Hugo Burel
Hugo Burel

La tierra purpúrea

El atardecer del pasado domingo se tiñó de rojo sangre a poco de haber finalizado el último clásico del año.

El hincha de Nacional, Lucas Langhain, que ni siquiera había concurrido al partido, murió a poco de ingresar a una mutualista a escasos cien metros de donde el azar de una bala lo alcanzara. Venía caminando con su novia y su moto en medio de un grupo de hinchas por la avenida 8 de Octubre -fecha señalada de nuestra historia- en el cruce con la calle Presidente Berro.

Esto pudo pasar en cualquier otra esquina, pero no puede haber cruce más simbólico: la avenida recuerda el día de 1851 cuando se firmó la paz que puso fin a la sangrienta y fratricida Guerra Grande que duró 12 años y produjo miles de muertos. La consigna de esa firma fue que no hubo ni vencidos ni vencedores. La calle lleva el nombre del político blanco Bernardo Prudencio Berro, Presidente de la República de 1860 a 1864, asesinado el 19 de febrero de 1868, el mismo día que mataron al colorado Venancio Flores, también expresidente. Esto es solo una reflexión al pasar sobre hechos de barbarie felizmente superados, pero que ahora se reeditan. Es como si “La tierra purpúrea”, notable novela del inglés Guillermo Enrique Hudson sobre nuestra patria desangrada en las luchas políticas del siglo XIX, se reeditara todas las semanas para consignar otras violencias: ajustes de cuentas, sórdidos asesinatos, copamientos, femicidios y demás hechos de sangre que nos azotan.

Las hoy omnipresentes cámaras de seguridad y el registro de algún celular nos han mostrado estos días la barbarie en directo. Pudimos ver al agresor -al momento que escribo esto aún no ha sido identificado pero su nombre no interesa- actuando como un enajenado que, parapetado detrás de un árbol al amparo de las sombras, vació su pistola 9 milímetros contra una multitud. Escuchamos el sonido de los disparos y vimos los fogonazos saliendo del caño del arma. Después el criminal huye y se pierde en la negrura de la calle.

Lucas Langhain no fue víctima de la intolerancia que campea en el fútbol ni de la insanía de un energúmeno disparando cinco tiros a la masa indiferenciada de hinchas rivales que volvían de un partido. A Lucas lo mató la progresiva pérdida de valores, reglas de convivencia y respeto por la vida, que nos ha ido ganando y arrinconando tras rejas, cercas, guardias de seguridad, rottwailers, armas de libre obtención y circulación y el miedo generalizado que nos corroe el ánimo. El fútbol y su siempre señalado pero no erradicado grupo de inadaptados, es solo un síntoma más de una decadencia profunda y dañina. Es la asonada de hace unas semanas en Kibón. Son los asaltantes que tiran nafta y la encienden sobre cajeras indefensas. O las ejecuciones a quemarropa de almaceneros, taxistas, pizzeros y todo aquel que, trabajando con honestidad, está expuesto a esa devastadora ley del delito que las políticas de seguridad del gobierno no han logrado combatir, por más retórica y estadísticas que puedan esgrimir.

Es muy fácil adjudicar al fanatismo deportivo los disparos del otro día. Eso es quedarse en la superficie y pensar que, en las demás dimensiones de su vida el insano agresor de Lucas Langhain, es un ciudadano que convive sin problemas con sus semejantes. Sin embargo, el mero hecho de atacar a balazos a un rival por los motivos que sean tipifica una conducta criminal pura y dura que la adhesión futbolera no alcanza para explicar. El ministro Bonomi, ante los reclamos de parar el fútbol, dijo que habría que impedir también los casamientos y con ello admitió su impotencia para frenar el delito y la violencia. Es decir: toda la sociedad está a merced de una violencia incontrolable y nadie está seguro. Las balas perdidas se convierten en balas encontradas por aquellos que tienen la desgracia de estar en el lugar inadecuado en el peor momento.

Sociólogos y toda clase de expertos han diagnosticado de manera exhaustiva lo que nos sucede como sociedad. En general todos coinciden en señalar causas que abarcan un profuso abanico de escenarios, desde lo cultural a lo económico, los evidentes estragos del narcotráfico, la disolución de los núcleos familiares de contención y el fracaso educacional. A eso se le suma la incidencia de las redes que con impunidad comunican y difunden los peores hábitos y alientan miserias que se potencian en la ignorancia y la pérdida de los valores de la convivencia. Ha trascendido que del análisis del celular de la víctima surgen mensajes que demuestran que el malogrado Langhain no era inmune a la influencia de esas redes. Pero pese al diagnóstico, todavía no se encuentra el remedio eficaz para la enfermedad.

Le costará mucho al nuevo gobierno, reencauzar la vida civilizada en una sociedad en la que muchos desconocen los límites. Son demasiados los años de deterioro de la convivencia y recuperar la salud del pacto social que la regula llevará más de un período de gobierno, habida cuenta de que el actual ha intentado combatir las consecuencias sin hacerse cargo de las causas. Aquel rimbombante anuncio de cambiar el ADN de la educación ya sabemos en qué terminó.

La viabilidad del país depende dramáticamente de que el pacto social inclusivo, democrático y respetado por todos vuelva a regular el diario convivir. Eso solo es posible con una urgente revolución educativa y cultural que permita recuperar nuestra identidad de país pacífico y civilizado. Se necesita con urgencia un golpe de timón en la educación para empezar a reconstruir el tejido social desde su base. Pero además será necesario reinstalar el principio de autoridad en todos los niveles en que se aplica: desde el respeto a la policía al de la maestra que no debe ser golpeada por la madre de un alumno. Y por favor, no me vengan con que aplicar la autoridad legítima y constitucional es fascismo. Basta de etiquetas reduccionistas. No es el fútbol ni son los hinchas, son las reglas mínimas de la convivencia que hace rato perdimos lo que nos ha metido en una nueva tierra purpúrea.

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