Crítica - CINE

Eficaz visita a un clásico

La cenicienta. Estados Unidos, 2015.Título original: Cinderella. Dirección: Kenneth Branagh. Guión: Chris Weitz. Fotografía: Haris Zambarloukos. Diseño de producción: Dante Ferretti. Vestuario: Sandy Powell. Con: Lily James, Cate Blanchett, Stellan Skarsgård, Helena Bonham-Carter.Estreno: 19 de marzo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Una de las mejores escenas: una cámara inquieta capta el momento clave de la historia.

Una de las escasas razones por las que un adulto puede gastar dos horas de su vida en ver una nueva versión de Disney sobre La Cenicienta, podría ser entender qué pudo llegar hacer un director como Kenneth Branagh con eso.

Aunque se tiende a olvidar, Branagh fue un pichón de cineasta que los críticos de la década de 1990, no temblaban al mencionar en la misma oración que Laurence Olivier. Al igual que aquel, Branagh era un embajador de la calidad británica en las salvajes tierras de Hollywood. Y un director competente que, como Olivier, era capaz de trasladar con dignidad a Shakespeare al bastardo arte cinematográfico.

Su adaptación de Enrique V (1989), Mucho ruido y pocas nueces (1993) y Hamlet (1996) eran adaptaciones correctísimas (e incluso un poco más). Branagh era un director prolijo de inquietudes clásicas que se movía con elegancia en otros territorios (Volver a morir, Los amigos de Peter, e incluso Frankestein).

En épocas más cercanas, sin embargo, dirigió asuntos de antemano menores y demasiado comerciales (Thor; Jack Ryan) que han dado letra a los que dudan de él. Se volvió esa clase de director al que, a las apuradas, se lo critica por la película que elige, más que por la película que consigue.

Sería una pena que eso impidiera a algunos ver los méritos que tiene su adaptación de La Cenicienta.

La historia es más que conocida. Muchacha hermosa y buenísima queda, al morir su padre, a merced de una madrastra y dos espantosas hermanastras. Cuando el príncipe hace una fiesta para conocerla precisamente a ella, consigue invitarse pese a la negativa de su familia postiza y gracias a la ayuda de un hada madrina. Ya es suficiente contar para una historia que gracias a, por ejemplo, una versión anterior y animada de Disney (La Cenicienta, de 1950), es parte de la cultura occidental.

Por lo menos en los primeros dos tercios de la película, Branagh consigue presentar la historia como el choque de dos mundos. La paleta impresionista y ambientes y situaciones a lo Jane Austen de la vida con su padre y su madre, son arrebatados por la belleza vulgar y pop de las recién llegadas con sus atuendos sacados de una casa de ropa usada de la década de 1980.

Ante tamaña invasión, el único refugio de la clase media ilustrada y buena es una aristocracia bondadosa, sensible al arte y que tiene el detalle de tener un capitán negro, algo que Jane Austen nunca hubiera permitido. La burguesía, dice una lectura de la película, está amenazada por el mal gusto arribista y el único aliado para que su forma de vida sobreviva es meterse en el mundo de la nobleza. Branagh presenta argumentos cinematográficos sobre eso.

Pero tampoco conviene complicarla mucho y, por eso, Branagh se mete en la tercera parte en un desenfrenado universo Disney. La transformación de Cenicienta y su entorno vegetal y animal en un carruaje está armada con la misma magia que los viejos dibujos animados. Es uno de los tantos méritos de una dirección de arte que apela, por ejemplo, a los paisajistas británicos del siglo XIX para crear su universo.

Y como es una película para niños, todos esos preciosismos visuales, la villana de Cate Blanchett de vestuario e iluminación que remiten al cine más clásico de Hollywood, y un par de escenas muy bien resueltas (el baile, por ejemplo) están al servicio de hacer entretenido y novedoso algo tan visto. Lo consigue.

Y en tiempos tan cínicos es saludable que una película apele a la bondad y el coraje como la manera más lícita de concretar los sueños. Quizás así haya esperanza de no perder la batalla contra potenciales madrastras ambiciosas y de muy mal gusto que andan al acecho.

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