sacando valor de un triste recuerdo

"Tengo la Biblia, pero no la leo"

Raquel Arocena de Nicolich fue durante mucho tiempo la presidenta de la biblioteca “Nuestros Hijos”. Con 90 años, la madre de Gustavo Nicolich, uno de los fallecidos en la montaña, es una de las cuatro sobrevivientes de aquel núcleo que fundó un emprendimiento altruista que las unió en el dolor.

Raquel Arocena. Foto: El País
Raquel Arocena. Foto: El País

A los familiares de los que no volvieron les tocó pasar por lo peor. Y algunos de ellos no aceptaron —sobre todo al principio— lo que ocurrió en la montaña, forjando una coraza de protección frente a quienes regresaron con vida. Finalmente, el tiempo ayudó a restañar las heridas. Raquel Arocena dice haber leído todos los libros sobre la tragedia. Y los recomienda uno por uno.

—¿Cómo ve el crecimiento que ha tenido la biblioteca "Nuestros Hijos" cuando hace 45 años no era más que un sueño de un grupo de madres?

Nos ha ido tan bien que lo único que podemos pensar es que de arriba nos están protegiendo todo el tiempo, porque cuando nos ha faltado plata, lo cual ocurrió muchas veces, siempre la hemos conseguido. Al comienzo la gente nos ayudó mucho. Y durante un buen tiempo lo único que teníamos eran los socios, a quienes necesitábamos para comprar los libros, porque no teníamos otros fondos. Ese dinero se fue gastando después en las obras. Pero siempre tuvimos suerte.

Cuando cerró el viejo hotel Carrasco, nos sacaron. Y nos costó bastante tiempo que la Intendencia nos diera algo. Después de mucho conseguimos esto, que era un galpón, por más que había sido el estudio del arquitecto (Juan Antonio) Scasso. Por ejemplo, no nos dejaron cambiar el piso, que está a la miseria, porque esta parte es monumento histórico. Nos costó mucho porque estaba lleno de humedades. La plata no nos daba para hacer la obra, pero finalmente la pudimos terminar.

—¿Hay algún libro que le haya cambiado la vida, que la haya marcado para siempre o que sea de referencia para usted?

(Piensa unos segundos). No… yo soy una lectora original, que me hice más lectora después del accidente. Antes no leía tanto, pero ahora sí, me gusta mucho leer. Pero no podría decirle un libro que me haya cambiado.

—¿La Biblia?

No, desgraciadamente no soy lectora de la Biblia. La tengo al lado mío, pero no la leo, cosa que no está bien.

—¿En algún momento perdió la fe en Dios?

No, al revés. Creo que justamente la fe fue lo que nos ayudó para hacer esto, para que nos juntáramos todos. Esto no es una obra religiosa, es algo para todo el mundo. No nos fijamos en la religión ni en la política, porque son dos cosas que traen problemas. La biblioteca no la hicimos todas las madres porque había muchas que no estaban en Montevideo o que tenían problemas. Fuimos nada más que once madres, entre quienes se decidió siempre todo por unanimidad. Y una cosa que llamó la atención fue que, siendo once mujeres, nunca nos peleamos.

—Eso sí que fue un verdadero milagro.

(Risas) Eso también lo dicen... En los 44 años que llevamos con la biblioteca, quedamos 4 de esas madres, aunque una ya no viene por problemas de salud.

—Aquí están todos los libros de la tragedia que se han publicado. Y que son muchos. ¿Los ha leído?

Sí, absolutamente todos; leo todo lo que sale sobre la tragedia de los Andes.

—¿Y qué le parecen?

Muy buenos. Me han parecido cada vez mejores y cada vez me gusta más lo que dicen. Desde el primer momento estuve en contacto con todos los sobrevivientes y tengo mucho contacto con ellos, al igual que mi marido.

—¿Qué sensación le dejó "Viven", el primer libro? Se publicó muy pronto, a menos de dos años de la tragedia.

Yo tenía la necesidad de saber qué había pasado. O sea que en Viven encontré mucho, pero más encuentro ahora. El último libro que escribió Coche Inciarte (Memorias de los Andes) me pareció maravilloso. Es él quien habla y lo hace de una manera distinta, porque estaba herido y no podía ayudar; no podía hacer nada, por lo que trataba de hablar con los muchachos, de tener contacto directo con los heridos. Es muy humano.

—¿Cuál recomendaría para alguien que quiera acercarse a la historia por primera vez?

Todos, porque unos tienen una cosa y otros tienen otra. Y son tan humanos. Pasan los años y siempre tienen algo nuevo que decir, no hay un libro igual a otro. Recomiendo que lean todos.

—¿Qué tan presente se encuentra esta historia, que ya tiene 45 años, en su vida cotidiana?

Muy presente. Y esto (la biblioteca) fue una de las cosas que nos ayudó realmente, porque éramos muchas y no todas nos conocíamos. Nos fuimos haciendo amigas con el tiempo. Y todas queríamos hacer algo, pero no sabíamos exactamente qué, hasta que una de nosotras, Inés Valeta (madre de Carlos Alberto Valeta Vallendor) propuso la idea. Ahí nos empezamos a juntar, a pedir datos. Yo me sorprendo, porque veo lo que hicimos y realmente es fantástico.

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