Alberto Benegas Lynch
Alberto Benegas Lynch

Sobre el cisne negro

Cuando este periódico cumplió ochenta años de vida nos invitaron como oradores para ese acontecimiento a Guy Sorman, Carlos Alberto Montaner y al que estas líneas escribe. En esa ocasión los tres lo visitamos a Julio María Sanguinetti, en ese momento en ejercicio de la presidencia.

Entre otras reflexiones el doctor Sanguinetti -con la erudición que lo caracteriza- enfatizó el error de tomar la historia como un proceso lineal cuando en verdad las sorpresas y lo considerado improbable irrumpen, para lo cual debe tenerse la suficiente cintura y reflejos para encarar lo nuevo y sorpresivo. En este contexto aprovecho para destacar el habitual espíritu republicano que marca buena parte de la tradición uruguaya. Ahora solo doy unos poquísimos ejemplos de esa conducta que me ha tocado de cerca: el doctor Tabaré Vázquez sobre quien he escrito en este mismo medio, con quien nos hemos comunicado sobre nuestras coincidencias respecto al tema del aborto y que conocí en lo de Juan Anchorena en Colonia. También el padre del actual Presidente con quien no hace mucho participamos juntos en un seminario en Corrientes y a Jorge Batlle que era mi amigo y con quien estuvimos juntos muchas veces en Buenos Aires. Todos recorridos ejemplificadores que tanto bien nos hacen a los argentinos en la esperanza de volver a las fuentes que nunca debimos abandonar.

En todo caso, en esta nota periodística retomo lo dicho al abrirla respecto a lo que Nassim Nicholas Taleb ha consignado en su célebre libro titulado El cisne negro. El eje central de la obra de marras gira en torno al problema de la inducción tratado por autores como David Hume y Karl Popper, es decir, la mala costumbre de extrapolar los casos conocidos del pasado al futuro como si la vida fuera algo inexorable y automático.

Se ilustra la idea con un ejemplo adaptado de Bertrand Russell: los pavos que son generosamente alimentados día tras día. Se acostumbran a esa rutina la que dan por sentada, entran en confianza con la mano que les da de comer hasta que llega el Día de Acción de Gracias en el que los pavos son engullidos y cambia abruptamente la tendencia.

Taleb nos muestra como en cada esquina de las calles del futuro nos deparan las más diversas sorpresas. Nos muestra como en realidad todos los grandes acontecimientos de la historia no fueron previstos por los “expertos” y los “futurólogos” (salvo algunos escritores de ciencia ficción). Nos invita a que nos detengamos a mirar “lo que se ve y lo que no se ve” siguiendo la clásica fórmula del decimonónico Frédéric Bastiat.

Uno de los apartados del libro se titula “Seguimos ignorando a Hayek” para aludir a las contribuciones de aquel premio Nobel en economía y destacar que el conocimiento está disperso y que la coordinación social surge de millones de arreglos contractuales libres y voluntarios que conforman la organización de la sociedad libre.

Es que como escribe Taleb “la historia no gatea: da saltos” y lo improbable -fruto de contrafácticos y escenarios alternativos- no suele tomarse en cuenta, lo cual produce reiterados y extendidos “cementerios ocultos” tras discursos ostentosos. Precisamente, el autor marca que Henri Poincaré ha dedicado mucho tiempo a refutar las predicciones basadas en la linealidad construidas sobre la base de lo habitual a pesar de que “los sucesos casi siempre son estrafalarios”.

Los intereses mezquinos de los pronosticadores dificultan posiciones modestas y razonables y son a veces como aquel agente fúnebre que decía “yo no le deseo mal a nadie pero tampoco me quiero quedar sin trabajo”. Este tipo de conclusiones aplicadas a los planificadores de sociedades terminan haciendo que la gente coma igual que lo hacen los caballos de ajedrez (salteado). Estos resultados se repiten machaconamente y, sin embargo, debido a la demagogia, aceptar las advertencias se torna tan difícil como venderle hielo a un esquimal.

En definitiva, nos explica Taleb que el aprendizaje y los consiguientes andamiajes teóricos se llevan a cabo a través de la prueba y el error y que deben establecerse sistemas que abran las máximas posibilidades para que este proceso tenga lugar... al fin y al cabo, tal como concluye el autor, cada uno de nosotros somos “cisnes negros” debido a la imposibilidad de pronosticar que hayamos aparecido en este mundo con las características únicas e irrepetibles respecto a todos los nacidos en la historia de la humanidad.

Es comprensible el esfuerzo de tomar en cuenta el pasado al efecto de no repetir errores. Nos manejamos con lo que conocemos pero de ahí hay un salto lógico imperdonable si solo extrapolamos y no damos lugar a la creatividad, a la imaginación y a lo nuevo y distinto.

Es como ha consignado John Stuart Mill “todas las buenas ideas pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Stefan Zweig escribe en la primera línea de Los creadores que “De todos los misterios del mundo, ninguno es más profundo que el de la creación.” Y para que este proceso tenga lugar es indispensable el clima de libertad de expresión al efecto de aprender de otros y poder trasmitir las conjeturas propias en un contexto de corroboraciones provisorias sujetas a la refutación.

Es por lo dicho que Taleb concluye en su obra que “De hecho, si el libre mercado ha tenido éxito es precisamente porque permite el proceso de ensayo y error que yo llamo ajustes estocásticos por parte de los operadores individuales en competencia.” Es el modo de percibir y desarrollar contribuciones hasta el momento rechazadas por mediocres.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados