Con Horacio Cavallo

"Si no mentís bien, el lector lo advierte"

Confesiones de un escritor de la "nueva" generación.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Horacio Cavallo por Ombú

POESÍA, cuento, novela, literatura infantil: Horacio Cavallo, nacido en Montevideo en 1977, viene incursionando en todos esos géneros y hoy es una de las figuras más visibles de lo que él mismo entiende como "su generación", la de aquellos jóvenes escritores que han publicado sus primeros textos en la última década. Algunos de sus títulos que han tenido mayor difusión son las novelas Oso de trapo y Fabril, el reciente libro de cuentos El silencio de los pájaros, sus libros de poesía El revés asombrado de la ocarina y Descendencia, y el libro para niños El jorobado de las alas enormes.

—¿Qué caminos te llevan a la literatura?

—El mayor vínculo lo tuve en la infancia, sobre todo a partir de un episodio que no era necesariamente literario, aunque con los años pude saber que sí. Yo tenía 8 o 9 años y me quería ir de casa; me había calentado con mis viejos y me habían venido unas ganas enormes de irme. Pero entonces lo que hice fue escribir sobre esa suerte de fuga, escribir cómo lo iba a hacer y básicamente escribir lo que no podía hacer. Ese es el primer intento, el primer vínculo con una hoja donde en definitiva quiero escribir algo. Y después a los 11 o 12, cuando quería ser cantante y escribí un montón de canciones muy tontas, muy primitivas, impulso que luego se transformó durante la adolescencia en escribir poesía. En esos años escribo también dos o tres relatos: una vez iba al liceo y pasé frente a una casa que se había prendido fuego, y pregunté y me dijeron que allí vivía un tipo que había sido el responsable del incendio, y entonces escribí una historia de piromaníacos. A los 19 fui a un taller a la Casa de la Cultura del Prado, con Walter Ortiz y Ayala. No se manejaban muchos recursos técnicos ni se nombraban muchos autores; lo que el coordinador hacía era ver algunos de nuestros textos, y te daba para adelante o te mataba. Yo no sabía muy bien qué quería; el año anterior, en la misma Casa de la Cultura, había hecho percusión, otro año había hecho dibujo y pintura… Pero creo que ya tenía claro que lo que más me gustaba era la literatura, aunque ir al taller me daba más miedo porque tenía que exponer algo personal, privado.

—¿Algún antecedente familiar?

—Mi viejo, que siempre fue muy lector, y el abuelo materno que vivía en Nueva Palmira y al que le decían el "poeta". Tengo uno o dos poemas que él escribió y que nunca llegó a publicar. En la biblioteca de Nueva Palmira quedan algunos de sus manuscritos, aunque nunca los pude leer. Toda la vida vi leer a mi padre, sobre todo mucho libro policial, toda la colección de Agatha Christie, algunos thrillers políticos, aunque después de que yo empecé a leer solo dos veces intercambiamos libros: le di la Narración de Arthur Gordon Pym de Poe, y él me dio La costa de los mosquitos de Paul Theroux, que me resultó parecido a Horacio Quiroga; es la historia de un hombre que lleva a su familia a vivir lejos de la ciudad, algo con lo que también siempre tuve fantasías. Hice un año en el IPA con la idea de recibirme e irme a cualquier parte del Interior… La familia de mi vieja es de Nueva Palmira, aunque se vino a Montevideo cuando ella tenía 5 años, y mi viejo fue criado en Capurro, con mi abuela, una mujer con una buena biblioteca donde por ejemplo conocí a Onetti, a Borges, a aquella colección que Radio Sarandí había publicado a comienzos de la dictadura… No era una mujer muy literata pero sabía que había cosas que se debían leer.

—Creciste en un barrio.

—Sí, en La Figurita, barrio ubicado entre Bulevar Artigas, Av. Garibaldi y Av. Gral. Flores, al lado del Reducto, al lado de Jacinto Vera, de Brazo Oriental, de Goes… Un barrio con calles de adoquines. Pertenezco a una de las últimas generaciones que podían jugar a la pelota en la calle, treparse a los árboles, pasarse un buen rato sentado en una esquina escupiendo a las hormigas. Eso cambió bastante.

LA PRIMERA MENTIRA.

—Hay quien dice que la infancia termina cuando aparece una mujer desnuda en tu cama.

—Sí, ni hablar. O capaz que cuando la mujer desnuda te deja. Después se van recibiendo más sopapos y uno va dándose cuenta de que eso es ser adulto, que no era tan fácil aquello de "yo quiero ser grande".

—El psiquiatra inglés Ronald Laing decía que la primera vez que el niño se siente independiente es cuando le creen la primera mentira; deja de ser transparente y se convierte en persona. De pronto tus primeras escrituras eran parte de ese proceso.

—Sí, probablemente. Y eso de mentir va muy de la mano con la literatura. Onetti hablaba de la necesidad de mentir. También es una forma de manejar cierto poder. Es como pararse en un lugar y decir "yo puedo modificar esto a mi antojo", y ver cómo los demás se modifican a través de eso.

—Parecería que has estado en una búsqueda de los mejores espacios para mentir: la poesía, la literatura para niños, la novela, el cuento. ¿Dónde mentís más cómodamente?

—Me gusta bastante la literatura infantil, no acaso más que lo otro, pero a propósito de este asunto creo que los niños son más "inocentes", creen en la mentira, están como más predispuestos a ella. En el caso de la literatura para adultos, si algo no cierra, si no mentiste bien, el lector lo advierte. De todos modos creo que nosotros, ya adultos, seguimos leyendo porque queremos mantener vivo ese ritual de que nos cuenten una historia. La lectura en la infancia tiene una dimensión maravillosa, pero que con el tiempo se va transformando. De pronto un libro que leímos a los quince años, a los treinta no nos va a resultar igual; entre otras cosas porque fuimos perdiendo la inocencia. Me pasó algo especial con Onetti. Me acerqué a sus libros cuando tenía trece o catorce años pero pude darme cuenta de que no era el momento para leerlo; lo hice a partir de los veinte con total disfrute. Más o menos a esa edad leí la novela Sobre héroes y tumbas de Sabato y me pareció un libro maravilloso porque también tenía que ver con muchas cosas que me estaban pasando, pero años después lo volví a leer y no pasaba nada… Uno cambia, y cambia el lector.

—En tu narrativa hay un proceso de búsqueda: en Oso de trapo, Onetti; en Fabril, Kafka; incluso Ballard, en algunos de tus últimos cuentos; como si la búsqueda hubiera comenzado a aplacarse y empezaran a aparecer una cantidad de recursos propios manejados de otra manera.

—Sí; uno está buscando esa voz, esa manera de decir cosas. Hace como diez años escribí unos cuentos marcados por el absurdo que a Pablo Silva le habían gustado mucho, y como que se enojó cuando salió Oso de trapo

—¡Una traición!

—Sí, porque había abandonado esa otra veta, la fui descartando al descubrir que había otros lineamientos narrativos en los que me sentía más cómodo. Hoy creo que en los cuentos de El silencio de los pájaros es donde me veo más reflejado. Pero no sé si puedo evocar autores a propósito de esos cuentos, creo que esa es una tarea de los críticos.

—De todos modos, lo único que puede hacer la crítica es discrepar con tu opinión.

—Mi intención es una literatura en la que uno raspe y encuentre que hay cosas debajo. Primero que haya una historia, y que esa historia tenga profundidad, que haya algo latente y que a su vez sea algo que juegue con el lector. Que el lector, de alguna manera, se sienta movilizado, transformado.

—Preferís la anécdota antes que el lenguaje, lo que no sucede a menudo en la literatura uruguaya reciente.

—Sí, y sé que igual hay algunos defensores de esa postura. También me interesa el lenguaje, pero no como personaje sino como instrumento. Para mí lo que tiene que tener el mayor peso es la historia; después, la manera en cómo se va a contar, uno la podrá ir modificando.

PENALIZAR LA IMAGINACIÓN.

—¿Creés que la vida de los uruguayos tiene historias como para ser incorporadas a la literatura?

—Las historias hay que buscarlas. Es un desafío: uno vive en este lugar aunque encontrar una historia que valga la pena resulte difícil. Pero esa es nuestra responsabilidad, porque uno es un pescador de historias. Una de las cosas que también me gustan de la literatura infantil es que el mundo es mucho más abierto, uno puede soltarse y entonces inventar lo que se le antoje, no hay límites. La fantasía, la irrealidad, son mucho más cercanas. Uno tiene que transformar la realidad. A mí me pasó hace poco: estaba en un boliche y pasó una mujer hablando con la misma voz de mi hermana; es raro, es difícil encontrarse con dos voces muy parecidas. Me quedé pensando y al rato, como con esas chispitas que se dan adentro de la cabeza y que uno no sabe muy bien cómo funcionan, se me ocurre la siguiente historia: dos mujeres van caminando por una calle, una de ellas, viejita, se cae y la otra se le acerca. En el mismo momento también se acerca un hombre. Ambos acompañan a la viejita y cuando la segunda mujer habla, el hombre le dice que tiene la voz igual a la de su nuera, que ella murió y que su hijo, que tuvo un accidente de tránsito, está en coma. Entonces le ofrece un trabajo para que le vaya a hablar todos los días al muchacho y ver si eso lo ayuda a sacarlo del coma. El punto de partida de eso, que termina siendo una historia, es una mujer que pasó hablando mientras yo estaba en un bar. Hay que estar atento a esas pequeñas cosas cotidianas…

—Sin embargo creo que el lector adulto uruguayo de estos últimos años penaliza la imaginación, el traslado de lo real a lo literario.

—Sí. Me cuesta pensar en el lector uruguayo como una totalidad, pero creo que sí. Y no sé si eso tiene que ver con que acá se lee cada vez menos, o al menos muy poca ficción. No termino de entender por qué.

GENERACIÓN Y CRÍTICA.

—Entendés que con tus escritores coetáneos conformás una generación...

—Creo que sí. Habría que ver cómo se define estrictamente una generación, pero creo que hay puntos en común. Entre todos los que publicamos desde hace siete u ocho años, y que a su vez tenemos edades similares, hay cierto parentesco más allá de lo estético, en la postura ante el hecho de escribir. Por ejemplo, el querer contar una historia, tratar de hacer una literatura donde uno esté dejando lo mejor, no una escritura por mero entretenimiento. En algunos de mis coetáneos siento que sucede así, al menos con los que tengo más diálogo… Me pasa con Damián González Bertolino, con Leonardo Cabrera, con Manuel Soriano, con Martín Bentancor, por nombrar algunos. Los demás me van a caer con catorce pianos... van a decir "yo también me lo tomo en serio"… Son puntos de vista.

—¿Cuál es el Uruguay que los abruma: el de la dictadura, el de la pos dictadura, o uno ya alejado de aquellos episodios?

—Solo puedo hablar por mí. Yo me siento más cercano a una pos dictadura, por haber vivido la dictadura de cerca, por tener dos tíos que estuvieron exiliados en Suecia, por haber crecido muy vinculado a esos temas, y también por una postura ideológica. Pero también siento que estamos escribiendo en un Uruguay diferente, que cambia muy rápido.

—Toda generación de creadores va acompañada de sus respectivos críticos. La generación del 45 tuvo los suyos, la del 60 también. Creo que ustedes también han generado sus comentaristas, entre ellos pienso en Ignacio Bajter y en Ramiro Sanchiz, los más visibles. ¿Ellos reflejan lo que está pasando a nivel creativo entre ustedes?

—Pienso también en Sofi Richero y en Gabriel Lagos, un poquito mayores pero que podrían entrar en la misma generación. Ellos dos son precisamente los que han hablado de esta generación. Sanchiz, al ser parte, no podría hablar de sí mismo, y a Bajter no lo leí escribir de esta generación. Sí pertenecen a ella porque tienen más o menos la misma edad, pero no se han ocupado estrictamente de lo que producimos. Hay una página virtual, Club de catadores, donde González Bertolino, Cabrera, Rodolfo Santullo y Pedro Peña han escrito muchas reseñas de gente de esta misma generación.

—¿Entre críticos y autores se odian, se pegan hachazos por la espalda, o intentan hacer análisis serios, globales? Yo siento que hay broncas y debates bastante sangrientos…

—En algunos casos sí. Con Richero y con Lagos no lo he visto. Richero ha tenido interés en trabajar sobre los libros que han estado saliendo, en algunos casos establecer correspondencias. Y también lo había hecho Lagos, trazando tres grupos: los "egocéntricos", los "serios" y los "pop", lineamiento que luego toma Richero y más tarde Sanchiz, dedicado a tres antologías que se publicaron con nuestros textos. Creo que se dan calenturas, pero que se dieron siempre. Con Sanchiz, sobre todo, que es un tipo con el que mucha gente ha tenido líos por su manera de decir las cosas, por cierto tono que podría ser en algún caso comparable con el de Bajter. Eso se ha dado siempre; es bastante difícil que el escritor y el crítico vayan muy de la mano.

—¿Han sentido, como generación, la necesidad de cometer parricidios con autores consagrados?

—Sé que hay gente que lo considera necesario, pero no es mi caso. Quizá por eso siento que no funcionamos estrictamente como una generación. Puede que haya casos aislados, pero no hay ejemplos como cuerpo. En mi caso, con aquellos escritores con los que podría efectuar un parricidio sencillamente no los leo. No me nace cuestionarlos públicamente. A mí lo que me gusta es escribir, y tratar de hacerlo lo mejor posible.

EL LECTOR MÁS DIFÍCIL.

—¿Cuáles son tus referentes en poesía? Hay mucha nostalgia en tus sonetos vinculados con el tango.

—Alguna vez me pregunté si no tengo una nostalgia genética, la nostalgia cargada de los tanos de donde procedo, aquello de que se pueden extrañar algunas tierras aun sin conocerlas. Con la poesía tengo un vínculo bastante extraño, y por recordar a Onetti, me siento mucho más casado con la narrativa. A la poesía la siento más como una amante: aparece cuando quiere, me manipula, lleva las riendas.

—¿Cómo pesa tu hijo Genaro en tu escritura?

—Pesa mucho, sobre todo en la literatura infantil. Aunque te diré que no es lector de lo que escribo, me vive dando palos, aunque una vez fui a su escuela a dar una charla y estaba recopado, "mi padre el escritor"… También uno sabe que después de tener un hijo hay historias que ya no podrá escribir. Por ejemplo algo tremendo que le pase a un niño, incluso por esas cosas supersticiosas que no sé si tienen todos los escritores… Pero un hijo lo cambia a uno, sea o no sea escritor.

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