Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Una realidad invisible

Son muchas las señales que nos indican estar frente a un cruce de caminos de cara al destino de la humanidad.

Nos referimos en particular, a la gestión de los ecosistemas y a la conservación de la biodiversidad, como estrategias claves para determinar qué calidad de vida aspiramos alcanzar a lo largo de este siglo y de los venideros.

Lejos está de ser banal este tema, en especial en tiempos de pandemia, porque tiene una profunda incidencia en nuestras vidas.

La estructura y el funcionamiento de nuestro mundo natural son los responsables de todo lo existente y de cómo existe. Sabemos que se trata de un proceso muy largo, lento y paulatino de “experimentos”, de ensayos en pos de la sobrevivencia, de aprovechamiento de las oportunidades, materializados en los resultados evolutivos que están a la vista.

Lo que vemos es solo la instantánea de hoy, porque todo está en constante movimiento.

Por eso tanto nos preocupa el acelerado proceso de extinción de especies impulsado involuntariamente por las acciones humanas.

A medida que nos sumergimos en una vida más tecnológica y urbana se nos hace más difícil percibir la importancia que tiene la biodiversidad, no solo en el mantenimiento saludable de la actual biosfera, sino también en su esencialidad para generar los bienes y servicios ambientales que sostienen nuestras vidas.

Hablamos no solo de la infinidad de productos y recursos naturales que tomamos, sino también de aquellos beneficios intangibles que cada día recibimos del funcionamiento de los ecosistemas, como por ejemplo la disponibilidad de agua dulce, de aire limpio, el ciclo de nutrientes, el control de sequías e inundaciones, etc.

Por ese motivo el mundo de la ciencia nos advierte con tanta insistencia que la degradación de los ecosistemas, y más aún la extinción de especies, es un camino harto peligroso para la humanidad.

Cada especie cumple su función y representa un paquete inigualable de información genética, aunque todavía no sepamos aprovecharla.

El “padrino de la biodiversidad” Thomas Lovejoy, señaló: “Se ha estimado que la información de un cromosoma de ratón equivale a todas las ediciones de la Enciclopedia Británica. Desde este punto de vista, los actuales índices de extinción se acercan al mayor acto de locura de la historia humana”. Si bien la desaparición de especies forma parte de la dinámica histórica de nuestro planeta, el peligro actual radica en la muy peligrosa aceleración que el ser humano le imprimió al proceso.

Si bien los diez países más ricos en especies albergan en conjunto más del 70% de la diversidad biológica del planeta, la tarea de protección debe llevarse a cabo en cada uno de los estados. ¿Cómo? Evitando la fragmentación y el empobrecimiento de los hábitats, así como la introducción de especies foráneas; combatiendo la contaminación del suelo, del agua y del aire; luchando contra el cambio climático; promoviendo correctas prácticas agrícolas, ganaderas y forestales; y combatiendo la explotación excesiva de animales y plantas nativas.

Necesitamos que se produzca una muy rápida y generalizada toma de conciencia acerca del enorme valor que tiene la conservación.

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