Tomás Linn
Tomás Linn

El día después

Parece un poco desubicado pedirle a un gobierno sometido a la tremenda presión de resolver el día a día de una pandemia, que empiece a pensar en el día después, aunque quizás ya lo esté haciendo.

Lo cierto es que tarde o temprano habrá un día después. La pandemia dará su vuelta, llegará a un pico alarmante y luego comenzará a ceder. ¿Cuándo será eso? Es difícil pronosticarlo, más en la región donde está Uruguay en que la enfermedad aparece cuando aún no comenzó el invierno. Pero ese momento llegará y cuando la gente retome la actividad normal, lo que encontrará es un país en una situación muy comprometida.

Los expertos ya saben que es así. Quienes debemos estar preparados somos los simples mortales. Y también los dirigentes de los partidos políticos pues de ellos se puede esperar mucho, siempre que no caigan en promesas o críticas demagógicas. Acá solo valdrá decir la verdad, como Churchill cuando asumió como Primer Ministro al estallar la Segunda Guerra Mundial. No le mintió a su pueblo al decirle: “Sólo puedo ofrecerles sangre, sudor, esfuerzo y lágrimas”.

La vuelta a la normalidad, ¿permitirá recobrar el ritmo de siempre? ¿Y quién paga el agujero de la pandemia? Sería absurdo culpar a los gobernantes por las medidas que deban tomar, algunas sin duda muy antipáticas.

Basta ver lo que está pasando. La cuarentena implica que nadie se mueve de su casa. Solo van a trabajar los que están en lugares que ofrecen servicios que no pueden detenerse: supermercados y almacenes, farmacias y otros servicios básicos. Alguien tiene que producir y abastecer este tipo de comercio, alguien tiene que reponer los cajeros automáticos y alguien tiene que trasladar a estas personas desde su casa al empleo.

Pero mucha otra gente debe quedarse en su casa sin trabajar ni generar riqueza ni obtener un ingreso.

Se buscan paliativos para estas situaciones. Las medidas anunciadas el jueves por el gobierno van en esa dirección: créditos especiales, prórrogas para pagos de impuestos, pagos en cuotas y con quitas, seguros “flexibles” de paro, licencias por enfermedad. Soluciones que parecen mágicas, pero todo es plata que se va, no que entra. Si la población puede entender los peligros de un sistema de salud colapsado por no mantener controlada la pandemia, deberá entender que el Estado puede colapsar y encontrarse que sus arcas se vaciaron.

A su vez, el Estado invierte en mejorar las condiciones de sus hospitales, en conseguir los instrumentos técnicos más adecuados para afrontar esta compleja tarea. Los hospitales exigen más equipamientos y los sindicatos son los primeros en demandarlos. Tienen razón en hacerlo, pero todo ello tiene un costo: producir con tecnología sofisticada, trasladar, instalar, requiere gastos y sueldos a pagar. Nada sale gratis.

No es soplar y hacer botellas. Se exigen subsidios, seguros de paro, licencias por enfermedad, créditos especiales, prórrogas de pagos, se reclama comprar más y mejores equipos médicos pero el dinero no sobra. Es necesario recordar además, que el nuevo gobierno enfrenta la crisis no con un país que tiene exceso de reservas sino, al contrario, con uno que arrastra hace años un déficit del 5%.

Toda esa gente que no puede trabajar por causa de la cuarentena, deja de consumir, deja de gastar, ahorra y no hay dinero que se mueva ni impuestos que se paguen. Hoy están paralizadas muchas tareas que generan y mueven la riqueza. Al no recaudar en un momento en que el Estado más lo necesita para afrontar los daños laterales provocados por la pandemia, la situación se complica. Y como ocurrió con la crisis de 2002, que fue de diferente tenor, ciertos sectores de empleados públicos (no todos, algunos hoy son indispensables), seguirán cobrando sus sueldos como si para ellos no hubiera crisis.

Esto que afecta la vida cotidiana uruguaya, afecta también al resto del mundo. Los aviones dejan de volar y por lo tanto tampoco tienen ingresos. Si la gente está recluida, la industria y el comercio en todo el orbe se paraliza. El turismo, una actividad que da mucho empleo directo (si bien zafral) queda congelado. Y la lista puede seguir.

Cuando Uruguay retome la normalidad no sabrá con qué mundo se enfrentará en la medida que el resto también ha sido duramente golpeado y las reglas de juego que valían hasta comienzos de 2020 estarán todas alteradas. Ya hoy la continua caída de las bolsas de valores y la suba del dólar dan un indicio de lo que se viene.

Llegado el momento, remontar este enorme agujero económico será arduo y el gobierno debería estar previendo alternativas y quizás lo esté haciendo. Todo lo que se dijo y prometió en la campaña del año pasado no importará. La salida irá por otros rieles. Será un país y un mundo que nada tienen que ver con el de 2019.

Este gobierno tan recién llegado, se pondrá a prueba en ese momento. Habrá sorteado la pandemia y deberá abordar lo económico. Resta entonces confiar en que el notorio liderazgo que viene mostrando el presidente Luis Lacalle Pou se mantenga firme y que el equipo de gobierno, integrado con gente capacitada y ahora fogueada y más unida por la dura experiencia de esta crisis sanitaria, pueda responder con la altura que corresponde.

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