COLUMNA — CABEZA DE TURCO

Los jingles me matan

Washington Abdala

Estudio de grabación
Foto:Pxhere.

Lo misterioso del asunto de los jingles políticos es que se te pegan. Uno empieza a oírlos y, digamos la verdad, al principio son casi todos una porquería, tienen algo básico, apelan a emociones primarias, las letras son una cursilería, pero algo pasa, algo sucede que empiezan a transcurrir los días y los del candidato (o candidata, o candidate, no jodan) con los que uno tiene onda, te van pareciendo mejor, menos berreta y te dejás seducir. Y llega un momento en que (hasta) te gustan y crees que estás oyendo a Vivaldi o Mozart cuando aparece el de tu predilección en la radio, en la tele, o en el parlante del rompepiolas que pasa con la motito haciendo destrucción sonora-ambiental (eso es subdesarrollo adorados).

No digo que te desmayes con la épica de tu candidato y su musiquita mística, pero te emociona, te conmueve, puede que si la propaganda posea toques cinematográficos que hasta se te piante algún lagrimón emotivo. No querés que nadie vea tal papelón, por eso evitás que la gente advierta esa debilidad (no es debilidad, sos vulnerable, humano, pero ta, es otro debate, hoy no). Es que entre la publicidad y las redes sociales, todo, al final la política —en este mes— se te mete por todos lados.

Lo raro de este asunto, es que de tanto oír otros jingles —y acá aparece la tragedia— también te empezás a copar con otras canciones de otros candidatos que no bancás. Así que no es raro que siendo, por ejemplo un liberal-humanista te encuentres canturreando alguna melodía de alguien a quien jamás quisieras que condujera los destinos del país. Y esto es jodido, porque si te oye un vecino canturreando una canción, por ejemplo de Oscar Andrade… ¿Qué piensa el tipo de vos? ¿Que sos un espía bolivariano? ¿Que estás infiltrado como doble agente? ¿O que sencillamente Andrade te enamoró con su estética de líder ruso? No sé lo que piensa, pero nada bueno (a Andrade le debe pasar que debe canturrear mentalmente alguna canción de Lacalle Pou o Ernesto Talvi y debe putear para sus adentros. Es humano Oscar, tranquilo, no da para creer en el pecado comunista).

Lo otro que nos sucede con la propaganda política es que cuando se va arrimando la elección el umbral de tolerancia se agota. Al principio te bancás todo, todo te parece que está dentro del “respeto” de todos oír a todos, pero en el tramo final de campaña, cuando ves a los candidatos que no votarás jamás, los ves en los spots televisivos metiendo sanata, los oís por todos lados, la reacción ante la saturación es agarrar a patadas la televisión o patear a tu perro que tiene cara de traidor político (¡qué culpa tiene el perro pobrecito!).

A la gente le pasa eso, pero muestra tolerancia franciscana, pone rostro de ciudadano ejemplar y soporta. Pero en el fondo, digamos las cosas como son: hay gente muy desagradable que uno no quiere oír más, y cuando se repiten sus cancioncitas, la bronca es incremental. De seguro que los que uno vota le parecen desagradables a otros. ¡Joderse! Eso es la esencia de la democracia: tolerar y respetar.

Pero hay cancioncitas que son casi una agresión. Los creativos, las agencias publicitarias y los que las cantan saben que nos están asesinando. Y aseguro algo, los más jóvenes, que son pragmáticos, se mueren de risa con estas publicidades formato whiskería de carretera (¡bailan los jingles mamados!).

El otro día le consultaba en mi Facebook a mis amigos por lo de los jingles y era fenomenal el despliegue viral de los mismos, o sea los jingles pueden llegar por cualquier red social y te clavan. Ya lo escribí en mi libro: El Homus Idiotus (que lo deberían comprar, los conmino a eso como dice mi amigo Sergio Puglia) porque este asuntito de las redes sociales hace que esta campaña sea completamente “loca”. ¡Es una campaña muy “sui generis”!

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