Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Necrofilia militante

Hay una sensación de alivio en el pueblo al conocerse que las consecuencias más dramáticas de la pandemia van menguando en el país con la caída sostenida de contagios, casos en CTI y fallecimientos.

El endemoniado azote universal no obstante se renueva con manifestaciones del virus que amenazan una oleada de nuevas realidades más expansivas que las conocidas y ello impone a gobernantes y gobernados mantener la guardia en alto y no ceder en los cuidados personales y colectivos. En el recuerdo de lo reciente la firmeza y responsabilidad del gobierno, la prédica de voces responsables, la presencia inclaudicable de la policía y las fuerzas armadas con esmero en los que le toca atender y la heroica acción del personal sanitario son un faro en las tinieblas del que no gozan otras naciones en buena parte del planeta. Las encuestas -por su parte- revelan que la mayoría de los uruguayos sabe que la situación se enfrenta con éxito a partir esencialmente de un acto responsable de conducta individual de la población juvenil y adulta.

Como anécdota, dentro de una experiencia de vacunación que revista entre las de mayor éxito a nivel mundial, se registra la actitud de los compatriotas que están al frente de las instalaciones en las que se vacuna. Es comentario generalizado la sensación de sana alegría que transmiten por el desempeño de las tareas a que les ha convocado la encrucijada. Toca la sensibilidad de las personas a las que atienden.

Igualmente debe subrayarse que cuando en algún momento se ha dicho por algunos que Uruguay estaba entre los países con peores datos por contagios y fallecimientos, la información debe tomarse con pinzas porque hay muchísimos países cuyas estadísticas no son reales. Que cuentan con población que ni siquiera está registrada y que no han impulsado testeos, ni llevan cuentas creíbles como las nuestras sobre los contagios y muertes que han padecido.

Notoriamente el largo camino iniciado desde el 13 de marzo de 2020 hasta hoy en la república ha conocido de una quinta columna inclaudicable que lucha a favor del enemigo. Se regocija con sus destrozos humanos y materiales y pretende sembrar derrotismo en el alma de un castigado pueblo. Como el gobierno de Vichy en Francia en la Segunda Guerra Mundial aliado de los invasores nazis, a las victorias del enemigo los quintacolumnistas las toman como propias. La extensión de su prédica destructiva toca otros tópicos ajenos a la enfermedad impulsados con complicidades externas. Citemos ejemplos. Un secretario del intendente Orsi de Canelones ha promovido la idea por medio de la divulgación a través de un medio de comunicación internacional alemán de que en Uruguay ¡no hay libertad de prensa! Y, la caterva artera de desertores -entre otras cosas- ha alentado al portavoz de una macabra tiranía como la encabezada por el nicaragüense “comandante” Ortega a decir que nuestra nación ¡vive en dictadura!

Otra faceta de esta línea de acción se dio recientemente en la ciudad de la costa en Canelones. Militantes de la mentira y el odio colgaron bolsas negras rellenas, con carteles que decían representaban muertes de uruguayos que se podían haber evitado. Ignorando el glorioso esfuerzo colectivo desplegado ante la enfermedad. La necrofilia, adoración morbosa de la muerte, era lo que faltaba a los quintacolumnistas.

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