Javier García
Javier García

La libertad, nada menos

Qué se juega en la próxima elección?, lo del título. Hay peligros institucionales, no. Hay peligros de perder la libertad, sí. De perder más libertades. El esmeril pasó varias veces, en estos años, por la piedra de la libertad. La gastó, la recortó, tenemos menos libertad.

Muchas veces el recorte fue notorio, otros imperceptible. ¿Qué es la ley de medios? Un recorte a la libertad de expresión. ¿Cuál es la consecuencia de la inseguridad y la violencia? Perder libertad y hasta llegar a perder la vida. ¿Qué es el corralito mutual? La negación de la libertad y los derechos de los usuarios de la salud. ¿Y la obligatoriedad de la inclusión financiera? La negación de la libertad para decidir cómo manejar los pesitos de cada uno. ¿Cuál es la consecuencia del desastre educativo de estos años? Una de las peores pérdidas de libertad: la exclusión social, la negación al desarrollo personal, la de ser esclavo de la pobreza y estar condenado a peores trabajos y estar al margen de la sociedad.

El Uruguay se enriqueció y simultáneamente aumentó sus desigualdades. En algo es más democrático, como destacó el Centro de Estudios para el Desarrollo: la violencia y el crimen no miran condición económica ni social, afectan a todos sin distinción. No se escapa nadie.

La falsa dicotomía entre libertad e igualdad es para los teóricos. La vida de todos los días no se separa en tomos de politología. Es más dura y también más real. No existe solidaridad ni felicidad cuando no hay libertad ni desarrollo personal. Postergar libertades para ganar justicia social es una excusa de quienes no creen en la libertad y necesitan la pobreza y el atraso de sus pueblos para mantenerse en el poder.

La mala educación pública, la violencia, el control policíaco del Estado sobre las vidas privadas, la desconfianza patológica en las personas y su vida cotidiana, la superioridad de la burocracia sobre la gente, las políticas permanentes de asistencia económica sin resultados, la impunidad de los jerarcas públicos y la corrupción creciente, todo eso es producto de una mentira histórica que sostiene que hay que sacrificar libertad para lograr equilibrios sociales e igualdad.

Cuando se recortan derechos de la gente y su posibilidad de decidir, los que ganan siempre son los poderosos, los más fuertes económica y políticamente. En los gobiernos del FA los que más ganaron son los que estuvieron más cerca del poder y de las corporaciones. Los de a pie fueron los derrotados: la gente común, el laburante y el jubilado, el productor, el comerciante, el profesional independiente. Después de 15 años de gobiernos que dicen haber ayudado a los más necesitados, ¿vive menos gente en asentamientos? Viven más. ¿Los barrios más humildes están mejor, más seguros, tienen mejores policlínicas y escuelas? No. ¿Los pueblos más alejados tienen una mayor atención del Estado, una ambulancia, un médico, mejores oportunidades? No. ¿La pequeñas y medianas empresas tienen hoy más posibilidades de crecer, dar trabajo e invertir, o están jugando al achique y no saben cómo pagar las cuentas y las tarifas? Y la gran pregunta: el supuesto gran instrumento igualador que es el Estado, ¿es más eficiente y más justo, o es una máquina de tragar plata ajena? ¿Quién mejoró más: los ciudadanos o las burocracias políticas? Por eso el gran debate electoral es la libertad.

Esa es la cuestión.

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