ÉTICA Y FOTOGRAFÍA

Realidad recortada

La famosa foto de Nick Ut y sus bemoles, a casi cinco décadas del registro.

Nick Ut, El terror de la guerra en sus dos versiones, Vietnam, 1972. Foto AP/Nick Ut
Nick Ut, El terror de la guerra en sus dos versiones, Vietnam, 1972. Foto AP/Nick Ut
Nick Ut, El terror de la guerra, sin reencuadrar, Vietnam, 1972. Foto AP/Nick Ut
Nick Ut, El terror de la guerra, sin reencuadrar, Vietnam, 1972. Foto AP/Nick Ut
Nick Ut, El terror de la guerra, encuadre publicado, Vietnam, 1972. Foto AP/Nick Ut
Nick Ut, El terror de la guerra, encuadre publicado, Vietnam, 1972. Foto AP/Nick Ut

El encuadre fotográfico puede verse como una operación de recorte de la realidad. Dado un campo visual cualquiera, lo que hace el fotógrafo es tomar una tijera virtual y recortar de aquel campo visual el rectángulo que considera apropiado. Una vez en el laboratorio —químico o digital— podrá modificar el encuadre de la fotografía que mostrará. La práctica del recorte en laboratorio se hizo común entre los fotoperiodistas, ya que en muchas ocasiones la velocidad de los hechos impide que el fotógrafo pueda encuadrar en el lugar con tranquilidad y cuidado. Las cámaras y películas veloces de la segunda mitad del siglo XX permitieron realizar muchas tomas, al ritmo de los acontecimientos, y dejar para después el reencuadre.

Parece razonable que si un fotógrafo debe registrar hechos fugaces, violentos o perturbadores, no pueda detenerse a componer un encuadre listo para la presentación final al público (aunque algunos grandes fotógrafos tienen un ojo envidiablemente rápido para la composición). En la mesa de ampliación el laboratorista podía corregir los errores de encuadre, dejando afuera detalles distractivos o desprolijidades de composición, siempre con la finalidad de mejorar el mensaje fotográfico, facilitar la comprensión del público y cumplir con concepciones estéticas al uso del estilo compositivo.

El problema es que cuando comienza a difundirse una práctica de manipulación, aunque sea con buenas intenciones, los límites éticos se desdibujan.

IMPREGNADA EN NAPALM.

Una de las fotografías más famosas del siglo XX fue tomada por el vietnamita Nick Ut, que el pasado mes de marzo de 2017 se jubiló de su trabajo en Associated Press, luego de 51 años de ejercicio de fotoperiodismo. Su inicio en la fotografía no fue banal; su hermano era periodista en la guerra de Vietnam, y cuando Ut tenía 16 años murió mientras trabajaba para una agencia de prensa; Ut siguió su camino y se formó trabajando en Vietnam, donde resultó herido varias veces.

En 1972 tomó una serie de fotografías luego de un bombardeo, una de las cuales tituló El terror de la guerra. La foto obtuvo el premio Pulitzer en 1973. Fue la primera fotografía publicada en la prensa masiva en Estados Unidos que mostraba lo que allí se llama "desnudo frontal". Registra la huida de varios niños y algunos soldados por una carretera del campo. Una niña desnuda corre hacia la cámara con un grito de terror y los brazos despegados del cuerpo, en un máximo gesto de indefensión. Cuatro soldados, atrás, también parecen huir de una lejana nube negra que ocluye ominosamente el fondo. Todos avanzan hacia el fotógrafo (o el observador).

El pie de foto explicaba, cuando se publicó en Newsweek y en Life, que los niños huían de un bombardeo con napalm de una aldea que por error había atacado un avión survietnamita. Esa foto colaboró seguramente con el fin de la guerra (aunque los estadounidenses ya habían comenzado la retirada), y cambió las vidas de Nick Ut y de Kim Phúc, la niña que huye.

En el mismo rollo de negativo hay varias otras tomas, algunas de ellas con imágenes menos dramáticas de Kim Phúc siendo atendida por algunos soldados, y otras, tremendas, de una madre con un bebé quemado en los brazos. También existen filmaciones de la huida, en las que se ve a Kim corriendo suavemente, con expresión serena, y siendo luego rociada con agua de las cantimploras de los soldados. La niña estaba desnuda porque parte de su ropa ardió, impregnada en napalm, y ella se la arrancó para terminar con las quemaduras (sin embargo, requirió 14 meses de internación e incontables injertos para restablecerse; hoy tiene la espalda y un brazo completamente impresos con el mapa de aquel suplicio).

Pero la imagen publicada no muestra la totalidad del encuadre original, sino que está recortada. Tres soldados que están sobre el borde derecho quedan afuera de la foto presentada al público. Uno de ellos es un camarógrafo de cine, y otro parece ser su asistente o sonidista. Pero la figura más complicada y decisiva para quien decidió reencuadrar la foto es la de un soldado que está en la misma línea que los cinco niños que huyen, y que está rebobinando el carrete de negativo de su cámara fotográfica. Como Nick Ut, era un periodista, o quizá un fotógrafo del ejército. Su caminata serena, al lado de los niños aterrorizados que huyen, su concentración en el acto mínimo de rebobinar su rollo, chocan con la impresión de tragedia y espanto que provoca el lado izquierdo de la imagen.

La foto recortada muestra cinco niños que huyen y cuatro soldados detrás, que parecen cuidar su retaguardia. La foto completa es confusa y requiere una larga explicación. En este caso el recorte no miente sino que aclara, y a la buena toma de Ut hay que agregar el crédito del notable encuadre final, probablemente debida al editor de Associated Press.

El fotógrafo elige el encuadre, el editor lo ajusta, y el público debería saber que hay cosas que pueden quedar afuera del campo visual. Pero deben confiar en que el fotógrafo apuntó con su cámara hacia el lugar relevante del mundo.

CONFIAR EN LA VERACIDAD.

El público mantiene la confianza en que lo que está dentro del encuadre es verdad, estuvo ahí, es un spectrum, como diría Barthes, es decir, el rastro de algo en el mundo. Pero incluso fotógrafos con largas carreras y enorme prestigio han cedido a la tentación de trampear el contenido de sus fotos.

En abril de 2016 el fotógrafo italiano Paolo Viglione encontró un detalle, en una fotografía del estadounidense Steve McCurry expuesta en Venecia, que evidenciaba una manipulación digital. Se desató un escándalo. McCurry es al autor de una fotografía muy famosa que fue tapa del boletín de la National Geographic Society en 1984: el retrato de una niña afgana de ojos verdes muy abiertos. McCurry era fotógrafo habitual de la revista, profesionalmente respetado, autor de varias tapas y numerosas fotografías de artículos importantes de la revista. La manipulación descubierta por Viglione llevó al examen muchas fotografías de McCurry, lo que permitió descubrir numerosas modificaciones. Sus fotos provocan una sensación de inevitabilidad, de orden sereno, de perfección de la distribución de las figuras contra el fondo. Pero eso es con frecuencia consecuencia de manipulaciones digitales: de una foto de un rickshaw en India se elimina un rostro sonriente, para que predominen las expresiones serias, para dar un tono melancólico a la imagen. De un grupo de niños que juegan en un lago se elimina un personaje para convertir en líder a otro en primer plano, y se completa el cuerpo de un tercero, cortado por el encuadre.

Esta clase de manipulaciones, además de los recientes descubrimientos de la fabricación de escenas que se creían espontáneas o verdaderas por parte de Robert Doisneau o Eugene Smith, hace descansar la confianza en la veracidad de una fotografía en el mismo lugar que siempre estuvo en el mundo del arte: en el autor y el peso de la firma.

La enorme libertad de creación y manipulación que permiten los medios digitales nos regresa a los tiempos de los pintores, cuando creíamos en los fusilamientos del 3 de mayo de 1808 no porque viéramos la pintura, sino porque la había pintado Goya.

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