PUNTA DEL ESTE Y LA HORA MÁGICA

Un balneario millonario en soles

Los atardeceres de Punta del Este en lugares imperdibles, desde Punta Ballena a La Barra.

Foto: El País
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo
Foto: Ricardo Figueredo

Los alrededores del Museo Taller de Casapueblo están repletos de autos y sus dueños hacen fila para ingresar a ver la puesta del sol en uno de los puntos más bellos y románticos del Este. La terraza del atelier donde Carlos Páez Vilaró se inspiró y pintó muchas de sus obras emblemáticas empieza a llenarse de gente sobre las 19:30. En este mirador llamado Paquito D’Rivera, en homenaje al gran músico, se respira un aire cosmopolita. Es que allí hay un crisol de nacionalidades. Hablan en inglés, mucho portugués y castellano en sus múltiples acentos.

Para poder acceder a este espacio con un paisaje único es preciso desembolsar 300 pesos. El ritual de la Ceremonia del Sol existe desde 1994 y hace varios años se instaló como un clásico. Cuentan que mientras Páez Vilaró vivía solía darse una vuelta por esta terraza para conversar con quienes llegaban a disfrutar del atardecer en su casa y oír sus palabras en el poema La Ceremonia al Sol, que siempre estuvo grabado y se escucha para acompañar la puesta. Hoy, el artista no está físicamente, pero ese recitado dejó mucho de su esencia y permite que su espíritu resuene y se sienta en cada verso.

Un par de minutos antes de que Páez Vilaró diga el primer "Hola Sol" a las 19:46, suena El Concierto de Aranjuez que invita a los presentes a abandonar la comodidad de las sillas y arrimarse a las barandas de la terraza para observar en primer plano esta ceremonia teñida de haces de luz. Algunos piden silencio a las más de 60 personas que se dieron cita en Casapueblo para ser testigo de esta tradición que no descansa ni siquiera un 25 de diciembre.

Hace calor. No hay olas, el mar está casi inerte. La brisa que empieza a correr es ideal para mitigar las altas temperaturas. Rocas, montañas y un par de barcos hacen que los espectadores desvíen su vista del horizonte.

La viva voz de Páez Vilaró comienza diciendo: "Vos, Sol, sos el pan dorado de la mesa de los pobres". El artista recuerda cómo el astro lo visitó desde el día uno en su terraza, se coló por las rendijas de sus ventanas y animó su filosofía desde el momento en que se propuso levantar Casapueblo.

Todos quieren registrar el momento. Algunos, con cámaras grandes y profesionales; otros sacan sus celulares. Pero ninguno queda por fuera. Muchos ven esta Ceremonia del Sol a través de la pantalla. Capturan decenas de fotos y se toman selfies.

El celeste del cielo da paso a un anaranjado cada vez más intenso a medida que avanza el recitado. El sol se esconde detrás de las palabras del pintor. El poema y la naturaleza parecen estar perfectamente alineados. Cuando van languideciendo los últimos rayos, se despide con un "Chau Sol, cuando en un instante te mueras del todo, morirá la tarde. La nostalgia se apoderará de mí y la oscuridad entrará en Casapueblo".

"Me siento millonario en soles que guardo en la alcancía de mi horizonte", se escucha al final de la ceremonia, y en seguida suena un candombe y los clásicos tambores que fascinaban al dueño de casa motivan el aplauso.

Pero el ritual no ha finalizado. Son las 19:56 y los siguientes cinco minutos los protagonizan los rayos que parecen querer quedarse y el anaranjado que se esfuma poco a poco para dar paso a la noche. "Ahora sí que está rojo", dice un niño. Y otro pregunta: "¿Ya se fue?" Y de a poco se retiran espectadores fascinados por la experiencia.

La mesita.

No tan lejos de las terrazas de aire mediterráneo sobre los acantilados y la majestuosa presencia de Casapueblo coronando el paisaje, son muchos los puntos del Este uruguayo en los que la puesta del sol regala postales únicas, desde las costas de la península hasta La Barra, pasando los puentes ondulados.

Hay quienes llaman "la hora mágica" al momento culminante del ocaso. Un fenómeno tan antiguo y seductor para los humanos como la historia misma.

Los improvisados fotógrafos aguardan con sus celulares en mano y los profesionales con sus cámaras a punto, porque en cuestión de minutos se pasa del espectáculo total a la oscuridad.

Uno de los lugares más tradicionales en el "llano" de Punta del Este para extasiarse con la puesta del sol es el punto de la costa conocido como "La Mesita", que toma este nombre por una vieja estructura de concreto que probablemente se utilizó alguna vez para limpiar pescado, cerca del viejo faro, a la altura de la rambla de circunvalación y la calle Capitán Miranda.

Allí puede verse a la gente tomando mate y comiendo bizcochos, sentada sobre el muro de la rambla, esperando el momento justo para capturar la mejor imagen. La costa se transforma en ese punto en una pasarela, en la que muchos aprovechan para caminar o correr escuchando música.

Otros jóvenes llegan de distintos lados en motos que estacionan sobre la rambla y aguardan "la hora mágica" cómodamente instalados sobre el pasto de la vereda de enfrente, recostados sobre los chalets que tienen una vista privilegiada.

Por la calle el tránsito es continuo. Motos y autos que van y vienen con música a alto volumen. Ventanillas bajas, conductores con el brazo apoyado sobre la puerta y caras de circunstancia detrás de lentes oscuros. Mucho más distendidos, otros aprovechan a pasear sus mascotas, aunque sin la necesaria bolsita de nylon. Los perros de pedigrí se entremezclan con algún cuzco de la zona, que corre libremente y se introduce en el mar si hace mucho calor, con el paisaje de los cruceros anclados en el fondo.

A la hora señalada, las 19:55, todos aplauden. Exactamente cinco minutos después se encienden todas las luces led del alumbrado público. Y a la memoria vuelven las estrofas de Andrés Calamaro:

Y sin saber por qué

Me quedo viendo el Sol caer

Otra vez

El día terminó

Mañana será un día igual.

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