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El fin de un engaño


@| La idea de la incorruptibilidad congénita de la izquierda constituye una falacia ajena a la observación del mundo, de la historia y de la frágil naturaleza humana, diseñada para sintonizar con los deseos de las masas y alienarlas de la realidad de los manejos políticos.

La política es un juego de voluntad y poder en el que la corrupción, la mentira y el fraude son potencialidades inherentes a su misma existencia, de las que nadie puede salvar al individuo, excepto su propia conciencia moral. En este juego, las ideologías políticas son atuendos que encubren las verdaderas intenciones detrás de un entramado de racionalizaciones que brinda al adepto una explicación lo suficientemente simple y razonable del mundo como para tranquilizar su conciencia y allanar el camino de lo que él considera justo y deseable. En este sentido, derecha o izquierda no son otra cosa que distintos posicionamientos tácticos que, en lo esencial, no afectan la dinámica del juego.

Grupos, sectores y partidos políticos persiguen sus intereses sin que estos necesariamente coincidan siempre con sus postulados ideológicos ni con el bienestar de la nación dentro de la cual actúan. ¿Cómo explicar, entonces, que una fuerza política que hace unos años apoyó las reivindicaciones del agro, porque le era útil políticamente, hoy, del otro lado de la vereda, desatienda esas mismas reivindicaciones, aun a sabiendas de que se trata de un asunto de vital importancia para el país? Compete al individuo, y solamente a él, franquear o no el límite de la corruptibilidad y de la inmoralidad. Reclamar una especie de supremacía moral para toda una fuerza política es una burda exageración que debería dar risa si no fuera por el hecho de que aún es creída por un gran número de compatriotas.

En mucho contribuiría quizás a nuestra definitiva entrada en un período de madurez social si, abandonando la idea de que existan soluciones milagrosas en política, la valorásemos como lo que es, un toma y daca en torno a la supremacía por la cosa pública y, sin dejar por ello de reconocer su fundamental importancia en la vida nacional, ajustásemos nuestras expectativas al dictamen de esa valoración, con la certidumbre de que no existen sustitutos para la conciencia moral y la libre opinión, y que nada podemos esperar que no sea de nosotros mismos.

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