PARA LOS PROMOTORES DEL BREXIT, FUE UNA DURA LECCIÓN

La caída de la libra es el final de la fiesta

Para aquellos inclinados despreocupadamente hacia la perspectiva de que Gran Bretaña encontraría de alguna forma una manera de cortar su relación con la Unión Europea sin drama alguno o consecuencias financieras, el viernes 7 de octubre fue un aleccionador día de la verdad.

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La libra sufre por el Brexit. Foto: Reuters

A medida que la libra británica registró un descenso de alrededor de 6% contra el dólar estadounidense en el lapso de dos minutos en las primeras transacciones en Asia, los mercados ofrecieron un recordatorio de que el divorcio suele ser conflictivo, caro y plagado de incertidumbres. Rara vez termina felizmente.

Sorpresiva.

La venta fue tan frenética y expedita que aquellos que intercambian divisas para ganarse la vida hablaron de transacciones computarizadas que se volvieron locas, algoritmos erráticos en el trabajo o errores de registro de datos. El descenso en el valor de la libra parecía excesivo, y al poco tiempo recuperó algunas pérdidas, aunque la divisa británica cayó alrededor de 17% —unos 25 centavos de dólar— desde el 23 de junio, el día que Gran Bretaña votó por abandonar Europa.

Pero, más que nada, la precipitosa caída al parecer avalaba una realidad cada vez más inconfundible: la votación de Reino Unido por salir de la Unión Europea ha puesto a sus relaciones comerciales con el mundo en terreno incierto y potencialmente peligroso. Eso representa riesgos para la economía británica, haciendo que sea menos atractivo contener su dinero.

El disparador.

Todo parece indicar que la causa inmediata de la caída fue un discurso en París por parte del presidente francés, François Hollande, en el cual aprobó la perspectiva de que Gran Bretaña debe ser obligada a tragarse las desagradables condiciones de salida para desalentar a otros integrante de la Unión Europea de que busquen ese camino.

La línea de Hollande hizo eco de un discurso pronunciado por la Canciller de Alemania, Ángela Merkel, ese mismo día.

La semana había empezado con un reconocimiento por parte de la nueva primera ministra conservadora de RU, Theresa May, en el sentido que el acceso al mercado europeo probablemente sea una baja de la búsqueda británica de una aspiración primaria expresada en la votación del Brexit: imponer límites a la inmigración.

No negociable.

Dirigentes europeos han mostrado determinación en cuanto a que el libre movimiento de personas a través de fronteras de naciones integrantes es un costo no negociable de admisión en el mercado en común.

Pero la gente a favor del Brexit ha mantenido inflexiblemente la ilusión de que Gran Bretaña podía lograr ambas cosas: que podía conservar acceso al mercado europeo al tiempo que seguía controlando la inmigración. Al destruir esa idea, el reconocimiento de la primera ministra sacudió con fuerza los mercados.

Lo que está en juego es considerable. Reino Unido envía casi la mitad de sus exportaciones a otros integrantes de la Unión Europea. Los gigantes de la banca global han convertido a Londres en un centro financiero que rivaliza con Nueva York, usando ejes en Londres para extender su alcance a través del resto del mercado europeo.

La inversión ha llegado a manos llenas a Gran Bretaña proveniente de todo el mundo, conforme grandes fabricantes han establecido plantas para que puedan vender sus productos a lo largo de Europa sin incurrir en aranceles.

En uno u otro grado —y nadie sabe realmente cuánto— el Brexit pone en juego todo esto.

Se prevé que las negociaciones entre Reino Unido y Europa comiencen al principio del próximo año. Sin consideración a los resultados, deberán ser ratificados por los demás integrantes de la Unión Europea, lo cual significa que las perspectivas económicas de Gran Bretaña están atadas a las ambigüedades de la política nacional en otros 27 países.

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