VIDEO

El ladrón que quiere ser edil: la nueva y feliz vida de Vitette en San José

Luis Mario Vitette disfruta de su libertad en San José. Para demostrar que su reinserción va en serio, abrió una joyería, se casó por tercera vez, tuvo otro hijo y sueña con ser edil. Adicto a la fama y a los medios, cada semana da una entrevista en la que repite que ya no roba y que es un hombre nuevo. Pero no todos le creen.

El ladrón más famoso del mundo vive en una casa impenetrable, custodiada por tres perros, 16 cámaras, seis columnas que sostienen 12 reflectores, rejas, una instalación eléctrica alternativa, un sensor en el techo y otro en el piso. Es la caja fuerte que se construyó para iniciar una nueva vida, libre, a los 62 años, con una esposa de 24 y un hijo de uno. Luis Mario Vitette instaló su hogar en una zona rural, en una ciudad tranquila, pero solo puede dormir si está protegido por el mismo sistema de seguridad que usan los bancos. Un escenario irónico para una estrella del delito que se jacta de no haber devuelto algunos botines. La contracara de añorar el sosiego de una vida buena, y mantenerse empecinado en avivar la llama de un pasado grande, aventurero, extremo, que la mayoría de nosotros únicamente imagina con los rostros de personajes de ficción: esos delincuentes románticos, de mentes brillantes, buen porte y enorme sentido del humor. En la tranquilidad de las calles de San José, su ciudad natal, este bandido retirado pasa los días como si fuera uno de ellos.

Se hizo ladrón la primera vez que estuvo preso, en 1980, en la cárcel de Punta Carretas, por un homicidio que aún no se atreve a recordar. Es demasiado doloroso, "lo peor que me pasó", dice. Ese fue el origen de un destino delictivo que lo convirtió en un hombre triste, pero que él, con el tiempo y la ayuda de la prensa, se encargó de disfrazar con una sucesión de anécdotas divertidas y fascinantes. Para algunos su discurso es una genialidad y, para otros, apología del delito.

Vitette es un hombre que eligió contarse una y otra vez en los medios para sobrevivir, mantenerse joven y quitarles gravedad a sus pecados. Es, a su manera, un héroe de acción pop, que busca consagrarse como un personaje histórico mediante el festejo de los otros. Quiere ser el más querido de los ladrones. El más admirado de los presos. Es una celebridad que redimensionó la estafa como una forma de perdurar en el tiempo.

Mario Vitette quiere ser candidato a edil. Foto: Fernando Ponzetto.
Mario Vitette quiere ser candidato a edil. Foto: Fernando Ponzetto.

—Cuando perdiste tanto tiempo preso, lo único que te queda es vivir 10 vidas en una —dice.

En 1985 se fugó de Punta Carretas y huyó a Buenos Aires. En los 90, adicto a varias drogas y al alcohol, saltó azoteas robando apartamentos. Se rumorea —y él confirma a medias palabras— que le robó joyas a Mirtha Legrand. En el 2000 asaltó a corredores de bolsa y escribanías. Incluso usó las identidades de sus víctimas al menos en siete ocasiones. En 2006, junto a otros socios, vació 145 cajas fuertes del Banco Río de Acasuso, sin armas y sin heridos. Robó 19 millones de dólares y 80 kilos de joyas, retuvo a 23 rehenes y se escapó por un boquete que conducía a un túnel pluvial. Fue el robo del siglo.

En Argentina, a "Marito" lo recuerdan como uno de los grandes nombres del hampa, por eso decenas de conductores televisivos suelen llamarlo para que opine de otros atracos. Sin embargo, ahora que está libre, es esposo, padre y tiene un negocio, siente miedo de que algún "loquito" le entre a robar y acabe con su paz.

—Les tengo miedo a los retardados que se fuman un porrito y se creen que tengo 10 millones escondidos en una maceta —dice. Pero ya lo dije una vez: robarme a mí es tan difícil como sacarle la pelota de entre las piernas a Maradona.

Adicción a la fama.

Luis Mario Vitette se hizo famoso la última vez que estuvo preso, luego de robar el banco. Tanto, que tiene algunas frases y letras de canciones patentadas, por las que cobra derechos de autor. Abrió su cuenta de Twitter y de Facebook desde su tablet, en una cárcel, por recomendación de un periodista. En la primera red tiene 17.000 seguidores y en la segunda, 5.000. De vez en cuando le pide a un community manager que lo asesore acerca de cómo mejorar su imagen pública, ya que cada semana lo entrevistan uno o dos programas de televisión, radios, periódicos, revistas y portales de internet. Él guarda cada una de las publicaciones porque dice que la fama le ayudó a conquistar su verdadera libertad.

Se podría decir que la verborragia lo llevó por el mejor camino posible dentro del delito, es decir, uno mucho menos violento. El cronista argentino Rodolfo Palacios entrevistó a los ladrones condenados por el asalto del Banco Río para su libro Sin armas ni rencores. Allí, el ideólogo del robo, Fernando Araujo, recordó a Vitette como un hombre con una voluntad incomparable y mucho carisma. Por eso lo eligió para negociar con la Policía. El día del atraco su trabajo fue entretener durante cuatro horas a 300 efectivos mientras el resto del grupo vaciaba las cajas. Debía actuar como un embaucador. Para no dejar ningún cabo suelto, se inscribió en un curso de teatro.

Vitette aún conserva el famoso traje con el que robó, que fue hecho en San José. Foto: F. Ponzetto
Vitette aún conserva el famoso traje con el que robó, que fue hecho en San José. Foto: F. Ponzetto

El robo fue planeado durante un año. Cada integrante aportó lo suyo a su personaje, pero ninguno tanto como Vitette. Además de la preparación teatral, usó un traje gris, kipá, bigotes falsos y unos lentes que todavía conserva y piensa vender a un buen precio, porque según él son una reliquia.

—Queda feo que lo diga, pero por mi parla y mi aspecto, con un traje y una corbata yo franqueaba cualquier puerta. Lo que hacía era recorrer, elegía a quién robar, le hacía "la inteligencia" al local y le tocaba el timbre ¡Cuando yo entraba a robar me abrían la puerta! —dice sonriente, extendiendo sus manos con las uñas recién hechas en la peluquería.

El hombre nuevo.

Esta mañana en San José, Vitette está decidido a ser un anfitrión inolvidable. Es encantador y engreído. Saluda a cada vecino y también lo saludan a él. Le gritan "capo", "ídolo", "maestro". Por acá se dice que cuando se supo que volvía, el 70% del pueblo festejó. El resto, fastidiado, temió que una vez más arruinara la buena reputación de una ciudad plácida.

Durante la charla propone invitar el almuerzo, lanza declaraciones que podrían ser titulares y anuncia una primicia: tiene aspiraciones políticas. Le gustaría ser edil o intendente "para luchar por el bien común" como hizo antes, en las cárceles, por sus compañeros. Un político de un partido tradicional le hizo la propuesta. Y también le pidió "algo de plata para arrancar la campaña". A Vitette todos quieren cobrarle más caro, por eso cuando hace negocios y pide presupuestos usa el nombre de su esposa.

Cada día, a las ocho de la mañana, abre la puerta de su joyería especializada en el arreglo de metales y relojes antiguos, una tarea que aprendió en su primera estadía en prisión, gracias a un guardia que accedió a comprarle un libro en cuotas. Vitette no se conformó con la lectura, dio un paso más y solicitó que la UTU le tomara examen en el penal. Una tarde, durante una visita, sorprendió a su padre con el título, el mismo que ahora luce en una de las paredes de su local.

La joyería Verde Esmeralda es tan segura como su hogar. Una canción de Madonna se mezcla con el sonido de varios relojes cucú que recuerdan, debido a su constancia, a las sirenas de las cárceles. Cuenta que abrió el negocio en 2014 para ayudar a su hija y su yerno, recientemente acusado de narcotráfico. A pesar de las buenas ventas, Vitette está furioso porque el operativo policial en el que cayó su yerno fue nombrado como su empresa: Esmeralda. Está convencido de que es otro intento del ministro Eduardo Bonomi por verlo fracasar.

—Todas sus frustraciones se las desquita conmigo— asegura. Me cerró las cuentas bancarias, no me permite portar armas (aunque tengo derecho por tener una joyería) y me denunció por apología del delito. Quiere que mi reinserción fracase y vuelva a delinquir. Pero eso no va a pasar. Lo que él no sabe es que yo también tengo oídos en el ministerio.

Este ladrón retirado dice que disfruta de reparar relojes antiguos, una habilidad que cree que es innata. Foto: F. Ponzetto
Este ladrón retirado dice que disfruta de reparar relojes antiguos, una habilidad que cree que es innata. Foto: F. Ponzetto

Asegura que intervinieron sus teléfonos, que el gobierno tiene que ver con que su cantidad de seguidores en Twitter no haya aumentado en los últimos dos años y que ordenó que un helicóptero sobrevolara su casa la semana pasada.

Verde Esmeralda se inauguró con fuegos artificiales y la actuación de una comparsa. Vitette quería un gran espectáculo porque el evento fue registrado por distintos canales regionales, CNN y una cadena de noticias serbias. Todos mordieron el anzuelo de su provocación, porque varias de las joyas que robó en su antigua vida nunca aparecieron. Vitette dice, una vez más, que pagó por cada piedra preciosa que tiene en exhibición.

Una vez, para la foto de portada de una revista, posó con seis anillos de diamantes en los dedos. Esta tarde lleva dos, uno de ellos es la alianza de su casamiento, que construyó con sus propias manos. La argolla tiene grabado el nombre de Elicet. En el cuello lleva un crucifijo de marfil que perteneció a su padre. En la muñeca izquierda, una pulsera de oro. En una de las orejas, una caravana de plata con nácar. Vitette usa joyas por la misma razón que lo hacen los raperos: para demostrar que tiene con qué.

Detrás del ídolo.

Los tesoros de la joyería son dos relojes cucú: uno comprado en Nueva York, que perteneció a su madre, y otro alemán, que tiene más de 200 años y él desarmó para arreglar. Con las mismas manos con las que cavó túneles, hace girar la delicada manivela de una vieja cajita musical que toca la melodía de Loreley. Es el corazón del mecanismo que está en plena reparación, con esas tuercas a flor de piel, bellas e inútiles. Hacer el intento de desentrañar el repetido discurso de este ladrón es tan complejo como querer hacer andar uno de estos relojes sin saber qué pieza tocar primero.

Quizá sea su honestidad brutal —la que lo impulsa a contar que robó incluso en salidas transitorias, o que durante su último año preso veía DirecTV con las autoridades, o que está ofendido porque el Papa Francisco aún no quiso lavarle los pies a él, que es "el ejemplo del pecador manifiesto"— la que provoca que decenas de desconocidos se fanaticen con su personalidad. Algunos se tatuaron su nombre, otros le piden besos o algún anillo que haya usado. Hay quienes estampan sus frases en remeras, como "yo robé para ser, no para tener". Hubo policías que lo visitaron para pedirle fotos y uno que, al reconocerlo, le perdonó una multa por exceso de velocidad. Lo más insólito fue cuando en la cárcel de Devoto, un preso "enorme, feo, todo cortado, todo tatuado" llegó gritando que era su hijo.

—Robar fue mi manera de ser, fue mi razón de vida. Yo por esa época consumía una bolsa de cocaína, un litro de vino y tres cajas de cigarros por día. Creía que disfrutaba, ¿pero qué iba a disfrutar estando así? Un día dejé todo. ¿Sabés lo que es una cárcel? Es una tumba, es la ausencia de vida. Lo que pasa es que tengo la capacidad de dar vuelta la página. Yo le ordeno a mi mente que elimine todos esos recuerdos que no me gustan— dice.

Vitette maneja un Hyundai FX. Coupé negro al que bautizó El rayo negro, un auto demasiado ostentoso para una ciudad tan discreta. Se detiene en la casa en la que nació. A la derecha hay otra, de baldosas rojas, que también perteneció a su familia. Al costado estaba el almacén de su padre. En la esquina, la institución donde estudió inglés, y a un par de cuadras el lugar donde aprendía guitarra. Su familia también tenía un bar.

Fue criado para ser un hombre común, feliz, respetable. A los 20 ya estaba casado y tenía dos hijos, pero las drogas lo hicieron un padre ausente. No recuerda haber dormido ni una sola noche con sus hijos. Toda esa vida errática quedó atrás cuando atropelló a un pistero en una estación de servicio y por primera vez pisó una cárcel. Lo que siguió, dice, "fue una consecuencia".

El buen marido.

Luis Mario Vitette solo usa ropa interior y medias de color blanco. Si la ropa se pone amarillenta, la tira. Y tiene dos exigencias: todas sus prendas se cuelgan en perchas y se cubren con una funda de nylon. A fines de 2013, cuando volvió a San José, sus caprichos revolucionaron a los lavaderos locales. Elicet, su esposa 38 años menor, era empleada en uno de ellos. Apenas lo veía bajar de su camioneta, "caminando como un compadrito", se escondía, porque no soportaba su soberbia. "Lo odiaba tanto que le maltrataba la ropa", cuenta ahora, mientras sirven la mesa juntos.

—No me daba ni la hora, pero le pregunté si podíamos salir un día y la invité a comer torta fritas. Le traté de dar un beso y se puso furiosa. Bueno. Probé otra vez. La invité a tomar mate. Yo tenía puesta una caravana con un diamante y le dije que el diamante estaba perfumado. Jodeme, me dijo ella, y yo le dije: de verdad, olé si no me crees, y cuando se acercó le encajé un beso —cuenta Vitette.

Con ese tipo de audacias la conquistó.

—Nadie lo conoce mejor que yo —asegura Elicet con seriedad. Yo a él lo pruebo cada segundo, cada minuto, cada día lo estoy probando. Yo le di un voto de confianza, porque todo lo que hizo antes de conocerme a mí, lo detesto.

En la vidriera de la joyería, a la venta, hay un anillo que Elicet se negó a usar porque era demasiado costoso para ella, que prefiere las alhajas que se venden en las farmacias por menos de 100 pesos. Lo único valioso que se permite lucir es la alianza de bodas que no dice Mario ni Marito: dice Luis. Es que su mujer odia al personaje que arma su marido cada vez que tiene a una cámara enfrente. Al único que quiere es a Luis Mario, es decir, su parte más auténtica. Es así como lo llama su familia y como lo conocían en San José antes de que su nombre apareciera en las noticias policiales.

La faceta más entreverada de Vitette es cuando se disocia entre Mario y Luis Mario. El primero es engreído, se maquilla, se hace las uñas y se tiñe el pelo. El segundo es un hombre solitario, triste, que acompaña a Elicet y cuida al pequeño Lucciano. Ese no se deja ver por desconocidos. Mucho menos por periodistas. Ese es el que quiere aferrarse a su libertad usando a su "joven, bella, adorada y leal esposa" como ancla.

En el patio de su casa blindada, Vitette cuenta que escribió un guión acerca de una relación que tuvo con una mujer paralítica. Y dice que le gustaría asesorar al actor que va a interpretarlo en otro film que se va a rodar recreando el robo del siglo. Ese actor es una gran estrella, pero no quiere decir su nombre.

—Vos siempre acordate: vende más el libro del misterio que el misterio— aconseja con picardía.

Le pregunto si no será que ya no le alcanza con repetir sus recuerdos que ahora está buscando en el cine otra forma de estar vivo para siempre.

—No. Yo quiero contar esta historia porque es linda. ¿Sabés lo que sería lindo? Tener una muerte memorable, porque según como te mueras…

—¿Es como viviste?

—La vida es otra cosa. Loco, ¿no estaría buenísimo poder morirse de amor?

Un buen alumno en las cárceles de dos orillas.

Dice que estuvo preso en demasiadas cárceles, pero nunca aclara en cuántas. En la de Punta Carretas aprendió relojería gracias a un guardia que le compró un libro. Vitette usaba la plata que le enviaba su padre para pagarle en cuotas. Unos años después, en Argentina, mientras estuvo detenido en la cárcel de Devoto, estudió derecho, apicultura, reparación de computadoras, diseño y animación gráfica, teatro, expresión corporal y arreglos florales. Finalmente, en los cuatro años que penó por el robo al Banco Río, dice que "aprendió a ser famoso y popular".

El recuerdo del día que un país entero no olvidará jamás.

La crónica de cómo ocurrió el robo del siglo se convirtió en una leyenda. Se transmitió en vivo por televisión, por eso es habitual que la gente recuerde qué estaba haciendo el viernes 13 de enero de 2006, cuando un grupo de ladrones disfrazados de clientes ingresó al Banco Río de Acasuso, en la adinerada ciudad de San Isidro (Provincia de Buenos Aires). Adentro había 23 personas que fueron tomadas de rehenes. Unos 300 policías cercaron el lugar. El Grupo Halcón fue el encargado de negociar; del otro lado del teléfono estaba Luis Mario Vitette, apodado "el hombre del traje gris" debido a la vestimenta que usó para la ocasión. Otro de los bandidos se puso una túnica de médico y una peluca, y el resto vistió camperas con capuchas. El robo fue planeado por Fernando Araujo, que convocó a Vitette y lo convirtió en su mano derecha. Usaron armas de juguete y antes de huir dejaron una nota junto a las 145 cajas fuertes que vaciaron. El texto decía: "En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es solo plata y no amores". Lo escribió Araujo como homenaje a otro ladrón de bancos famoso: el francés Albert Spaggiari. El robo del Banco Río fue histórico porque por primera vez combinó la toma de rehenes con la construcción de un boquete, que en este caso conectaba con un túnel pluvial por el que huyeron en dos gomones. Cuando la Policía ingresó, ellos ya estaban lejos, festejando el botín de 19 millones de dólares y 80 kilos de joyas que habían robado. La alegría no duró mucho, porque la esposa de uno de los ladrones, celosa de la amante de su marido, los delató. Así y todo, buena parte del dinero nunca se recuperó, incluida la parte de Vitette.

Una ley lo salvó de estar 25 años tras las rejas

En mayo de 2010, el Tribunal Oral en lo Criminal 1 de San Isidro (Argentina) dictó condena para cinco integrantes de la banda del robo del siglo. Luego se supo que había otros dos implicados que no fueron delatados. Luis Mario Vitette tuvo su segundo juicio en agosto de 2011, en el que aceptó cumplir una pena de 21 años y medio. Como ya había cometido otros delitos en ese país, la pena se unificó y quedó en 25 años.

También en 2011, Vitette recurrió a la Ley Nacional de Políticas Migratorias, que estipula que aquellos extranjeros que cometan delitos graves y sean condenados a más de tres años de prisión, pueden ser expulsados del país al cumplir la mitad de la pena. La jueza a cargo del caso negó la petición en dos ocasiones hasta que, en 2013, el juez Marcelo Peluzzi la aceptó.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)