EN PIE DE GUERRA

Grieta de vecinos en Punta Negra: un pueblo tomado por "ocupas" y contenedores

De un lado los “realistas”, que alertan ocupaciones y piden alumbrado público. Del otro los “naturalistas”, que piden tolerancia con los usurpadores y defienden la conservación del lugar.

Contenedores en Punta Negra
Punta Negra, un pueblo hecho con contenedores. Foto: Ricardo Figueredo. 

No hablés con ella, te va a mentir. La verdad es la que yo te digo. Ahí es la casa de la bruja, la que se cree la dueña. Se quieren quedar con todo sin pagar un solo peso. Venden terrenos que no son de ellos. Son capitalistas, buscan construir acá lo que dejaron en Montevideo. Se hacen los hippies pero no lo son, son vivos, están de vivos. Hay que respetar la naturaleza. Esto es tierra de nadie.

Punta Negra es un balneario de moda, un paraíso que pareciera alejado de todo pese a estar solo a 11 minutos de Piriápolis. Es su cielo repleto de estrellas, su agua transparente y su brisa que hace soportable el verano e intratable el invierno. Sus viviendas hechas con contenedores, que le dan ese “qué sé yo” de los sitios irrepetibles. Sin embargo, en medio de este milagro se libra una batalla irreconciliable. Punta Negra está dividido por una cortina de hierro, hay Montescos y Capuletos, hay buenos (que los otros creen malos) y malos (que juran que son los buenos).

Es casi zona de guerra.

Un páramo

Cuando Magela Galli conoció Punta Negra en 1995 “no había nada ni nadie”. Ni de chiste le llamaban balneario, los habitantes eran apenas unas decenas, no había luz y el agua de OSE era privilegio y ostentación. En 1997construyó una casa. En 2005 se fue a vivir en ella. Acompañada de un dóberman y un ovejero alemán, se lanzó a la aventura de abrir, en medio de la nada, un vivero. Tenía la confianza de que si el lugar era bueno el boca a boca iba a hacer que la gente se acercara. Los pocos vecinos que había no lo podían creer.

—¿Usted se viene a vivir acá sola? ¿No tiene miedo? —le preguntaban.

—Y cómo voy a tener miedo si acá no hay nadie. Yo le tengo miedo a la gente —contestaba ella con sonrisa complaciente, la misma que tiene ahora al recordar este pasado, y que comenzará a desdibujarse en cuanto empiece a hablar del presente.

Todo cambió a partir de 2015. Desde ese año Punta Negra empezó a ser balneario, desembarcaron turistas, se llenó de viviendas, aparecieron los comercios y llegaron cientos de ocupas. Empezaron los robos y las peleas entre vecinos:los que advierten que el aumento de la población exige cambios —como ser la instalación de alumbrado público—, contra aquellos que son capaces de armar una cadena humana frente a una pala mecánica para evitar que arreglen una calle.

“Somos realistas, esto cambió”, dicen los primeros. “Esto es naturalistas versus capitalistas”, dicen los segundos. Galli, que se coloca en el bando “realista”, dice:

—Lo que soñábamos hace 15 años era armar un balneario, no este cambalache. Todos tienen derechos, pero no todos están cumpliendo sus obligaciones. No puede ser que manden los ocupas.

Mario Invernizzi, alcalde de Piriápolis, cuyo municipio abarca Punta Negra y 17 localidades más, advierte que en los primeros años de la década de 2000 “no había más de 50 casas; ahora son 1.200 y 4.800 personas”. Tres cuartas partes de la población se desvanece cuando termina el verano. Algunos aparecen y desaparecen en otoño y primavera. Y son como espectros aquellos que se atreven a pisar el sitio durante el invierno.

Contenedores en Punta Negra
Contenedores colocados de todas las formas posibles en Punta Negra. Foto: Ricardo Figueredo. 

Una oportunidad

"Realistas” y “naturalistas” coinciden en que la razón de la llegada de ocupas a Punta Negra fue que una gran cantidad de terrenos quedaron abandonados. La historia que cuentan es la siguiente: una empresa, Drumy S.A., tenía 600 terrenos en el balneario. Luego de que el exintendente Oscar de los Santos advirtiera que quienes no estuvieran al día con la contribución no podían vender, la firma decidió abandonar esos predios. Muchas personas se enteraron y comenzaron a ocupar. Algunos tomaron terrenos extras y los vendieron como propios, o hicieron casas para alquilar.

Este relato es más verdadero que falso, pero posee algunas inexactitudes. Drumy S.A. sí tuvo cientos de terrenos en la zona, pero eso fue en la década de 1980, y luego los fue vendiendo. Desde la empresa advierten que hoy no son más de 150 y que 50 de ellos están ocupados. Reconocen que se tuvieron que poner al día con la contribución y dicen que ya lo han hecho, por eso ahora están haciéndoles demandas a los ocupas para desalojarlos. El frentista De los Santos dice que es verdad que tomó esa medida, pero advierte que solo hizo “cumplir la ley”, pues un decreto departamental de 2007 advierte que las sociedades anónimas con deudas no pueden vender. El resto —los ocupas que llegaron, la toma de terrenos de más, la venta y los alquileres— es todo cierto.

Cuando llegó el nacionalista Enrique Antía a la Intendencia de Maldonado, en 2015, empezó a recibir denuncias sobre la ola de ocupas que llegaban a tomar el lugar. Los casos fueron derivados a la Justicia. Invernizzi, el alcalde que pertenece al Frente Amplio, sostiene que él presentó 150 denuncias en 2015 y otras tantas en 2017; los “realistas” también presentaron denuncias, la última el año pasado. La intendencia, el municipio y la globalidad de vecinos coinciden en que no ha habido más de cinco desalojos. Ninguno de ellos maneja cifras concretas de la cantidad de terrenos ocupados. Todos hablan de “cientos”.

Más allá de los terrenos pertenecientes a Drumy S.A., hay otros de particulares que también fueron tomados. Adriana Graziuso, directora de Asuntos Legales de la Intendencia de Maldonado, advierte que muchos pertenecen a argentinos de clase media, que los compraron hace décadas y que no pudieron hacerse cargo de mantener un solar en otro país. En Punta Negra viven argentinos, estadounidenses, colombianos y brasileños.
Graziuso justifica que la comuna no haya podido con los ocupas:

—No podemos hacer nada porque no son terrenos nuestros, son propiedad privada. La que tiene que actuar es la Justicia. Han hecho maniobras de todo tipo, con documentación falsa, con ventas de derechos posesorios de terrenos que no les pertenecen. Nosotros prohibimos a quienes no son dueños pagar contribuciones, porque empiezan a pagar y luego reclaman el predio. Las ocupaciones son un problema, porque hay vecinos que por años han cuidado el entorno y esto empieza a cambiarlo todo.

Contenedores en Punta Negra
Desde 2015 las construcciones crecieron en Punta Negra. Foto: Ricardo Figueredo. 

Naturalistas

Laura Magis llega a la sede de la comisión de vecinos de Punta Negra casi corriendo. Pregunta con desconfianza sobre el “tono” de esta nota, porque dice que ella ya viene “muy golpeada” por los “realistas” y no quiere seguir peleando. Aprieta en su mano izquierda lo que dice es una denuncia por una ocupación. Pero enseguida advierte que la mayoría de los ocupas son buenos, que no quiere “perderlos” y que no se puede pensar este lugar con la lógica “capitalista” de Montevideo.

—Muchos de los que se quejan son citadinos que llegan y no se adaptan. Quieren venir a talar todo. Quieren cruces y asfalto, quieren reproducir lo de allá, acá. Lo mismo nos pasa con la intendencia: quieren poner focos led y nosotros no queremos perder este cielo maravilloso. Quieren tecnología 5G. No podemos cambiar todo por dos o tres chorros que se robaron unas garrafas y ropa de la cuerda. Acá no hay un problema de inseguridad. Esto no es Montevideo.

Magis habla ante el silencio y la sonrisa de Claudia Williat, que también forma parte de la comisión vecinal y que la mira como hipnotizada, como si fuera dueña de una verdad develada.

—Lo único que queremos —dice Williat con voz suave— es plantar nuestros tomatitos. Es un modo de vida que defendemos. Hay dos familias de argentinos que salieron a recorrer el mundo en motorhome, pararon acá y se quedaron, porque buscan ese modo de vida.

La comisión de vecinos representa solo a un bando de los vecinos de Punta Negra. “Aquí tienen todos las puertas abiertas pero algunos no quieren venir”, dice Magis. “Es una comisión de vecinos copada por ocupas”, señala Galli.

La casa, que Magis dice “se construyó con mucho sacrificio”, tiene una sala, dos baños, un gran parrillero y una biblioteca que una vez por mes recibe a médicos de la Administración de Servicios de Salud del Estado (ASSE) dispuestos a atender a quien lo necesite.

En la comisión de vecinos funcionan tres grupos: Nativos Punta Negra, Mujeres de Acción Rural y Productores Punta Negra. Magis y Williat pertenecen a los dos primeros, pero él más importante para ellas es el de Nativos. Son los que dicen defender la conservación del lugar.

—Les pedimos a los que vienen que dejen las cosas como están. Que saquen sí algún eucalipto que pueda caer arriba de su casa, pero los otros arbolitos mejor integrarlos —dice Williat.

Galli sostiene que durante todo el invierno se talaron árboles de algunos terrenos y que nadie fue a decirles nada a los que lo estaban haciendo. Que los cortaban para hacer leña.

—No es cierto que defienden la naturaleza —continúa la vecina “realista”—, defienden algunos intereses. A mí nadie me puede acusar de no cuidar la naturaleza. Hace años que tengo un vivero y tengo cuatro certificaciones orgánicas.

En las calles más ocultas la vegetación crece sin freno. Magis dice que eso es lo más lindo y que si hubiera un incendio “no habría problema, porque los vecinos lo apagarían entre todos”.

En el fondo del vivero Galli está construyendo un gran salón, solo un poco más chico al de la comisión de vecinos, también con parrillero y estufa a leña, en el que dice que se harán charlas, reuniones y eventos “para los propietarios”.

Contenedores en Punta Negra
Hay contenedores muy trabajados y otros que quedan como llegaron. Foto: Ricardo Figueredo. 

Realistas

Guillermo Galán fue por primera vez a Punta Negra en 2014 y en 2017 abrió un supermercado a dos cuadras de la playa. La abuela de su señora había comprado un terreno hacía muchos años, en 1967. Galán pertenece al bando de los “realistas” y se declara “cansado” de soportar a los que “se llevan todo de arriba”.

En su primer verano al frente del supermercado, Galán recibió siete inspecciones de la DGI. Jura que “el único boludo” con habilitación de bomberos en el balneario es él. Dice que paga religiosamente al BPS, y que tiene a todos sus empleados con carné de salud y carné de manipulación de alimentos. Dice que ha hecho varias denuncias a la intendencia por negocios que trabajan en negro, por vecinos que colocan contenedores en terrenos que no son suyos y también por robos, sin que pase nada.

—A mí me parece bien que me exijan pagar lo que hay que pagar, pero estoy en la lupa porque estoy registrado. Los que hacen todo en negro no reciben inspecciones. Tengo uno que me abrió a seis cuadras un almacén abajo de cuatro chapas. Si vende un alfajor, ya gana; yo tengo que vender 10 para ganar el valor de dos.

El dueño del supermercado sostiene que la feria de productores de Punta Negra es una pantalla, que venden cosas que no se producen en la localidad y que esto implica una desleal competencia.

—Venden aceite de oliva de marca, venden bananas… ¿Dónde crecen bananas en Punta Negra? —dice y se enoja.

Galán sostiene que los Nativos Punta Negra impidieron el pasaje de una pala mecánica para arreglar algunas calles y que son los que tienen trancada la instalación de alumbrado público. Magis dice que ellos aceptan la luz, “pero una luz tenue, baja, que no impida ver el cielo”.

Sobre la pelea que tienen los vecinos hay otra más grande: el municipio vs. la intendencia. El alcalde Invernizzi dice que la comuna le entregó solo 50 focos led, distintos a los que quieren los “naturalistas”. Que precisa al menos 400 más y que los que tiene no los coloca porque llegaron sin brazos ni abrazaderas. Y dice:

—Los vecinos quieren focos tipo los de Valizas. Los que nos dieron son led y cuando los tengamos los vamos a poner. No los ponemos porque no los tenemos.

Galán jura que ha denunciado a la intendencia a tres ocupas que bajaron contenedores en terrenos ajenos y que le contestaron que no podían hacer nada porque los tenían que agarrar infraganti. Si uno camina por Punta Negra puede tener la sensación de que puede adivinar cuáles son los terrenos ocupados y cuáles no, sin embargo eso no será más que un prejuicio. Hay ocupas pobres, de clase media y con mucho dinero.

—Acá no estamos hablando de personas de nivel socioeconómico bajo. Hay de todo. No es solo gente que necesita una vivienda —señala Graziuso, del departamento legal de la intendencia.

Contenedores en Punta Negra
Intendencia exige cambios en contenedores para habilitarlos. Foto: Ricardo Figueredo. 

Contenedores

Cuando uno llega a Punta Negra se topa con decenas y decenas de contenedores. Los hay en las zonas más ocultas, pero también sobre la costa. Los hay rojos, blancos, negros, azules, verdes y de todos los colores y tonos que alguien pueda imaginar. Los hay con revestimientos que los hacen imperceptibles y también sin intervención alguna más que una puerta y una diminuta ventana, casi iguales a los que uno puede ver sobre el puerto de Montevideo. Los hay uno arriba del otro, los hay llenos de gente y los hay abandonados.

—Al lado de mi casa pusieron un contenedor pelado. Cuando yo vaya a vender me van a preguntar qué es eso y voy a tener que vender barato. La intendencia puso una reglamentación para que los intervengan, para que los conviertan en algo parecido a una casa, pero nadie la cumple —advierte Galán.

Soledad Laguarda, directora de urbanismo de la Intendencia de Maldonado, advierte que el problema está en que “muchos creen que un contenedor es una casa rodante”. Ante esta realidad la comuna se vio el año pasado en la obligación de hacer una nueva reglamentación. Cada vivienda debe tener una sala de al menos 2,8 metros de ancho y un dormitorio de 2,5; con los revestimientos los contenedores no llegan a estas medidas. Además, es obligatorio conectarlo a las redes públicas: al agua potable, al saneamiento y a la energía eléctrica. Y debe cumplir con ciertas características para su ventilación.

Muchos ocupas eligen usar contenedores porque en el caso de que se vean obligados a devolver el terreno pueden tomar su vivienda y trasladarla sin problemas a otro lugar.

Graciela Green no le pusieron un contenedor, le armaron un rancho de lata. Hace un año que le ocuparon un terreno y el caso está en la Justicia. Tiene esperanzas de que después de la feria judicial ya haya alguna novedad.

—Son cosas que hay que arreglar con un abogado. Si intervenís directamente puede convertirse en algo aún mayor. Un hombre tomó el terreno, se lo vendió a otro y ahora el otro parece que pidió el agua. Es un problemón. No sé cómo hizo para vender algo de lo que no tenía ningún papel.

Buenos Vecinos

En Punta Negra los del bando “naturalista” son ciertamente tolerantes con los ocupas.

—No pensamos si están en terrenos ocupados o no, son parte de la comunidad. Y ojo, porque acá hay mucha gente que se queja y ocupa. Compró un terreno y tomó otros alrededor —dice Williat.

—¿Vos sos ocupa?

—No —contesta categórica.

Magis, por su parte, dice:

—Los verdaderos dueños de los terrenos son personas que no pagaron contribución por 50 años.

—¿Vos sos ocupa?

—Sí, yo lo hago. Tengo un terreno y agarré otro al lado. No me parece mal. No quiero que nadie se me asiente ahí. No estoy de acuerdo con que la gente que gastó tiempo y dinero no pueda cuidar lo que tiene. Pero después no hay que salir a embarrar la cancha.

Ocupación en Punta Negra
Cecilia Álvarez es ocupa este terreno desde hace más de un año. Foto: Ricardo Figueredo. 

Perdió todo, fue a Punta Negra y se hizo "ocupa"

Cecilia Álvarez es ocupa. El 7 de enero se cumple un año y tres meses desde que ella y su marido tomaron un terreno en una esquina de Punta Negra. “No teníamos otra alternativa”, dice con resignación entre el ladrido de su enorme perro, frente a la vivienda de madera que construyó su esposo y al costado de un cartel que dice que vende a $ 70 cada bolsa de piñas. Durante más de seis meses estuvieron en una carpa. Todavía no tienen baño, pero ella dice que ya consiguieron los artefactos y que esperan construir uno en poco tiempo. El agua se las da un vecino. No tienen electricidad. “Nosotros vivíamos en Las Piedras e hicimos un compromiso de compra con el vendedor de una inmobiliaria. Lo que pasó fue que nos estafó y quedamos todos en la calle. Mi hijo, mi nuera y mi nieta se fueron con mis consuegros. Mi esposo y yo no tuvimos otra que venirnos para acá. Solo un vecino se quejó, pero viene solo los fines de semana. Saldremos adelante”, plantea Álvarez.

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