OPINIÓN

La enseñanza que dejan los inmigrantes venezolanos

¿Cuál es la virtud por la cual existe un interés especial por los trabajadores venezolanos? Sus empleadores destacan la educación y la buena disposición al trabajo.

Expectativa: ciudadanos venezolanos esperan para hacer el trámite de obtención de un Permiso Temporal de Permanencia, en la Oficina de Migración, en Lima. Foto: Reuters
Migrantes venezolanos en Perú. Foto: Reuters

Cualquiera sea el cargo para el que se postula un trabajador, hay tres datos que son imprescindibles. Las referencias laborales, las referencias personales y la experiencia para el cargo. Ningún empresario medianamente diligente, contrata a una persona sin comunicarse previamente con su anterior empleador.

Por eso, llama la atención que en un país donde el desempleo supera los 153 mil trabajadores y se perdieron más de 55 mil puestos de trabajo, sigan llegando venezolanos en busca de trabajo. No se pueden chequear las referencias laborales y personales y la mayoría de las veces no tienen experiencia previa para el cargo. Pero muchos de ellos están sobre calificados para el trabajo que postulan, y además, el solo hecho de ser venezolanos es considerado por los empresarios como una virtud.

Ya son nueve mil los venezolanos que han llegado a nuestro país y se estima que en el 2019 la cifra llegará a 12.000.

¿Cuál es la virtud por la cual existe un interés especial por los trabajadores venezolanos en Uruguay? Lo que destacan sus empleadores, es la educación Y la buena disposición al trabajo. Pero hay algo más que debería preocuparnos, cada vez que alguien destaca las virtudes de un trabajador venezolano, en seguida agrega: “a diferencia de los empleados uruguayos”.

Y esto no es casualidad, porque muchos trabajadores uruguayos están disconformes con su trabajo, porque el costo de vida ha subido y el salario, a pesar de los aumentos, no les alcanza. Y seguramente por eso, ven en el empleador la causa de todos sus males.

Este malhumor es alentado desde la central sindical, donde se culpa a las empresas, en vez de asumir que el problema radica en la situación económica del país y no en los empresarios. Los dirigentes sindicales saben perfectamente que si la economía se retrae, la consigna sindical de origen marxista que reza “la lucha paga”, no sirve de nada.

Cuando un país deja de ser competitivo y atractivo para los inversores nacionales y extranjeros, la confrontación solo puede empeorar las cosas. Es cierto que también del lado empresarial reina el pesimismo y el malhumor y se culpa al Estado y a los trabajadores por los malos resultados de sus empresas, ya sea por su desempeño o por el costo salarial, cuando el centro del problema no es ese.

Si todas las partes se sinceraran, los trabajadores deberían entender que no hay lucha sindical que pueda evitar que una empresa cierre y los empresarios, deberían asumir, que quejarse del gobierno no sirve de mucho, ya que el problema de fondo es estructural.

En efecto, nuestro país no tiene grandes riquezas naturales ni un mercado interno que pueda empujar la economía y el nivel educativo de nuestros trabajadores -en términos comparativos con el resto de mundo-, cada vez es peor. Por un instante nos hicieron creer que Aratirí y los granos colocarían a Uruguay en el primer mundo, pero los precios de los granos se desplomaron y además, del sueño del hierro solo quedó un juicio millonario contra el Estado.

La capacidad productiva de un país depende de su competitividad y esta -principalmente- de la capacidad de sus trabajadores. Hace cincuenta años, Uruguay se destacaba en el mundo por el nivel educativo de su población, ya que éramos, por lejos, los mejores de América Latina. A partir de la globalización, el mundo laboral ha cambiado y de nada sirve ser bueno entre los peores de la clase. Por eso, mientras el Pit-Cnt siga pregonando que “la lucha paga” y los empresarios quejándose de las políticas económicas, Uruguay va a continuar retrocediendo. Un país como el nuestro debe apostar a la productividad de sus empresas, lo que supone incrementar la productividad de sus trabajadores, y eso solo se logra mejorando el nivel educativo de la población.

Por eso, la única inversión que realmente puede cambiar el destino de nuestro país, es la educación y los resultados se verán a largo plazo.

Nuestros hijos se enfrentarán a un mercado laboral en el que deberán ser hábiles y flexibles como un teléfono inteligente, cambiarán de tarea como hoy cambiamos de aplicación y deberán perfeccionarse de forma continua. Si no lo hacen, desde cualquier parte del mundo y sin necesidad de trasladarse, alguien tomará su empleo. Mientras tanto, empresas y trabajadores, tendrán que sentarse a conversar de productividad. Y el Estado debería promover los acuerdos de productividad necesarios, aliviando la carga tributaria sobre las partidas que retribuyan la mayor eficiencia y esfuerzo de los trabajadores.

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