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Dónde fueron a parar: caribeños

En el último año se produjo un boom de venezolanos, que buscan la tranquilidad uruguaya y tienen la ventaja de ser del Mercosur. Los dominicanos siguen llegando al país, aunque menos, por la necesidad de visa y porque la subida del dólar afecta su capacidad de enviar dinero.

Erika Yanez, venezolana en Uruguay. Foto: Darwin Borrelli.
Erika Yanez, venezolana en Uruguay. Foto: Darwin Borrelli.
Yenny Mateo y Tony Rosario, dominicanos viviendo en Uruguay. Foto: Marcelo Bonjour.
Yenny Mateo y Tony Rosario, dominicanos viviendo en Uruguay. Foto: Marcelo Bonjour.
Camila González, venezolana viviendo en Uruguay. Foto: Francisco Flores.
Camila González, venezolana viviendo en Uruguay. Foto: Francisco Flores.
Carlos Osuna y César Beltre, dominicanos viviendo en Uruguay. Foto: Marcelo Bonjour.
Carlos Osuna y César Beltre, dominicanos viviendo en Uruguay. Foto: Marcelo Bonjour.
Gumila Álvarez, venezolana viviendo en Uruguay. Foto: Ariel Colmegna.
Gumila Álvarez, venezolana viviendo en Uruguay. Foto: Ariel Colmegna.

Erika Yanez se sienta en una pequeña silla de madera, de esas que utilizan los niños. Su hija de casi cuatro años se encuentra en el jardín de infantes y su marido está trabajando, por lo que no tiene que turnarse con ellos para utilizar el único asiento que hay en su apartamento. Los tres llevan nueve meses en Uruguay y recientemente se mudaron a un monoambiente de 22 metros cuadrados en Canelones y Andes, sin más muebles que esa silla y una mesa infantil. Llama la atención la ausencia de fotos: están guardadas para que no sea tan doloroso recordar la situación en la que viven los que quedaron en Venezuela. "Somos una versión light de los refugiados de guerra", dice Yanez, y relata que dejó atrás no sólo la escasez y la violencia, sino también dos familiares asesinados a balazos y una madre sobreviviente del cáncer, que tiene un solo pulmón y lucha para conseguir la medicación que necesita.

La mítica alegría caribeña se cuela en algunas de sus palabras, pero Yanez aparenta una sobriedad esculpida en base a lágrimas. No oculta su preocupación por no conseguir trabajo en Uruguay pese a ser economista, contar con una maestría y tener experiencia en puestos gerenciales. Su marido, que es diseñador gráfico, consiguió empleo como asistente de obra en una construcción y es mozo eventual. Aunque el sueldo de él apenas les da para sobrevivir, Yanez, de 39 años, quiere seguir apostando por el país. "Emigrar ya es traumático y con un niño chiquito es peor, por toda la magia que uno tiene que hacer para que no se dé cuenta, como en la película La vida es bella". Uruguay le da, ante todo, tranquilidad y la chance de volver a tener una vida en la que la normalidad no sea la excepción sino la regla.

A unas 20 cuadras del monoambiente de Yanez, otra mujer migrante y caribeña desafía el frío montevideano en una habitación un poco más pequeña, aunque repleta de objetos, situada en una pensión en Yaguarón y Nueva York. Su nombre es Yenny María Mateo, es dominicana, tiene 33 años y hace dos que llegó a Uruguay dejando en su país a un hijo adolescente y uno recién nacido en manos de su madre. Mateo no huye de la violencia sino de la pobreza. Sueña con ahorrar dinero para darle una casa a su familia en República Dominicana, aunque de momento solo sobreviva trabajando de encargada de la pensión, en la que las habitaciones cuestan entre $ 7.000 y $ 10.000 por mes.

Junto a ella está Tony Rosario, también encargado del establecimiento, quien vino al país para poder enviar unos US$ 100 por mes a los seis hijos que tuvo con cuatro mujeres, suma que equivale a 20 días de alimentación para su familia en la nación caribeña. Con la suba del dólar, Uruguay ya no le resulta tan conveniente y está pensando en volver a Dominicana junto a su familia, aunque reconoce que es bueno tener una compañera en Uruguay. "Todo el mundo busca a alguien para que el frío no lo coma".

Yanez, Mateo y Rosario son solo ejemplos del flujo de migración caribeña que arribó a Uruguay con fuerza en los últimos años. En cuanto a la cantidad de dominicanos, se estima que unos 5.000 viven en el país, el 90% de los cuales reside en Montevideo, de acuerdo a datos de la Casa del Inmigrante suministrados a El País en marzo. En referencia a los venezolanos, los datos de residencia son recabados por la Dirección General para Asuntos Consulares y Vinculación del Ministerio de Relaciones Exteriores debido a que las personas de los países del Mercosur o de Estados asociados (República Dominicana no lo es) pueden realizar su trámite de residencia en este organismo.

De 15.051 solicitudes de residencia que se hicieron en esta oficina entre octubre de 2014 y abril de 2016, un 14% correspondió a ciudadanos venezolanos, de acuerdo a un informe de esta división. Esto equivale a que unos 2.107 venezolanos pidieron la residencia en el último año y medio, es decir que, en promedio, casi cuatro hicieron este trámite por día.

Según la Dirección Nacional de Identificación Civil, entre enero de 2012 y mayo de 2016, 4.424 dominicanos obtuvieron la cédula. En ese período lo hicieron 4.005 venezolanos. Una mirada detallada a estas cifras deja en evidencia la diferencia entre la inmigración de estos dos países. En el caso de los venezolanos, el pico de inmigración se dio en el último año, ya que entre mayo de 2015 y mayo de 2016 ingresaron más personas de esta nacionalidad (un 51% del total) que en el resto del tiempo analizado. Como ciudadanos del Mercosur, no necesitan más que traer su documentación en regla.

Respecto a los dominicanos, el boom de pedidos de cédula se dio desde mediados de 2013 a mediados de 2014 (en este período se otorgaron 54% del total de solicitudes de los tres años y tres meses analizados). El auge tuvo una caída abrupta en agosto de 2014, cuando solo se procesaron 48. Dos meses antes se habían emitido 448 documentos. Esto es consecuencia de que Uruguay le impusiera por esa fecha la visa a los dominicanos, para tener un mayor control sobre esta población a raíz de su "ingreso masivo" al país, que incluyó casos de trata de personas de esta nacionalidad (ver recuadro en página 8).

"Es una violación a los derechos humanos", afirma sobre esta medida la holandesa Rinche Roodenburg, directora de la ONG Idas y Vueltas, que brinda apoyo a los inmigrantes que llegan al país. "Es terrible para una madre querer traer a su hijo y no poder, porque para hacerlo le exigen la residencia definitiva, que generalmente tarda dos años. De por sí la visa es tremendamente discriminatoria porque dividimos al mundo en países de primera y de segunda". Dominicanos, haitianos, cubanos y ciudadanos de África y Asia son los que necesitan este documento. Entre otros requisitos que se piden para la visa se encuentra la "carta de invitación", en la que quien la realiza asume la responsabilidad por el invitado que ingresa al país. No obstante, Roodenburg destaca la celeridad con la que Uruguay otorga la cédula provisoria.

En los datos de la obtención de la cédula uruguaya puede verse un crecimiento escalonado en las solicitudes de dominicanos de febrero a mayo de 2016. "Me imagino que tiene que ver con que muchos tienen ahora la residencia definitiva y pueden ellos mismos hacer la carta de invitación", dice Roodenburg.

Ayudar a la familia.

Carlos Osuna dice que de su país le gusta su "veranito" y su "playa," pero que ya se está acostumbrando al frío. Enfundado en el gorro y la campera azul de la estación de servicio en la que trabaja, en Canelones y Zelmar Michelini, cuenta que lo que más le duele es tener a la familia lejos, mientras sus ojos miran hacia adelante, como si en el horizonte se cristalizaran sus recuerdos. Osuna, de 35 años, llegó a fines de 2013 porque un compañero le dijo que en Uruguay había mucho trabajo. Su primera intención fue ir a Chile, ya que creía que después del terremoto de 2012 se fomentaba la inmigración dominicana para la industria de la construcción. Luego supo que el país andino les pedía visa desde septiembre de ese año. De Uruguay solo sabía lo bien valorado que era José Mujica en República Dominicana.

Osuna dejó a su hijo mayor en su país (tiene otro en Guyana). Allí trabajaba como chofer de ómnibus. Llegó a Uruguay un martes y tras asentarse en una pensión, al día siguiente ya estaba tramitando su documentación. Le sorprendió la rapidez con la que consiguió trabajo en una empresa de seguridad, a través de un amigo que lo recomendó. Cobraba unos $ 23.000 por mes. Eran 12 horas por día, seis días a la semana, pero eso no le quitaba el sueño. Lo importante era poder mandar entre US$ 100 y US$ 200 por mes a su país. "Nosotros tenemos menos gastos que ustedes, hacemos durar la comida tres días. Uruguay es más caro, pero por lo menos con lo que ganamos tenemos para sobrevivir. En Dominicana el salario mínimo es de unos US$ 200", explica Osuna. Después renunció para irse dos meses a su país y cuando volvió consiguió trabajo en la estación de servicio.

Al principio la adaptación le costó mucho, especialmente por tener que vivir en pensiones, algo que no había imaginado. En la actualidad acude a sitios de comida y música dominicana, dice no probar la comida uruguaya y pone cara de asco cuando se le nombra el mate: "Me hago mejor un té de jengibre y me caliento".

Su colega César Beltre también trabaja allí. De 25 años, dejó a su familia en Dominicana y llegó a Uruguay porque su hermano, también empleado en la estación de servicio, lo convenció. Emigrar "es fuerte", comenta, pero "por su mejoría hasta su casa dejaría", dice, como si el refrán fuera un mantra que hubiera repetido cientos de veces. Tanto Beltre como Osuna reconocen que si hubieran sabido cómo iban a ser las cosas quizás no hubiesen venido, o al menos lo hubieran hecho "con la mente preparada". Beltre confiesa que lo trataron "como a un perro" en su primer trabajo en Uruguay, en el área de limpieza, y sueña con vivir en Nueva York. Osuna espera poder abrir un negocio en Santo Domingo.

"A muchos les cuesta adaptarse", afirma Roodenburg. "Si tienes un contacto superficial con ellos te van a decir que está todo bien. Pero teniendo una relación de confianza te das cuenta que no. Muchos viven en pensiones que son una inmundicia, en las que no tienen dónde cocinar, donde no hay calefacción".

Dos estudios sobre la población dominicana en Uruguay coinciden en algunas valoraciones: suelen llegar al país de manera individual, sin tener mayor conocimiento sobre el país y con las expectativas altas a partir de la recomendación de otros, pero luego, al llegar, se decepcionan por la dificultad para conseguir vivienda. Suelen encontrar trabajo con relativa facilidad, pero en sectores como limpieza o seguridad, y las mujeres como empleadas domésticas y en supermercados. Es habitual que sufran discriminación por el color de su piel. Suelen vivir en el Centro, La Aguada, Cordón y Camino Maldonado.

"La mayoría está pensando en salir de Uruguay", sostiene Felipe Arocena, experto en multiculturalismo y profesor del Departamento de Sociología de la Universidad de la República (UdelaR), quien lleva adelante junto a un estudiante de la carrera, Sebastián Sansone, una investigación sobre la población dominicana. El motivo por el que muchos se han ido y otros planean hacerlo no es solo por la dificultad que les impone la visa, sino por la disminución de la cantidad de dinero que pueden enviar a su país, por la suba del dólar en estos últimos años. De acuerdo a Arocena, la gran mayoría trae una formación secundaria o técnica.

Pese a las duras situaciones que los dominicanos tienen que enfrentar cuando llegan al país, en la actualidad muchos conformaron familias, han podido establecerse y mejorar sus condiciones de vida, afirma la antropóloga de la UdelaR Pilar Uriarte, con vasta experiencia en el trabajo con población migrante. Tony Rosario, de la pensión de Nueva York y Yaguarón, cuenta en este sentido que de las 29 habitaciones, muchas están desocupadas y la mayoría las ocupan uruguayos, ya que muchos dominicanos consiguieron mudarse a apartamentos. Sin embargo, un problema que afecta a la población migrante en general son las garantías, que suelen requerir un salario mínimo no tan fácil de ganar (para un alquiler de $ 12.000, por ejemplo, Porto Seguro pide un sueldo de $ 40.000 y que el alquiler no supere el 30% del ingreso nominal).

Uriarte señaló que se realizaron dos intervenciones el año pasado en La Aguada a partir de quejas de vecinos por la música y el uso de los espacios públicos de los dominicanos. "Son personas que viven en pensiones compartiendo cuartos de a cuatro o de a ocho, en residencias donde no hay ni comedor ni cocina; la gente busca lugares donde poder conversar".

En cuanto a los apoyos del Estado, Federico Graña, director nacional de Promoción Sociocultural del Mides, indica que no hay políticas de este ministerio para la población migrante, a excepción del acompañamiento a algunos para el proceso de certificación de identidad. No obstante, las personas que están en situación de vulnerabilidad social entran en beneficios que otorga el ministerio, como los refugios, la Tarjeta Uruguay Social o la tarjeta alimentaria del Inda. Uriarte sostiene que se requiere que el Estado tenga planes específicos para los inmigrantes.

Para buscar trabajo, muchos dominicanos apelan a la recomendación de otros coterráneos. A su vez, en varias ocasiones una empresa que contrata a un dominicano le pide que recomiende a alguien conocido, debido a la gran capacidad de trabajo de esta población. Así le ratifican Joaquín López y Diego Fernández, encargados de la estación de servicio de Canelones y Zelmar Michelini, quienes dicen haber recibido pedidos de recomendación de dominicanos de otras estaciones. "Resultaron mejores que los uruguayos: son cumplidores, simpáticos y no llegan tan tarde", explica López. El dueño de un local de comida rápida en Cordón, quien prefirió no ser nombrado, señala lo mismo. Tiene cinco empleadas, todas mujeres dominicanas. "Poseen una cultura de servicio enorme", afirma.

Un país tranquilo.

La venezolana Camila González dejó en su país a parte de su familia: su hija, de 10 años, y su madre. Sin embargo, su situación es bastante diferente a la de sus vecinos caribeños: sus familiares vendrán en octubre y, para cuando lleguen, González tendrá su casa equipada. Desde que llegó al país hace un año, transformó su hobbie en profesión y se convirtió en especialista en uñas esculpidas, después de haber detectado que era un mercado con poco desarrollo en el país. Trabaja de forma independiente y además fabrica el relleno de las arepas, una especie de paté de jamón. "Somos muy emprendedores. Lo que pasa es que nos gusta la plata", bromea esta mujer de 37 años y mirada chispeante en la peluquería del Centro en la que atiende.

La población venezolana, que viene en gran parte con formación universitaria o terciaria, sufre en muchos casos el no poder trabajar de sus profesiones y tienen que conformarse con puestos de menor jerarquía. González, por ejemplo, está recibida en Relaciones Públicas y trabajaba como vendedora de viajes en Venezuela. Otro es el caso de un venezolano que prefirió no dar su nombre, que está recibido en el área de administración pero se desempeña como guardia de seguridad. Su esposa es odontóloga, pero trabaja en un minimercado ante la dificultad de revalidar su título, proceso que puede tardar meses pero también varios años, dependiendo de la facultad.

De acuerdo a Federico Muttoni, director de la consultora de recursos humanos Advice, los venezolanos son los segundos en el ranking de extranjeros que postulan en esta empresa, siendo históricamente los argentinos los primeros (hoy están en el mismo nivel). A partir del año 2014 se produce una mayor postulación, la cual se duplicó en 2015 y sigue creciendo en 2016. "Están cubriendo numerosas vacantes en atención de clientes en locales comerciales en shoppings y negocios de retail", sostiene Muttoni.

González nombra varias situaciones de discriminación hacia ella y sus conocidos venezolanos, como cuando fue a atenderse a Salud Pública y una mujer se quejó de que los inmigrantes se llevaban todos los números. Sin embargo, se siente muy integrada y habla de la amabilidad y la cultura de los locales. "Es fácil sociabilizar con el uruguayo, es muy solidario pero a la vez es cerrado a sus grupos afectivos".

Erika Yanez tiene la misma impresión. Al igual que González descartó la opción de irse a Argentina por la situación político-económica y le llama la atención la predisposición quejosa del uruguayo. Ellas se sienten cómodas en el país y lo ven como el reverso de Venezuela: un lugar donde caminar solas de noche no sea un acto suicida, donde las manos no les transpiren por miedo, donde no tener que hacer malabares para alimentarse.

Yanez dice sentirse muy satisfecha con los servicios que le provee el Estado uruguayo. "Recibo una asignación por hijo de $ 1.200. Soy resistente a la insulina, necesito un tratamiento y tengo acceso en el servicio que da Salud Pública. Yo no quiero más ayudas del Estado, yo quiero tener mi trabajo". González coincide: "Solo queremos una oportunidad para salir adelante. No vinimos a hacer dinero. Este es un país para estar tranquilos".

Dominicanas encabezan víctimas del Mides por trata.

La trata de mujeres es una situación preocupante respecto a la población dominicana en Uruguay. De acuerdo a Sandra Perroni, integrante de la ONG El Paso y Coordinadora del Servicio Público de Atención a Mujeres en situación de trata con fines de explotación sexual del Mides, un 80% de las mujeres que llegaron a este ministerio en 2015 eran de esta nacionalidad. La proporción se mantiene en lo que va de 2016. "También se han dado algunos casos de trata para explotación laboral", asevera. Entre 2011 y 2016 se atendió a unas 400 mujeres, pero el año pasado el servicio que coordina Perroni se vio desbordado con la llegada de 120 víctimas. "A un número muy grande no pudimos brindarle toda la asistencia posible".

Según la experta, la prostitución de dominicanas suele darse en un marco de explotación.

Con respecto a la visa que Uruguay estableció para República Dominicana en 2014, Perroni afirma que "no soluciona el problema, ya que siguen emigrando pero quedan más expuestas".

Según la experta, la forma de reclutamiento que utilizan las redes de trata implica por lo general el engaño, e involucra tanto a dominicanos como a uruguayos. En diciembre de 2014, por ejemplo, fueron procesadas con prisión cinco personas por tráfico de mujeres desde República Dominicana para ejercer la prostitución en Minas y Treinta y Tres (tres dominicanos y dos uruguayos).

Talento de Venezuela en el Ballet del Sodre.

Mail decisivo. Gunilla Álvarez sentía que era hora de marcharse de Caracas, por la situación del país y porque había llegado a un tope laboral, tras años de experiencia como stage manager (encargado de los rubros técnicos de un espectáculo). La crisis afectó a la creatividad venezolana, dice. "Se te cortan las alas del sueño cuando te faltan cosas básicas". Decidió tramitar la visa para Estados Unidos y para ello pidió referencias a Julio Bocca de un trabajo que habían hecho. Poco después, el entonces director general del Auditorio Nacional del Sodre, Gerardo Grieco, le ofreció ser la stage manager del ballet. La acompañan sus dos hijos y su marido, Alberto Vergara, quien era director en el Sistema de Orquestas de Venezuela, y en la actualidad trabaja en la orquesta juvenil del Sodre. Álvarez, hija de la cantante Morella Muñoz, disfruta el haber recuperado algo tan básico como la contemplación: "El placer de sentarte en la rambla y mirar el agua".

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