MARÍA ESTHER GILIO, DE APAGÓN

La vida entre borrones

En diálogo con la argentina Liliana Villanueva

Archivo El País
María Esther Gilio (Archivo El País)

María Esther Gilio convirtió la entrevista en un género literario. Le dio carácter, estilo, imaginación, y llevó su curiosidad a la audacia de inducir en los entrevistados confesiones imprevistas, originales y reveladoras en un amplio registro de experiencias, se tratara de grandes creadores o de personas de múltiples oficios y condición social. Colmó de asombros el arte de preguntar y dibujó en sus conversaciones auténticos relatos. En sus inicios fue abogada de presos políticos, y esa doble trayectoria que la condujo al exilio durante la dictadura acabó por definir su plena inserción en la cultura del Río de la Plata.

La recuerda ahora el libro de una amiga de los últimos años, la arquitecta argentina Liliana Villanueva, que ha escrito crónicas de viajes y obtuvo con Lloverá siempre el último premio Casa de las Américas en la categoría Literatura Testimonial. Con la excusa de un día de lluvia bajo un apagón eléctrico, Villanueva introduce un prolongado monólogo en el que Gilio le cuenta sus orígenes familiares, momentos de su infancia y adolescencia, acontecimientos de su vida íntima y profesional, su matrimonio con Darío Queigeiro, su relación con Juan Carlos Onetti, los años de su exilio y su regreso al país. De la rica experiencia periodística de Gilio, Villanueva recoge anécdotas y algunos consejos especialmente atractivos sobre la importancia de sumar a la preparación previa de la entrevista, la oportunidad de preguntar a partir de las respuestas, advertida de que la conversación real comienza con la escucha del otro. A lo largo del día afloran recuerdos (la bomba que hicieron estallar en su casa del Buceo, el secuestro de la mujer de Costa Gavras, su vida en Brasil), reflexiones y ocurrencias que evocan tangencialmente el espíritu vivaz con que Gilio solía pasar de una conclusión al disparate más inesperado, con desopilante sentido del humor.

El intento de reconstruir su voz encuentra la mayor dificultad en la simulación de una larga y única entrevista, conjeturable solo por el monólogo de Gilio — "¿Te parece terrible?", "¿Si tenía más de un vestido blanco?"—, que acá comparece bajo los efectos de una abrumadora ansiedad por hacer revelaciones, fatalmente alejada de los tonos de su conversación, de su temperamento y hasta de sus intenciones.

En los últimos años de su vida Gilio sufrió una maculopatía húmeda que la dejó prácticamente ciega y le impuso el tormento de impedirle trabajar. La imposibilidad de leer y de escribir abrió en sus días grandes espacios vacíos que la desestabilizaban emocionalmente. Es la época de estas confesiones que, por varios indicios, cabe suponer poco atentas a la posibilidad de trascender a las páginas de un libro. En primer lugar, difícilmente Gilio pudo pretender o aceptar que se hiciera público el secreto más doloroso que a lo largo de su vida solo confesó a unos pocos amigos: el asesinato de su madre en plena calle. Es improbable también, que en otras condiciones se hubiese plegado a las absurdas especulaciones que, según la autora, la convertirían en la inspiradora del personaje de Cecilia en El pozo. Durante toda su vida repitió y escribió que conoció a Onetti por sugerencia de Carlos Maggi y Maneco Flores Mora, luego de leer la mítica novela a la salida del liceo, pero aquí es inducida a una confusión de fechas y a la novela rosa de Gilio y Onetti que Villanueva crea a lo largo de muchos capítulos, adjudicándole un carácter y una relevancia que la relación nunca tuvo. En el extremo más desafortunado, fuerza la idea de que Gilio desplazó a María Julia del corazón de Onetti y acabó con su segundo matrimonio. Las cartas de Onetti a su amigo Julio E. Payró, publicadas por Hugo Verani en su libro Juan Carlos Onetti. Cartas de un joven escritor, prueban que María Julia lo abandonó enamorada de otro hombre, en noviembre de 1941, y que Gilio lo conoció tres años después de publicado El pozo, en agosto de 1942: "Nada tentador de mi vida privada para contarle, salvo algo regodeante en prólogo que no sé si sigue… Una niñita leyó libros de Onetti y jorobó a los compañeros de estudios para que le presentaran a Onetti, hasta conseguir alguno más bondadoso o que la quiera mal en secreto y que se ha puesto en campaña para unirnos. Hasta ahora nada más que teléfono (yo tengo que escribir mil palabras por día). Muy inteligente, absurda: Y TIENE DIEZ Y SEIS AÑOS Y USA BOINA Y LEE NOVELAS ANDANDO POR LA CALLE. Bueno, confieso que las mayúsculas son retóricas, para darle a usted una adecuada sensación de deslumbramiento que yo no tengo". Más adelante la describiría con palabras crueles, pero lo curioso es que Villanueva no ignora estos documentos, dado que incluye el libro de Verani en sus breves notas bibliográficas.

Cabe aclarar otras distorsiones. Gilio nunca trató de "puta" a Eva Perón —un insulto típico del antiperonismo más furibundo—, y mucho menos Darío Queigeiro que, en efecto, la tuvo en sus brazos en el parque del Club de Golf cuando Evita se ganaba la vida en una compañía de zarzuelas que llegó a Montevideo. Muchos años después Queigeiro lo contaba con pudor porque entonces Eva todavía no era Evita, y temía que la anécdota ofendiera a los argentinos. Siendo un muchacho, a pedido del director de la compañía, fue a entretener a las actrices durante un fin de semana, y le tocó la más escuálida. Si en la entrevista Gilio se manifestó en esos términos, sin duda fue una humorada de entrecasa que el texto no despeja. Si hubiese indagado un poco, Villanueva habría comprendido mejor el sorpresivo encuentro de Pacheco Areco con Gilio en París, porque Pacheco Areco fue amigo y compañero de estudios de Queigeiro cuando cursaban la carrera de Derecho, y como entonces era el más pintón de los dos, entretuvo a la actriz principal de aquella zarzuela. Hay que imaginar esa fecha en que dos emblemas mayores de los años sesenta se encuentran por un asunto completamente frívolo en el Parque Rodó, antes de convertirse en íconos radicalmente opuestos de la vida política en el Río de la Plata. Pero Villanueva avanza por caminos más inmediatos que si por momentos acercan información nueva, la llevan a repetir anécdotas ya transitadas como si las revelara por primera vez, y no le ahorran fallos en este primer intento de recuperar la figura y la trayectoria de la gran periodista: Gilio es poco clara y Villanueva no corrige la referencia a los cadáveres que aparecieron en las costas de Colonia durante varios meses de 1976, atribuidos por la dictadura uruguaya a motines en barcos coreanos —la noticia, y la mentira, tuvieron amplia repercusión en el país—; un problema de orden en los capítulos induce a creer que el encuentro de Gilio con Haroldo Conti por la calle, y las dificultades en superar una crítica de Jacobo Timerman a su entrevista con Neruda, ocurrieron al regreso de su exilio en Brasil, a fines de 1978, cuando en realidad pertenecen a su primera estadía en Buenos Aires (a fines de 1978 Haroldo Conti llevaba dos años desaparecido y muerto, y el diario La Opinión había sido clausurado hacía más de un año); la primera mujer de Onetti no se llamó María Amelia, como se reitera, sino María Amalia. Por último, y porque no se pueden esconder tantas cosas en la letra chica, importa decir que Lloverá siempre fue el título de la novela de Carlos Denis Molina, publicada en Asir, en 1953, con el único prólogo que Juan Carlos Onetti escribió en su vida. Lo recuperó, con melancólica parodia y a modo de despedida en las páginas finales de Cuando ya no importe, donde lo encontró la autora.

LLOVERÁ SIEMPRE. Las vidas de María Esther Gilio, de Liliana Villanueva. Criatura, 2018. Montevideo, 234 págs. Distribuye Escaramuza.

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