Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Ni un día de tregua

Los movilizadores de la actividad sindical en el país han sido siempre, los comunistas, y otras organizaciones afines después. En los 60 y principios de los 70 del pasado siglo, el representante de los intereses expansionistas ruso-soviéticos en el Uruguay, Rodney Arismendi, iba a ver a los nuevos zares en Moscú y les decía con orgullo, que nuestro país era el que había tenido más horas de huelga en el continente.

Los movilizadores de la actividad sindical en el país han sido siempre, los comunistas, y otras organizaciones afines después. En los 60 y principios de los 70 del pasado siglo, el representante de los intereses expansionistas ruso-soviéticos en el Uruguay, Rodney Arismendi, iba a ver a los nuevos zares en Moscú y les decía con orgullo, que nuestro país era el que había tenido más horas de huelga en el continente.

Hubo —por entonces— un tiempo de sindicatos autónomos que hacían su camino independiente que quedó en la historia, quienes desde partidos políticos o posiciones políticas imparciales quisieron actuar pero les fue imposible ocupar un lugar en el país, frente al dominio ejercido por una central sindical ideologizada, partidizada —frenteamplista— y única.
Hay muchas experiencias distintas de relaciones laborales. Se sabe que en el pueblo alemán bajo el nazismo, el ruso bajo el comunismo, el cubano, el chino continental o el coreano del Norte, los trabajadores que han osado levantar un dedo por una reivindicación marchaban y marchan al paredón.

En los Estados Unidos de América la sindicalización es porcentualmente mínima y por empresa. Por firma es en Japón, donde la mitad de la fuerza de trabajo mantiene una relación de por vida de los empleados con su empresa y donde hay una colaboración intensa de los dependientes con los representantes de sus empleadores. Acortando la referencia, los países de mejor calidad de vida del mundo, Alemania y los países escandinavos, hay un fuerte relacionamiento y coordinación entre trabajadores y empleadores, con mecanismos de negociación, conciliación y arbitraje destinados a evitar conflictos.

Allí la sindicalización es en general por empresa, y —los escandinavos— arrastran una paz social de más de 100 años. Se rigen por un principio de integración social.

En nuestro país la negociación laboral se hace por rama de actividad (textil, metalúrgico, etc.), no por empresa y el sistema permite que un pequeño grupo de personas regidas por el dinosáurico principio de la lucha de clases, se transformen en los árbitros del interés de un colectivo de empleados vinculados con realidades distintas, porque cada empresa tiene una vida propia y diferente de las demás. Esto no es deseable. Se lauda una solución única para realidades diferentes.

Cuando el 1º de marzo de 1990 asumió el Partido Nacional y el Dr. Luis Alberto Lacalle la presidencia, el gobierno democrático fue recibido por los sindicatos con un grito de “ni un día de tregua”. La inflación era de una proyección del 130% anual, en buena medida debida a los consejos de salarios y se imponía acordar un sistema que evitara el descontrol del alza de precios, en beneficio de trabajadores y pasivos.

Fue imposible. Todos los intentos se impulsaron, de hecho siempre hubo diálogo, pero fue inevitable renegociar la deuda externa, aumentar las alicaídas reservas del Banco Central y llevar una política de equilibrio fiscal para bajar la inflación sin colaboración sindical.

No hubo otro camino que permitir la libre negociación allí donde hubiesen sindicatos constituidos y en condiciones de negociar, sin consejos de salarios. Estábamos muy lejos por otra parte, de la fenomenal bonanza que desperdiciada ha estado presente durante ésta década.

Hacia delante sin una cultura de relacionamiento civilizado se corre el riesgo de tropezar con viejas piedras.

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