Cuentos sobre mascotas

Perros y gatos al papel

Dos volúmenes, uno sobre gatos y otro sobre perros, reúnen cuentos de firmas reconocidas entre ladridos y maullidos.

Perro y gato

Raro sería el caso de algún escritor que tuviera animales de compañía y no escribiera alguna vez sobre ellos, directa o indirectamente. Por eso quizá la cantidad de mascotas de papel que registra la literatura de ficción (no solo la escrita para niños) es considerable. El protagonismo mayoritario se lo llevan perros y gatos. Intentar cualquier lista al respecto es caer en omisión, pero se pueden mencionar básicos. Por ejemplo, que en la Biblia aparecen generalizadas alusiones a perros, casi ninguna afortunada, y ninguna a gatos domésticos, sino solo salvajes. En cambio en La Odisea está el inolvidable perro Argos, de Ulises. El “galgo corredor” del inicio del Quijote ha dado pie a interpretaciones literales y metafóricas; en tanto en una de sus Novelas Ejemplares, El coloquio de los perros, Cervantes utiliza a dos perros que hablan, y traza en clave picaresca un mapa de las bajezas humanas. Virginia Woolf escribe en la primera persona de un perro la entrañable novela Flush, y Thomas Mann desborda emotividad en Señor y perro. El poeta Byron deja en la tumba de su perro un epitafio inolvidable: “Aquí reposan los restos de una criatura/ que fue bella sin vanidad/ fuerte sin insolencia/ valiente sin ferocidad/ y tuvo todas las virtudes del hombre/ y ninguno de sus defectos”. En cuanto a los gatos, se sabe que Hemingway fue un adorador de los mismos, así como Lovecraft, Borges, Cortázar y Poe, igual que lo es Haruki Murakami (¿cómo olvidar al fugado Noboru Wataya de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o a los “gatos antropófagos” del relato homónimo, cargados de símbolos?) o Stephen King (que ha sabido darles escenarios siniestros, igual que a los perros, por otra parte).

Cada tanto, entonces, aparecen ediciones como éstas que acaba de publicar Alfaguara recopilando historias sobre perros y gatos escritas en distintas épocas y firmadas por reconocidos escritores. En los dos volúmenes no aparece ninguno de los nombrados arriba, pero están, sí, todos los clisés tejidos en torno a estos animales y algunos relatos que escapan o simulan escapar de ellos. Así, en el reparto de virtudes los canes se llevan fidelidad y grandeza y los pequeños felinos independencia y sabiduría.

EL ANIMAL HUMANO.

A grandes rasgos los cuentos de ambas colecciones pueden clasificarse en dos grupos con vasos comunicantes: aquellos que hablan propiamente de historias de animales, destacando su valentía, sagacidad, inteligencia, amor, etc., sea en relación con sus amigos humanos o no; y aquellos donde las mascotas sirven más bien de pretexto para dar cuenta del animal humano.

En el primer grupo destacan “Por el amor de un hombre” de Jack London, donde el sabueso Buck salva a su dueño de morir congelado (obviamente nadie iba a elegir para un compendio de esta naturaleza el impresionante “El fuego de la hoguera” donde la relación de perro y hombre en la nieve no es amistosa); “El gran chico” de Joyce Stranger, en el que se da una salvada similar; “El tótem de Amarillo” de Emma-Lindsay Squier, conmovedor relato sobre un gato que protege a su dueño ciego del ataque de un lince. En varios se plantea la dicotomía entre vida aventurera y peligrosa o cálida contención hogareña. Es el caso de “El gato que jugó a ser Robinson Crusoe” de Charles G.D. Roberts en el que una gatita es involuntariamente abandonada en una isla en invierno y debe sortear los riesgos de la soledad; de “El paraíso de los gatos” de Émile Zola, relato en primera persona gatuna que cuenta las diferencias entre una libertad de hambre y una prisión bien mantenida; y de “Un perro amarillo” de Bret Harte que también contrapone la penuria deliciosa de la libertad con una seguridad amodorrada que lleva a la muerte y a que alguien diga “buen perro”.

En el segundo grupo destaca “La infancia de la señorita Churt”, simpático relato del inglés Frederick Robert Buckley sobre una contienda naval en la Segunda Guerra Mundial, donde el oficial Wharton, a punto de casarse, pone en riesgo la vida para rescatar a su gata. Más que la anécdota valen los diálogos. En “El perro que vio a Dios” Dino Buzzati se explaya sobre la culpa, la hipocresía y el remordimiento humano a través de la figura del perro de un ermitaño. “Navidad, Navidad” de George Steiner aparece narrada por un perro testigo de un incesto. En “El perro y el tiempo” del argentino Daniel Moyano el animal está literariamente al servicio descriptivo de la máxima pobreza humana, como lo está el gallo en El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez o el caballo en “Soledad” de Morosoli.

PLUMAS MAESTRAS.

Todos estos relatos, podría decirse, tienen algo, aunque no sea más que una genuina capacidad de conmover. Pero algunos tienen un plus. Dos autoras se repiten en ambos libros: Doris Lessing y Patricia Highsmith. La inglesa se prodiga en su capacidad nata para armar largas secuencias con “Historia de dos perros”, uno de sus relatos africanos, y con “Una anciana y su gato”, demoledor relato “europeo” sobre la ingratitud de la vida. Highsmith, en tanto, coloca a sus mascotas como justicieros victimarios de hombres sinvergüenzas que se aprovechan de las mujeres en “La mayor presa de Ming” (Ming es el gato) y en “Allí estaba yo, atrapado con Bubsy” (Barón es el perro y Bubsy la víctima humana).

Hay otros que por su maestría u originalidad no podían faltar: el adorable gato Tobermory de Saki (pseudónimo de Hector Hugh Munro) que muere por señalar la hipocresía social; o los perros que ven a la muerte en “La insolación”, fábula precisa e inquietante de Horacio Quiroga que coloca la soberbia humana a merced de la naturaleza implacable. Tobias Wolff en “El perro de ella” cuenta cómo John cuida a Victor, el perro que había sido de su mujer, ahora muerta. A través de un diálogo de conciencias entre animal y hombre Wolff trabaja de modo singular el tema de la responsabilidad con los animales, y de la carga emocional que eventualmente se deposita en ellos. También en ese caso, otra sería la historia si se hubiera elegido el relato de Wolff “La cadena”, donde la ferocidad de un perro provoca una tragedia.

Por último (y sin haber señalado la totalidad de los textos) resta mencionar tres joyitas bien distintas entre sí. “Kashtanka” de Antón Chéjov sigue las andanzas del perro extraviado de un carpintero borracho, recogido por un domador circense dueño de un gato (impagable Fiódor Timoféich), un cerdo y un ganso. El maestro ruso del cuento sostiene su fábula con un humor entrañable que no lo deja caer en la sensiblería. Ernest Hemingway brilla con luz propia con “Gato bajo la lluvia”, de una levedad solo comparable a su precisión: un gato perdido y un hotelero amable confirman un diagnóstico de soledad para un matrimonio americano en Italia. Por útimo, en “Mi gato” la argentina Hebe Uhart da una semblanza certera y sencilla que cualquiera que tenga o haya tenido un gato suscribirá. Algunas de sus frases son para atesorar: “Mira a algunas personas con pronóstico reservado”; “El hombre debe ser para él un animal más grande que lo alimenta, lo acompaña y lo abandona”; “La intuición de la unidad del cosmos que Schopenhauer atribuye al santo y al genio, quienes han vencido las estratagemas de la razón, él la tiene sin necesidad de ascetismo ni de vencerse a sí mismo. La única diferencia está en que si se le presenta un pajarito, abandonaría su intuición cósmica y ese estado de beatitud para hacerlo pelota desplumándolo en dos minutos”.

CUENTOS CON PERROS y CUENTOS CON GATOS, de varios autores. Traductores varios. Alfaguara, 2018. Buenos Aires, 301 págs. y 281 págs. respectivamente. Distribuye Penguin Random House.

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