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Los nuevos cineastas uruguayos

Tienen entre 25 y 33 años y con sus ganas, talento y -sobre todo- esfuerzo están sentando las bases del séptimo arte nacional.

Guillermo Trochón es parte de la productora Filmcito
Guillermo Trochón es parte de la productora Filmcito.Foto: Marcelo Bonjour

Para ellos el cine es una necesidad. Más o menos explícita, más o menos literal. Necesidad de contar historias, de encontrar imágenes nuevas y de crear nuevos significados, de poder expresar su forma de ver y entender el mundo. Forman parte de una generación de jóvenes que se mueven para poder hacer lo que les gusta, que no se quedan esperando ni se conforman. Que buscan nuevas formas y con ellas, nuevos contenidos. Jóvenes que investigan, que aprenden, que proponen.

No están de acuerdo con hablar sobre un cine uruguayo. Dicen que no hay una cantidad suficiente de producciones como para poner esa etiqueta y que las que hay son muy diversas entre sí. Quieren que el cine nacional tenga más apoyo, que tenga más producciones, que se le quite la etiqueta de que es lento y gris, quieren que los jóvenes puedan filmar, que las películas, la cultura y el arte se entiendan de otra forma y no solo como un producto que forma parte de una industria y por ende de un mercado. Tienen proyectos, ideas y sobre todo, ganas de hacer cosas.

Ellos son Agustín Banchero, Lucía Nieto Salazar, Flavia Quartino, Guillermo Trochón, Cristhian Orta y Lucía Garibaldi. Tienen entre 25 y 32 años y son parte de la nueva generación de cineastas uruguayos.

Versión 10.2

Agustín Banchero está en el rodaje de su primera película
Agustín Banchero está en el rodaje de su primera película. Foto: Leonardo Mainé

Hace cinco años, en 2013, Agustín Banchero (31) empezó a escribir la historia de una familia que se desarma, contada desde los ojos de la madre. Hoy, en 2018, tiene media película filmada. Pretende terminarla a fines de 2019 o principios de 2020. Las vacaciones de Hilda es su primer largometraje y para poder filmarlo tuvo que armarse de paciencia y perseverancia. “En 2014 ganamos el primer fondo, en 2015 ganamos otro y en 2016 otro. Siempre es difícil financiar una película, al menos si la querés hacer bajo los esquemas tradicionales. Se puede hacer de otras maneras igual, pero esta película requería de eso”. Es decir, de un presupuesto que la sostuviera. Dice Agustín que sí, que claro que un proceso tan largo le genera ansiedad, pero también sabe que para la película siga siendo vigente, tiene que seguir trabajando en ella, aunque parezca que nada esté pasando, porque para filmar la segunda parte todavía faltan poco menos de dos meses. “Yo creo que hay que estar continuamente actualizándola, pero no solamente desde la trama, sino entender que es un proceso de investigación personal también, vos vas cambiando y la película va cambiando contigo, en esencia capaz que es la misma, pero cambió mucho. Me interesa y me preocupa que la película quede vieja en mí, no para otros”. Por eso, la que maneja ahora es la versión 10.2 del guión.

Agustín se dio cuenta de que quería dedicarse a filmar cuando su tía vino de México a filmar un documental y él conoció lo que era un set. Se inscribió en la Escuela de Cine del Uruguay (ECU), egresó y desde entonces se dedica al audiovisual y da clases en tres escuelas distintas; es que eso de vivir de hacer películas en Uruguay es poco viable. De todas formas, él prefiere no pensar al cine en términos de carrera o metas que alcanzar, porque sería muy sencillo frustrarse: “De esa forma tenés muy definido lo que es el éxito y el fracaso. Y eso es bravo. Yo ahora no sé si voy a hacer otra película, probablemente sí, tengo ideas en el cajón, pero primero tengo que entender qué me está pasando con esta película y después paso a otra cosa. Prefiero no ponerme metas en término de cuántas películas, sino terminar esta y entrar en un proceso creativo serio de escritura con otra, y después ver si se hace, porque de pronto puedo descubrir que no hay película ahí. Que de pronto es una instalación, o una obra de teatro. O que no es nada. Pero si vos lo estás viendo en términos de carrera, vas a hacer que sí o sí eso sea una película. Y ahí estás pervirtiendo el sentido de lo que estás haciendo. A menos que tengas intenciones de ser un director de oficio, que no es mi caso, a mí el hacer por hacer no me entusiasma tanto, pero respeto muchísimo y admiro pila a los colegas que tienen esa capacidad”. Para él, lo más difícil de ser creador en Uruguay no es financiar sus proyectos: “Más difícil es soportarte en los estados anímicos que tenés que atravesar para hacer una película y después hacer la película y que se parezca a lo que vos querías. En el mejor de los casos, se parece. En el mejor de los casos”.

Ser fiel

Flavia Quartino trabajó como continuista en La noche de 12 años
Flavia Quartino trabajó como continuista en La noche de 12 años. Foto: Leonardo Mainé

A los 15 años a Flavia Quartino le dijeron que eligiera un regalo: o la fiesta o un viaje. Y ella dijo “cámara”. Ni fiesta ni viaje: quería una cámara, aunque no sabía muy bien para qué. Tampoco lo sabe ahora, a los 32. Sabe, eso sí, que desde entonces hubo algo que se despertó y nunca más se fue. Se metió a estudiar Comunicación en la Universidad Católica, medio por descarte, medio porque no se imaginaba siendo abogada, ni médica, ni escribana, ni nada. En el camino todo la fue llevando a inclinarse por el mundo audiovisual, hasta que realizó un intercambio en España y ahí sí, no hubo dudas. Empezó a trabajar en cine y luego se metió en publicidad, y allí estuvo como productora hasta 2015. Ese fue un año que marcó un punto de inflexión para su carrera: “Decidí renunciar a producción de publicidad, que era donde yo trabajaba, lo que hacía para vivir. Me di cuenta de que me estaba muriendo, de que yo tenía necesidades creativas que se estaban muriendo conmigo, más que nada por miedo. Tenía escrito un corto y me enfoqué para poder meterlo en el ICAU, y ahí empecé a editar free lance, me quería sacar la etiqueta de producción, no quería hacer más publicidad porque nunca tenía tiempo para nada. Te creés que los fines de semana o en algún rato le vas a poder meter a tus proyectos y es imposible”. Después hizo lo que fuera para poder sostenerse económicamente sin dejar de lado sus proyectos. Filmó su corto, ganó unos fondos para hacer Irina, un corto documental, empezó a escribir su primer largometraje que ahora está en la etapa de buscar fondos para realizarlo, “y una cosa fue llevando a la otra”. Un día, en 2016, se encontró con un amigo, productor ejecutivo de la productora Oriental, que le dijo que necesitaban a contratar a un continuista. “Le dije que sí. Yo casi siempre digo que sí, es mi ley de vida para ir hacia adelante, después veo cómo me arreglo. Y ahí cambió de alguna manera mi vida, porque ahora a lo que me dedico es a eso y es lo que también me forma mucho para dirigir. En dos años ya hice 2 series y 6 películas”. Entre ellas, fue una de las continuistas de La noche de 12 años, de Álvaro Brechner.

Además, Flavia se ha dedicado a la música. Y, aunque toca el piano desde los 18 años de forma autodidacta, su vínculo con esa disciplina tiene que ver -como todo en su carrera- con las imágenes. “La música siempre fue algo que me interesó, incluso más que el cine. Pero todo empezó con el video de los Buenos Muchachos. Es mi banda preferida en el universo y fui y me ofrecí para hacerles algo. Les llevé dos ideas, eligieron una, les dije cuánto salía filmarla, me dieron esa plata y salió así. A partir de eso, Alfonsina lo vio, le gustó y me ofreció para hacer un video de una de sus canciones, después un amigo también, otra banda lo mismo y me escribió bastante gente pero la verdad es que no pude absorber todos los pedidos”.

Dice Flavia que como cineasta, su principal desafío es “definitivamente” mantenerse fiel a sus formas: “Mantener una coherencia con mi manera de pensar el mundo y el hacer y los modos de hacer y el qué hacer. Eso es una lucha permanente. Para mí no da hacer un video por dinero o solo porque me gusta dirigir. No, a mí me gusta dirigir proyectos en los que creo, que los siento, imágenes por las que para mí vale la pena meterle. Parece tonto porque capaz estoy renunciando a un dinero que quizás me sirve más adelante para poder seguir trabajando en mis proyectos, pero es siempre una fórmula diaria de poder ver para dónde, cómo y a qué renunciar y a qué no. No puedo visualizar al cine como productos, pero quieras o no es una industria. Tengo un vínculo extraño con el mundo, que funciona de una manera y yo tengo como... no es que sean ideales, pero sí tengo claro cómo a mí me gustaría que funcionaran las cosas, sobre todo porque toda esa maquinaria que es el cine determina después cómo se filma y qué se filma. Eso es lo que a mí me entristece un poco”. La entristece, dice, porque en la creación se puede renunciar a lo que sea, menos a la libertad.

Perseverancia 

Guillermo Trochón (26, foto principal) dice que descubrió que le gustaba el cine estudiando Comunicación en la Universidad de la República. Que antes filmaba videos para la murga en la que participaba, pero nada más. Que los profesores en facultad le nombraban películas que él no conocía, las anotaba y se iba a su casa a mirarlas. Que vio Amélie “tarde” y que Jean-Pierre Jeunet se transformó en uno de sus directores de cabecera. Que un día decidió presentarse al concurso de la ECU y aunque no lo ganó, igual le ofrecieron una beca para estudiar allí. En 2017 su corto Vivimos ganó el concurso Direct TV Cinema+ y se fue dos meses a estudiar a Estados Unidos. El corto fue producido por Filmcito, una productora que tiene Guillermo con un par de amigos de su misma generación de la escuela, que también estuvo detrás del ganador del concurso del año pasado.

A Guillermo le gusta estar en Uruguay, siente que tiene un grupo de amigos que lo siguen en sus proyectos, que tienen recursos y equipos. Es verdad, dice, que para poder, hacer muchas veces dependen de conseguir fondos estatales, y que a veces el proceso se torna demasiado lento. Pero su fórmula es no quedarse esperando. “No me parece mal que los cortos se saquen rápido, no en términos de investigación, pero sí que sean contemporáneos al momento en que fueron creados. Si los recursos para hacer las cosas son lentos, bueno, no hay que dejar leudar la parte que depende de nosotros”.

Mientras los fondos no aparecen, mientras los procesos fluyen, Guillermo se dedica a dirigir en las publicidades que le surgen. “Me gusta, no reniego de eso, es un formato más para ejercitarme como director, y más con los tiempos que puedo llegar a demorar para hacer mis cosas. Está bueno ejercitarte en eso para no perder el hábito”. Pero además, trabaja como eléctrico, es decir, como técnico de cine. “Es básicamente la persona que pone las luces. Ahora estoy trabajando en una película alemana y es la décima que hago. En realidad no tiene nada que ver con el director, pero me permite estar en el set todo el tiempo, atrás de un trípode, de una bolsa de arena, y ver a los directores. Yo estuve de eléctrico en La noche de 12 años, y nada, veía a Álvaro Brechner dirigiendo a Antonio de la Torre, y no lo podía creer. Además como mi trabajo de eléctrico es bastante físico, termino el rodaje y me voy tranquilo a mi casa. Amores sobrios, uno de mis cortos, por ejemplo lo escribí trabajando en HBO en una serie, lo iba escribiendo en las notas del celular”.

Para él, que ahora está trabajando en su próximo cortometraje, El encanto de la bestia, y escribiendo un largo, la insistencia es la clave. “Si nos ponemos exitistas en 3 o 4 años tres directores de Filmcito nos fuimos a Estados Unidos porque ganamos el mismo premio consecutivamente. Entonces nos pusimos a escribir una película, pero es todo un proceso. La presentamos a unos fondos y ni pinchamos ni cortamos, pero el hecho de presentar ya es pila. Me gusta contar las perdidas y las ganadas. Este semestre me presenté a cinco fondos y marché en todos, el año pasado presentaba y ganaba. Pero sigo insistiendo. Creo que quedé ‘golpeado’ porque en la época de la ECU nunca fui seleccionado para hacer nada. Y siempre fui como el terco que insistió. A mí me gusta eso de que te digan que no y seguir, dicen que la fe mueve montañas pero las ganas de hacer, la perseverancia para contar una historia, también”.

De suspenso

Lucía Nieto Salazar se dedica al cine hace más de 10 años
Lucía Nieto Salazar se dedica al cine hace más de 10 años

Lucía Nieto Salazar tiene 32 años y empezó a filmar historias a los 12, cuando le regalaron una cámara. Siempre quiso dedicarse al cine o a la arquitectura y, aunque sabía que el primero era más arriesgado, a los 20 decidió jugársela por contar historias.

Cree, Lucía, que su pasión por la gran pantalla nació de la necesidad de “contar y “comunicar ciertas cosas”: “Mi manera de percibir y concebir la realidad y el mundo. Decidí hacerlo a través del cine porque ya me gustaba el recurso desde niña y porque creo es la manera más real de crear mundos inexistentes”. Por eso, quizás, a Lucía le gusta el suspenso, “la mezcla de la realidad con la fantasía, conocer personajes o ambientes extraños. Los mundos personales y originales”. Todo eso, dice, siempre y cuando por debajo “se transmita un mensaje profundo”.

El sueño de Lucía es vivir del cine. Tiene varios cortos filmados, estrenados y reconocidos: Las calles de mi ciudad, Eanna, Betty, La foret de la lune, Cuando nadie nos visita y Negra.

Ahora, además, está escribiendo su primer largometraje, que está en fase de escritura. Ese y una serie web en la que también está trabajando, son sus objetivos principales.

Una uruguaya en San Sebastián

Lucía Garibaldi estrena su primera película en el Sundance
Lucía Garibaldi estrena su primera película en el Sundance. Foto: Sofía Córdoba

Lucía Garibaldi tiene 32 años y estudió en la Escuela de Cine del Uruguay por recomendación de sus padres. "Estudiaba bellas artes, todos los días llegaba casa de mis padres (vivía con ellos en ese entonces) y les decía que me quería dedicar al dibujo, al collage, al cine, a la escultura. Cada día, o cada semana, era una disciplina distinta. Ellos sugirieron que estudie cine. Fue idea de ellos, no mía. Creo que querían encauzarme en un único camino".

Escribió y dirigió su ópera prima, Los tiburones, un largometraje de ficción, que recibió el premio de la industria de Cine en Construcción de San Sebastián Film Festival en 2018. Se estrenará en Sundance, en la competencia oficial de World Cinema Dramatic, 2019.

Y, aunque paralelo a eso está trabajando en nuevas películas (Mirame, Roberto, mírame y La última reina), cree que en Uruguay debería producirse más cine. "Quisiera que se filme mucho más. Quisiera que los jóvenes reales, los de 20, que ellos filmen. Y también quisiera que filmen los veteranos de 70. Creo que en Uruguay hay un nivel de cinematografía y de técnicos muy bueno. De acá salieron películas que adoro. Pero filmamos poco y con muy poco. A veces se torna muy difícil de sostener. Quisiera que se mirara un poco más a países con leyes de cine fuertes, que se actualizan. Donde la cultura se mide, se estimula y se financia de otra forma. Donde parecería que se entiende a la cultura, al cine, como un bien social".

filmcito

Hacer cine entre amigos 

Filmcito, la productora de la que forman parte Guillermo Trochón y Cristhian Orta, entre otros, surgió casi como un juego entre amigos de una misma generación de la Escuela de Cine, para ponerle una etiqueta a sus trabajos.

De a poco empezaron a realizar cortos por fuera de la escuela, y sin darse cuenta, empezaron a conformarse como un sello de la industria audiovisual. Así, durante tres años consecutivos, tres cortos y directores de Filmcito ganaron el concurso de DirecTV y se fueron a formar a Estados Unidos.

Hoy, están trabajando en la escritura de su primera película, con una idea de Guillermo como base. “Filmcito ha sido un proceso, empezó siendo una cosa entre amigos, a entender un sistema de cómo se filma entre nosotros y con plata nuestra”, dice Guillermo. Cristhian dice que como director, siempre trabaja con el equipo de sus amigos de Filmcito. Dice que es como salir campeón con un equipo de barrio que empezó desde abajo: “Me gusta eso de que vayamos creciendo juntos”.

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