La adicción a la tecnología está causando un caso nuevo cada tres días

Adictos a vivir en la pantalla

Cada tres días hay al menos un uruguayo que necesita atención profesional porque su vínculo con la tecnología es tan enfermizo que no puede controlarlo. Es tecnoadicto. La Fundación Manantiales pasó en los últimos 12 años a atender de uno a dos casos al mes a recibir casi tres por semana.

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Los adictos a la tecnología pueden llegar a vivir encerrados.

Cada tres días hay al menos un uruguayo que necesita atención profesional porque su vínculo con la tecnología es tan enfermizo que no puede controlarlo. Es tecnoadicto. La Fundación Manantiales pasó en los últimos 12 años a atender de uno a dos casos al mes a recibir casi tres por semana.

Su director habló con El País y contó cómo cuando llegó el primer caso resultó eventual; se trató de una persona que pasaba el día en la computadora, en un cibercafé. Hoy la adicción a la tecnología está directamente vinculada con el uso del celular, o smartphone, y se da cuando deja de ser una herramienta de trabajo o entretenimiento para ser un motivo de abandono de obligaciones laborales, sociales y familiares.

Esta relación con el dispositivo tiene otro elemento más que hace a los especialistas identificarlo como adicción: la persona intenta cambiar la forma de utilizarlo pero no lo logra. Como si fuera un cigarrillo o una bebida, trata de dejarlo pero no puede. Pablo Rossi, psicólogo especializado en adicciones y director de la Fundación Manantiales analizó la problemática y compartió el testimonio de Agustina, víctima de tecnoadicción.

El teléfono vibra. Suena una notificación y se enciende. Alerta que llegó un mensaje. Su dueño, que está trabajando, no puede ceder a la tentación y lo toma. Esta situación sucede 125 veces por día y por usuario, informó Google meses atrás en una conferencia en San Francisco. Para algunos esto no es una adicción; para otros sí.

Las tecnoadicciones o ciberadicciones refieren al abuso de determinados dispositivos o servicios tecnológicos. Es difícil determinar el límite entre el uso necesario y el uso adictivo porque son elementos empleados en lo cotidiano.

Así lo explican en Fundación Manantiales, clínica uruguaya que en 10 años pasó de atender uno o dos casos aislados al mes a recibir más de 10 cada 30 días. Es decir, cada tres días hay al menos un uruguayo que necesita una atención profesional porque su vínculo con la tecnología es tan enfermizo que no puede controlarlo sin ayuda,

"La primera consulta la tuvimos en 2002 por un chico que pasaba horas frente a su computadora y en cibercafés jugando juegos en red", rememora Pablo Rossi, psicólogo especializado en adicciones y director de la fundación.

"Fue con la llegada de los smartphones y la combinación con las redes sociales que llegamos a un pico" de consultas, agrega Rossi. La fundación entiende que existe adicción como tal cuando la utilización del celular o el dispositivo tecnológico lleva al individuo a renunciar a sus actividades sociales o laborales, y fracasa cuando intenta disminuir su uso.

En carne propia.

Agustina (20) es una de las personas que recibió atención en Manantiales debido a su adicción a la tecnología. Su relato coincide con la vivencia de muchos jóvenes en la actualidad, en el sentido de que pasaba horas jugando con el celular, conectada a las redes sociales, chequeando notificaciones, correos y mensajes hasta la madrugada.

Pero hubo un momento en que esto tan cotidiano se fue de control. "Como sentía que mis padres y amigos no me comprendían y se enfadaban cuando yo dejaba de prestarles atención, entonces comencé a dejar de salir con ellos, a quedarme en mi casa, en mi habitación a oscuras con la pantalla de la computadora prendida", relata.

El tiempo encerrada comenzó a ser cada vez más largo hasta que descuidó los estudios, se alejó de los amigos y su única compañía, según ella misma cuenta, eran los participantes de un foro de Internet.

"Realmente sentía que esas personas con las que chateaba eran mis amigos, que me conocían mejor que mis padres y me comprendían completamente", admite. La situación era tal que si en su casa intentaban limitarle el uso de Internet estallaba; "me largaba a llorar y trataba mal a todo el mundo. Hasta llegué a robarle el celular a mi hermano".

El tratamiento.

Como en la mayoría de las adicciones, uno de los momentos cruciales es el que lleva al usuario a pedir ayuda. "Asumir que lo que está pasando se transformó en una adicción no es simple. A la mayoría de las personas les cuesta dar el primer paso y reconocerse como adicto", indica Rossi.

Quienes recurren a Fundación Manantiales para superar esta adicción se someten a una terapia que intenta llevarlos a reencauzar el uso del celular, la computadora y los videojuegos, a limitar la cantidad de veces que chequean llamadas y redes sociales, a abandonar el hábito de llevar el teléfono siempre en la mano y ponerlo sobre la mesa y usarlo para gesticular. El tratamiento integra a la familia.

Cuando Agustina recuerda esa etapa responde que fue muy dura. "Estuve un tiempo sin celular y sin computadora. Era desesperante", asegura. "Pero aguanté y, recaídas mediante, pude recuperarme". Ahora usa Internet para facultad y "por ocio", pero ya no deja que "consuma" todo su día.

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