Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Cárcel de plástico

Vamos bien. Ante el lamentable fallecimiento de un trabajador en el área vinculada al tratamiento de basura —aparentemente por omisión culposa de medidas de seguridad— merced a una huelga municipal, y al Día de los Municipales, en el que no trabajan nuestros empleados del sector, se han acumulado en Montevideo unas 12.000 toneladas de basura ¿Esto no es ir bien?

Vamos bien. Ante el lamentable fallecimiento de un trabajador en el área vinculada al tratamiento de basura —aparentemente por omisión culposa de medidas de seguridad— merced a una huelga municipal, y al Día de los Municipales, en el que no trabajan nuestros empleados del sector, se han acumulado en Montevideo unas 12.000 toneladas de basura ¿Esto no es ir bien?

Expresado lo anterior, una materia ineludible es la cárcel de plástico que supone la llamada ley de bancarización. No llega sola, lo hace en el marco de una idiotez latinoamericana ( Apuleyo Mendoza, Carlos Montaner y Alvaro Vargas Llosa, dixit) que ha signado la gestión de la década perdida en marcha, que ha sentado perjuicios de proyección inconmensurable al país, que han empezado a sentirse, entre otras cosas con la notoria paralización de las inversiones argentinas en Punta del Este.

La destrucción se ha ejecutado por el “equipo económico” del frentismo, plagado de prejuicios. Lo más grave es que la línea de acción seguida es un mandado a los intereses extranjeros más graves y dominantes de las realidades económicas y financieras mundiales. En esta línea, entre otros se inscribe el seguimiento a rajatabla de las órdenes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) club de poderosos y la sumisión a los deseos del corrupto gobierno argentino.

Así, lesionamos nuestro secreto bancario, derogamos el régimen de sociedades “off shore”, perjudicamos el anonimato de nuestras sociedades anónimas, dejamos al Juez argentino Oyarbide —separado hoy del cargo por denuncias de corrupción— ingresar a un banco extranjero, el Royal Bank of Canada, secuestrando decenas de computadoras (obviamente el banco se fue del país por no poder mantener la confidencialidad de sus cuentas), acordamos dar información tributaria a Argentina y —para no abundar— el frente sancionó recientemente la ley del dinero plástico.

Todas estas medidas integran un plan mundial de control de la población planetaria redoblado raudamente por el gobierno del Presidente George Bush tras al asalto a la Torres Gemelas, que le permitió —Patriot Act mediante— tener al pueblo de su país en régimen continuado de medidas de seguridad, con controles abusivos a todos los pasajeros en oficinas de inmigración de todos los puertos y aeropuertos del orbe, invadir Irak con la excusa de la falsa existencia de armas químicas, y abreviando, disponer el contralor de la gente con sistemas fiscales como el mamarracho del impuesto a la renta individual de Vázquez y Astori —que es un espionaje sobre la realidad económica-los ingresos brutos— de los ciudadanos.

En esta línea, en la que un celular apagado permite con instrumentos adecuados escuchar una conversación de personas reunidas físicamente, con los GPS, los IPads, las escuchas telefónicas, el uso de internet en sus múltiples redes, Google que lleva un control electrónico que almacena todo lo que por allí pasa y en el que cada usuario tiene adjudicada una casilla para juntar sus actividades; el dinero electrónico para pagar salarios y hasta compras de inmuebles es una invasión de la individualidad para conocer de forma inevitable, desde qué papel higiénico usa cada personas hasta qué casa o auto compra, o que tiene en sus cuentas bancarias, información que pasa al manejo de servicios policiales del gobierno de distinta índole y obviamente al de sistemas mundiales de recolección de información sobre las personas que trasciende las fronteras.

Vamos fenómeno.

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