EDITORIAL
diario El País

El miedo (al cambio) no es la forma

Este domingo, Uruguay ingresa en una nueva etapa. El ciclo frenteamplista habrá quedado atrás y despuntará el cambio.

Un cambio que en algunos aspectos será radical, para detener el deterioro de las finanzas públicas, reencauzar al país en la senda del crecimiento y parar la sangría de la inseguridad ciudadana. Un cambio satanizado por muchos de los que se van, incapaces aún de reconocer el respaldo ciudadano que trae detrás.

La ley de urgente consideración es, en sí misma, la evidencia del talante resuelto del gobierno electo por apurar ese cambio, en distintas áreas de la vida nacional. Y con una contundencia equivalente a la de esta innovación, se están alzando las voces apocalípticas de siempre, haciendo leña de ella y estimulando uno de nuestros reflejos culturales más típicos: el miedo al cambio.

No solo proviene de personeros del gobierno saliente; también se percibe de parte de quienes reconocen los graves problemas que atraviesa el país, pero postulan la resignación ante fuerzas retardatarias que, para ellos, son inamovibles.

Ayer, el periodista de nuestro diario Nicolás González Keusseian informó acerca de un entredicho entre los socios de la coalición, en torno a la sustitución del concepto "libertad de cátedra" por el de "autonomía técnica" en el referido proyecto de ley.

La primera, connatural a la enseñanza universitaria, fue extendida por el primer gobierno del Frente Amplio a la educación primaria y secundaria. Lo que el proyecto de LUC plantea es una precisión terminológica que no afecta la libertad del docente de planificar y seleccionar los contenidos educativos, pero respetando los objetivos y contenidos de los planes de estudio.

El Partido Colorado puso sobre la mesa la eventual inconsistencia de esta modificación con otras normas, lo que es atendible. Lo que no debería tenerse en cuenta es la advertencia de que, eliminando dicho cambio, "se evitaría un lío más con los docentes", como reconoció al periodista una fuente de ese partido.

Hay una primera precisión y es que una cosa son "los docentes" y otra muy distinta los dirigentes sindicales que supuestamente los representan.

El nuevo gobierno no viene a resignarse. Muy pronto se empezarán a notar las diferencias entre la inercia entreguista de los que se van y el coraje transformador de los que vienen.

La oposición de los sindicatos será un dato de la realidad que habrá que enfrentar, pero que en modo alguno debe detener el impulso reformista a un sistema educativo signado por la exclusión de los más vulnerables. La coalición cuenta con una sólida mayoría parlamentaria para respaldar estos cambios, más allá de cualquier berrinche corporativo, y el momento de hacerlos es ahora, porque el foco debe volver a estar en los estudiantes, que es de donde nunca debió haber salido.

Pero el miedo al cambio tuvo otro capítulo en una reveladora entrevista que publicó ayer el semanario Búsqueda al ingeniero Juan Grompone, un destacadísimo intelectual de nuestro medio. Con la claridad que lo caracteriza, Grompone hace un diagnóstico preciso del deterioro educativo y carga la responsabilidad en la inacción de los últimos gobiernos y el ya mencionado corporativismo sindical. También reconoce, con toda razón, que el último aporte de valor en esta área fue el realizado por Germán Rama en los años 90 del siglo pasado. Sin embargo, formula un pronóstico alarmista: expresa que el ministro entrante "se va a dar contra la misma pared de todos los que quisieron hacerlo".

Y esta convicción es, a nuestro juicio, otra forma de trasuntar el miedo al cambio. Porque incorpora la resignación de que nada se puede hacer, porque el partido está perdido de antemano.

Es la misma resignación con que el expresidente Mujica se excusó en que "no lo dejaron" cumplir la promesa del cambio educativo, con aquella inolvidable confesión que hizo a Danza y Tulbovitz en el libro La oveja negra al poder, de que la enseñanza solo cambiaría cuando se pulverizara a los sindicatos (claro que él lo dijo de una manera más gráfica y escatológica, fiel a su estilo).

La misma resignación con que la actual ministra María Julia Muñoz descabezó a los renovadores Filgueiras y Mir y entronizó a su inefable "Varela del siglo XXI", Wilson Netto. La misma que llevó a Tabaré Vázquez a dar marcha atrás después de haber decretado la esencialidad en la enseñanza pública.

El nuevo gobierno no viene a resignarse. Viene a planificar y ejecutar los cambios imprescindibles, para que no haya más hijos y entenados, para que la educación pública vuelva a ser el gran motor de movilidad social que siempre ha sido, de Varela a Rama.

Muy pronto se empezarán a notar las diferencias entre la inercia entreguista de los que se van y el coraje transformador de los que vienen.

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