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Un paso atrás

Nada de lo que aconteció en Mar del Plata fue positivo. La cumbre de las Américas deparo más organización de seguridad que resultados concretos. La hipocresía reinó en La Feliz, mientras los absurdos disturbios se contagiaban en ambas márgenes del plata.

A modo de síntesis esos serían mis titulares de un cónclave de presidentes que evidenció claramente el mapa mental de nuestra América, con un mandatario estadounidense cada vez más resistido, una embestida de populismo chauvinista encabezada por Maradona vestido de Versace y cientos de vidrieras rotas. En ese contexto, Uruguay, por razones estrictamente ideológicas reniega del verdadero sentido de su política exterior que no es otra que basarse en el interés nacional, concepto clave del realismo político definido por Morgenthau en el entendido que la defensa de los intereses nacionales por parte de los Estados es la última palabra en la política internacional y que estos intereses son sólo motivados por las ventajas que incorporen al conjunto de su población.

Hasta el hartazgo escuchamos de voceros de gobierno que la única forma de generar riqueza genuina es haciendo atractiva la radicación de inversiones. Los diagnósticos tan desarrollados por estos lares, no cansan de repetir que por más maravillosos y educados que seamos los pobladores del oriente del río Uruguay no tenemos suficiente mercado interno para desviar emprendimientos que inevitablemente se radicarán en nuestro queridos vecinos, excepto que sean inversiones netamente exportadoras y así y todo le hacemos la claque a Itamaraty y Buenos Aires en su defensa de sus propios intereses nacionales al no querer que prospere el ALCA.

Nos sobran los dedos de la mano contando aquellos sectores de la economía que se verían afectados con la deseable utopía de tener un Tratado de Libre Comercio en toda América y nos llevaría varias horas relatar los mil y un episodios de destrato de productos uruguayos al trasponer nuestras fronteras terrestres.

O acaso la realidad no superó los traumas ideológicos de aquellos que imaginan todo lo norteamericano asimilado a la verruga del Tío Sam, cuando hoy es nuestro primerísimo mercado de exportación. ¿Alguien duda de las ventajas de haber aprobado un Tratado de libre comercio con México? No basta la experiencia de amigos y familiares que buscando el escape a la malaria se radican en países con verdadero poder adquisitivo como para convencernos de que salimos más rápido si tenemos de norte el norte?

¿Desde cuándo el desvelo nacional es el acercamiento a Venezuela, tierra famosa por su desigualdad, sus bajos niveles de formación, sus salarios de hambre y su mar de petróleo?

¿Dónde están las toneladas de millones de dólares que surgieron de aquel faraónico megaencuentro de negocios que reformarían la Refinería de Ancap, o trasformarían a Pluna?

Creemos firmemente en que a semejanza de Chile, nuestro país debe tener una estrategia definidamente propia de hacia qué rumbo quiere dirigirse, sin que por ello deje de comulgar el sentimiento latinoamericano, creemos firmemente en las bondades que toda integración regional ofrece a un Uruguay que necesita de los accesos a los mercados para potenciarse en el mundo y así captar inversiones y por supuesto que no entendemos la peligrosa tontera de querer quedar simpático con aquellos rimbombantes cantos de sirenas de quienes sin demostrarlo en los hechos dicen tener una solidaria afinidad ideológica o política.

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