NOMBRES DEL DOMINGO

Fito Páez, canciones para todo lo que somos

Es uno de los músicos más importantes del rock. A los 57 años acaba de sacar su nuevo álbum, La conquista del espacio, que se suma a una trayectoria llena de himnos, desgracias y amores.

Fito Páez acaba de sacar nuevo disco
Fito Páez acaba de sacar nuevo disco. Foto: Archivo El País

Es el de la voz inconfundible, el del tono porteño exagerando siempre las eses, el de Rosario. Es el que camina marcando presencia, como si sus pasos fuesen una extensión de sus discursos, como si sus pasos fuesen una enunciación. Es el que baila con las manos descontroladas, el que se sienta al piano, cierra los ojos y mueve la cabeza hacia atrás y hacia adelante, asintiendo la música sin parar. Es una usina de canciones. Es el que absorbe la realidad y la literatura y el cine y las desgracias y las desigualdades y los amores y los desamores. Es el que absorbe historias. Es el que creó himnos que atraviesan el tiempo y todos los espacios y son cantados desde las tripas por todas las generaciones: porque sí, porque los representan, porque hablan de ellos, porque dicen de ellos. Es el que, además de canciones, escribe libros, el que además de música hace películas. Es el de Mariposa tecnicolor, el de Circo Beat, el de El amor después del amor, el de Tumbas de la gloria, el de Un vestido y un amor, el que canta “y dale alegría alegría a mi corazón que ayer no tuve un buen día por favor”.

Fito Páez, un flaco de pelo crespo y frondoso que se mueve como esqueleto y dice que la música lo salvó de la locura y de la muerte, es el artista que creó el álbum de rock más vendido en la historia de Argentina.

Circo beat

Fito Páez. Foto: Difusión.
Fito Páez. Foto: Difusión.

Nació 1963 en Rosario, una ciudad a 350 kilómetros de Buenos Aires. Después, mucho después, le escribió canciones a Rosario, le cantó a Rosario y a todo lo que quedó allí, a lo que fue, a lo que es, a lo que murió.

Es hijo de Rodolfo Páez, de quien lleva el nombre, y de Margarita Zulema Ávalos, que murió ocho meses después de su nacimiento por un problema en la placenta. La muerte de su madre es su cruz. A veces la sueña y a veces le escribe, a veces se emborracha y otras veces fuma —cada vez menos: los años, el tiempo, la salud—, a veces se culpa, a veces le canta (“Mamá no me dejes nunca más que nadie puede bancar tanta soledad”). A veces se pierde y a veces vuelve. Casi siempre todo el universo es, para él, un sinsentido. Menos cuando hace música, menos cuando ensaya con sus músicos, menos cuando está en un escenario haciéndole la vida menos pesada y más feliz a las miles y miles de personas que se juntan en cualquier parte de América Latina o Europa a escucharlo cantar.

Vivió en Rosario criado por su padre, su abuela y sus tías. Tenían la vida limitada a moverse siempre en lo barato, en las ofertas, en los productos de segunda mano. No había privilegios pero había música. Cada tanto Fito acompañaba a su padre a comprar discos. Llevaban uno, dos, tres. No había privilegios pero había música. Siempre hubo música.

Allí hizo la escuela y el liceo, que nunca terminó. Mientras, estudió catequesis, tomó la comunión, rezó padres nuestros y empezó a estudiar piano porque quería subirse a un escenario.

A los 13 años fue a ver un recital de La máquina de hacer pájaros, la banda de Charly García, que se le apareció en el escenario como una epifanía. Entonces lo supo. Quería sentir esa adrenalina casi violenta, esa energía casi sexual. Quería vibrar en esa sintonía, tan distinta a la de la vida en su casa, para siempre.

Tres años después formó una banda, Neolalia y luego vino Staff. Se suponía que Fito iba a estudiar en la Universidad de Agronomía de Rosario. Se anotó y nunca fue. Juan Carlos Baglietto, un músico que ya era conocido en el ámbito rosarino, lo invitó a formar parte de su banda como tecladista. Fito Páez, pelo largo, negro y ondulado, lentes redondos, aspecto de hippie, era un músico prodigioso. A comienzos de los años ochenta se mudó a Buenos Aires.

Vivió solo y con algunos pesos que apenas le daban para comprar caramelos y yerba para el mate. Tocó el teclado por ahí, donde pudo, cuando pudo. Un día lo llamaron por teléfono. Charly García iba a formar una banda nueva y quería que él fuera parte. Empezó a tocar con él, su gran amor de la adolescencia, como un niño tímido que se esconde atrás de un teclado y hace lo que puede para que lo acepten. Después se enamoró de Fabiana Cantilo y después empezó a escribir y a componer canciones. Después, en 1984, grabó su primer disco solista, Del 63, y el segundo, Giros, que presentó en el Luna Park. En ese álbum estaba la que quizás sea una de las canciones más bellas de la historia: Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Fito Páez tenía poco más de 20 años y ya le cantaba al amor, a la policía, a la dictadura, a la realidad de Buenos Aires, al odio, al rencor y a Fabiana Cantilo.

Fito Páez en el Antel Arena. Foto: Carlos Iglesias
Fito Páez en el Antel Arena. Foto: Carlos Iglesias

A los 24 grabó un disco con Luis Alberto Spinetta, La la la. En el medio volvió a Rosario: su padre falleció y al tiempo su abuela, su tía y una empleada que había estado siempre en la familia aparecieron asesinadas en la casa. Fito se quedó solo, dado vuelta, en estado salvaje, con un arma en la mano, con las ganas de venganza de alguien que perdió el sentido. Y con la música.

Con el dolor en el cuerpo escribió Ciudad de pobres corazones. Con el enojo en los huesos se arrepintió. Hasta que apareció el Indio Solari y le dijo que no, que esa canción que decía “en esta puta ciudad todo se incendia y se va, matan a pobres corazones”, era una obra de arte y que tenía que hacerse cargo de ella.

Fueron años duros para Fito Páez y su música. En Rosario se ofendieron porque ahora sus canciones insultaban a su ciudad, en las radios dejaron de pasarlas porque ahora sus canciones tenían “malas palabras” y eran violentas. Después vino el disco Ey!, pero el sello que lo editaba se negó a hacerlo. Grabó Tercer mundo en un estudio independiente que ni siquiera le pagó y decidió irse a buscar suerte a Europa. Un día, al otro lado del mundo, lo llamaron desde Buenos Aires. Había vendido 30 mil discos en poco más de dos semanas y querían que regresara.

El siguiente disco fue El amor después del amor. Ese vendió 30 mil copias en tres días y se transformó en el más vendido de la historia del rock argentino. Era 1991. Fito Páez había conocido a Cecilia Roth, una actriz argentina con la que todos querían trabajar. Fueron al cine y se enamoraron. Después adoptaron a Martín. Era 1991 y Fito Páez se había convertido en un músico que acumulaba a masas delirantes. En 1993 hizo dos fechas en el estadio de Vélez, con capacidad para 40 mil personas.

Luego, con la presión de tener que sacar otro gran disco llegó Circo Beat, con temas como Mariposa tecnicolor. Y después se le dio por hacer películas. Vidas privadas primero, De quién es el portaligas después, protagonizada por Romina Ricci, la madre de Margarita, su segunda hija. Y después quiso escribir novelas. La puta diabla es, quizás, la más conocida.

En el medio, como siempre, siguió haciendo música y grabando discos: Enemigos íntimos, Abre, Rey Sol, Naturaleza Sangre, Moda y pueblo, El mundo cabe en una canción, Rodolfo, Confiá, Canciones para aliens, El sacrificio, Dreaming Rosario, Yo te amo, Rock and Roll Revolution, Locura total, La ciudad liberada, La conquista del espacio. Y algunos otros en vivo: Euforia, Mi vida con ellas, No sé si es Baires o Madrid, El amor después del amor 20 años. Y siguió siempre viajando por el mundo y haciendo conciertos de los que nadie sale siendo el mismo.

La crítica, las revistas, la gente del arte dice que Fito Páez es parte de lo mejor de la música latinoamericana. Los que escuchan sus canciones dicen que hay un Fito para cada sentimiento. Que su música se mete en el corazón y se esparce por el cuerpo y como si fuese un demonio divino se apodera de él. ¿Quién dijo que todo está perdido? Nada se romperá mientras haya canciones.

La conquista del espacio

“Entre los artistas no se encuentra el enemigo / Vamos por los pueblos, las capitales / Llevando nuestra música alrededor del sol / Sabemos encender una hoguera con una guitarra / En el centro de ese fuego van los besos, las miradas / Los abrazos y el amor”, canta Fito Páez en La conquista del espacio, canción que le da nombre a su nuevo disco.

La presentación oficial iba a ser un gran encuentro en el Hipódromo de Rosario, en el que el artista también festejaría su cumpleaños 57. Por la pandemia de coronavirus y las medidas adoptadas, el recital fue suspendido pero el disco está disponible en todas las plataformas digitales.

Después de haber sacado un gran disco como lo es La ciudad liberada que respira libertad desde la imagen de portada (un Fito Páez con cuerpo de mujer) y que lo volvió a conectar con lo mejor de su carrera, el artista dio un paso más y además de conquistar la ciudad, se lanzó a la conquista del espacio: de los derechos de todos y todas, de las libertades de todos y todas, de la belleza, de las injusticias, y una vez, del amor. “Amor es el mejor sentimiento amor es la palabra perfecta. Amar es sagrado amar es lo único que te dará libertad”.

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