El último capítulo de don quijote

Un final como la vida misma

A modo de corolario por los festejos de los 400 años de la magna novela hispana, van estas reflexiones en torno al final de la obra.

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Don Quijote

Al final de la fantástica historia narrada en Don Quijote de la Mancha, le espera a don Quijote la muerte. Es el destino común e inevitable que su autor, Miguel de Cervantes, pudo haber obviado para su héroe, el caballero de la esbelta figura. Pero no. Don Quijote vuelve a ser el hombre que todos somos, y la alegoría llega entonces a su fin. Cabe recordar que Cervantes escribe esta obra con sesenta años, en 1605. Hace casi veinte años que no publica ningún libro desde La Galatea. Es un escritor marcado por la decepción.

Cervantes debe haber imaginado varios finales posibles para su novela. Opta sin embargo por el final que será común a todos los mortales, el más simple, el más humano. Comenta Jorge Luis Borges que toda la obra anterior está escrita esperando este capítulo. No es así; lo anterior es la verdadera historia, la del hombre imaginario y real que habita en todos, la de los ideales inalcanzables, la del amor incondicional, la de los valores que son la conducta y la ética que deben primar, el doble carácter permanente. Llegado a este punto, cabe preguntar quién no ha sido un Quijote alguna vez en su vida. O lo es.

El Quijote no representa una burla a las novelas de caballería, ni una novela de caballería en sí misma. Detrás del velo burlesco satírico de la obra se refleja la verdadera comedia humana. Los personajes adquieren una doble condición de loco-cuerdo, tonto-listo, además de una permanente contraposición de vicios y virtudes en un mismo personaje. Esa doble condición se percibe incluso en el hecho de que quienes son caracterizados de forma negativa presentan también algún rasgo valorable. La idea subyacente, como en la vida misma, es que cada cosa tiene su haz y su envés. Las personas y las situaciones ofrecen siempre una parte positiva y otra que no lo es tanto.

Como dice don Quijote: “No hay historia humana en el mundo que no tenga sus altibajos”. Cervantes está hablando de todos los seres humanos. Dirá más adelante que las conductas arquetípicas no son enteramente verdaderas: “Que no fue tan piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe Homero”.

Todos, alguna vez, encarnaron al Quijote utópico. Pero todos, también en algún momento de la vida, buscaron redimir sus pecados, volver a la cordura. Esta vuelta a lo cuerdo realza el valor de toda la novela y, quizás más aún, el irrealizable deseo de don Quijote una vez que parta: que quede su recuerdo, la efímera memoria que inexorablemente apagará el tiempo. Y también su desgarrador anhelo: que el recuerdo que los hombres tengan de él sea el de un hombre bueno. 

Al decir de Unamuno, mejor que investigar si son molinos o gigantes los que se nos muestran dañosos, seguir la voz del corazón y arremeterlos, que toda arremetida generosa trasciende el sueño de la vida.

Al final de su vida -y de la obra- don Quijote recuerda lo que le debe a los que han estado a su lado. Es por ello que a cada quien le deja algo en signo de gratitud y recompensa. “Andaba la casa alborotada; pero con todo comía la Sobrina, brindaba el Alma y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”. Es posible anticipar la muerte de don Quijote en el olvido de estas personas que, sin embargo, tanto lo quieren. No ha muerto aún, y ya lo están olvidando. Deseará el Quijote no sólo que perdure su recuerdo sino que éste sea el del hombre justo y bondadoso que ha tratado de ser. Es que la verdadera muerte sólo ocurre cuando el olvido es permanente.

    “Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres, y como la de don Quijote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya, llegó a su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba”
    (Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Capítulo LXXIV De Cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte).

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