiento, que asegura que la Luna aparece cuando la Tierra era una esfera de magma de la que, por su rápida rotación, una porción del material se despegó. La tercera hipótesis, y alrededor de la cual hay un mayor consenso, es la del impacto. De acuerdo con esta, un objeto del tamaño de Marte chocó contra una joven Tierra, haciendo que los fragmentos resultantes se elevaran en el espacio y luego se unieran mediante un proceso de acreción (crecimiento por adición de materia).

Ahora, la nueva teoría, elaborada por expertos del Instituto Weizmann de Ciencia de Israel y del Imperial College de Londres –publicada en ‘Nature Geoscience’–, plantea que hubo varios impactos, que, por el mismo mecanismo de la acreción, habrían propiciado la formación del satélite.

Pero aquí no paran los interrogantes sobre el hermano menor terrestre. Para el astrofísico Juan Diego Soler, aunque las misiones Apolo (décadas de los 60 y 70) ayudaron a resolver en buena parte la pregunta de la composición del satélite, gracias a las muestras de material que trajeron los astronautas, aún queda mucho por averiguar, sobre todo de su lado oscuro.

Para Soler, quien trabaja en el Instituto Max Planck de Alemania, esta zona es tan misteriosa como fascinante: “Como la Luna no rota en relación con la Tierra, siempre vemos la misma cara; el otro lado se encuentra expuesto, porque no está bloqueado por la Tierra, y hay una cantidad de meteoritos que nos pueden ayudar a conocer más sobre el sistema solar”.

Soler afirma que el lado oscuro también se encuentra libre de distintas radiaciones de origen terrestre, como las ondas de radio y la contaminación lumínica. Estas características hacen de este lugar un punto perfecto para instalar un radiotelescopio, porque no tendría interferencias de este tipo de señales y porque permitiría observar una zona del universo poco explorada hasta ahora.

Pero, infortunadamente, estos son planes con pocas perspectivas porque la exploración lunar ha estado prácticamente detenida desde que terminó el programa Apolo. De acuerdo con Soler, el principal motivo es la falta de recursos para financiar las misiones.

En este momento, los países más preocupados por la exploración lunar son China y Holanda, que tienen pensado utilizar impresoras 3D para construir una base en el satélite.

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