Nicolás Albertoni
Nicolás Albertoni

El debate y la libertad

El debate sobre la libertad como pilar esencial de la convivencia política y social, se ha instalado fuertemente en nuestro país desde el inicio de la pandemia y viene generando diferentes conversaciones. Es bueno que así sea. 

El debate sobre una idea tan fundante como posiblemente abstracta para algunos, debería ser siempre positivo. El problema -bastante frecuente en este tiempo- se plantea cuando partimos de falsas oposiciones que pueden debilitar los pilares en los que se sostiene ese intercambio. Insistentemente, desde diferentes sectores sociales, se escuchan frases basadas en contraposiciones entre “libertad y Estado”, “libertad y control”, “libertad y salud”, y alguna otra falsa dicotomía.

Es cosa común también, en los debates actuales, plantear posiciones en base a la conceptualización de lo que no se comparte. Si prestamos atención a las conversaciones que corren, ya son pocos los que se atreven a hablar con convicción de sus ideales y propuestas. Sin embargo, nos cuentan sobre ideas y propuestas a las que se oponen. La normalización de esta práctica, que por cierto nos aleja de debates constructivos, puede implicar heridas importantes a nuestros diálogos políticos. Más aún cuando el debate se basa en la libertad del individuo de ser responsable con su comunidad. Por ejemplo, el Estado podrá controlar más o menos. El Estado podrá fallar más o menos en su accionar. La realidad es que la libertad de ser responsables debe persistir más allá de lo que se tenga enfrente. Y no me refiero con esto a la libertad como respuesta a una pandemia, sino a la visión de libertad como principio de convivencia.

Hace pocos días, me enfrenté a una situación de este tipo en un conversatorio académico en el que había filósofos, politólogos y economistas. Al terminar mi ponencia, quien me seguía en la palabra, dijo como parte de su exposición: “lo que pasa hoy en Uruguay (refiriéndose a que los números de casos de COVID han aumentado en los últimos meses) es un ejemplo de que la democracia liberal tienen fallas y el liberalismo como tal, ha fallado”. Al segundo que terminó su exposición, no me permití dejar pasar por alto su frase. No solo le señalé que no la compartía, sino que partía desde un planteo deshonesto intelectualmente al presentar la crítica sin proponer qué otro sistema podría alivianar las fallas a las que tan campantemente aludía. Para empezar, había que distinguir conceptos. Por ejemplo, al decir del pensador austríaco Von Hayek, “el liberalismo es una doctrina acerca de lo que la ley debe ser; la democracia, una doctrina acerca de la forma de determinar qué será ley”. Compartida o no esta reflexión de Von Hayek, es bueno destacar siempre sobre qué se quiere debatir. No se puede tan fácilmente poner todo en una misma bolsa. Tras un respetuoso contrapunto, la conversación concluyó en una retractación del planteo que antes se había hecho sobre Uruguay.

De aquel intercambio de posturas recogí al menos dos enseñanzas. La primera es la importancia que tiene para los defensores de cualquier idea, no dejar pasar por alto planteos sin fundamentos. La segunda enseñanza -por más obvia que parezca- fue que cuando somos testigos de un planteo injusto hacia nuestro país y más aún con respecto a nuestra histórica defensa por la libertad, tampoco hay que guardar silencio. El debate político bien entendido no solo implica la confrontación respetuosa de ideas, sino la proactividad de los debatientes de no ser testigos de argumentos injustos que, si no se los confronta con claridad, se los aprueba.

Sobre la primera enseñanza, recordé un texto del periodista inglés Gideon Rachman, quien nos alertaba hace algún tiempo que los defensores de la libertad debemos estar depuestos a dar pelea por nuestras ideas ya que los nacionalistas de derecha y de izquierda están unidos en su desprecio por la libertad. Parafraseando al poeta norteamericano Robert Frost, Rachman subraya que el defensor de la libertad tiende a ser un hombre demasiado abierto para defender su propia mirada en una discusión. Este es el momento, concluye Rachman, para que los defensores de la libertad abandonen esa tolerancia habitual y den pelea por sus ideas.

Sobre la segunda enseñanza, recordé que mantener vivos los pilares de una república implica un esfuerzo sostenido de todos como sociedad para que permanezcan en el tiempo. En una investigación que realicé hace unos años sobre las claves del progreso social y económico de algunos países desarrollados, me encontré con una realidad que viene al caso para complementar esta segunda enseñanza. Tras un medio centenar de entrevistas, cuando uno pregunta a los principales actores sociales y políticos sobre los desafíos que tenía su país, sin darse cuenta quizá, hablan de “nosotros” y no de “ellos y nosotros”. Persistentemente, al hablar de los desafíos del país, hablaban en la primera persona del plural: “nosotros”. No digo que esto sea razón del desarrollo ni mucho menos, pero sí una práctica que habla mucho de una sociedad. Por el contrario, en nuestro país, es creciente la presencia de la tercera persona del plural (“ellos”) para argumentar.

En definitiva, más allá de la pandemia en sí y los posibles aciertos y errores que implica el derrotero de la política pública en tiempos de crisis, bien podríamos usar este contexto para intentar mejorar nuestras instancias de debate público. Bastaría con que, desde la honestidad, dejemos de contar a lo que nos oponemos y seamos capaces de presentar lo que proponemos.

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