Álvaro Ahunchain
Álvaro Ahunchain

Una ruleta rusa

El sábado se informó que la fiesta electrónica que se celebraría al día siguiente, en el predio de la Rural del Prado, contaría con puestos de control de calidad de las drogas de síntesis. Se trata de pastillas ilegales, producidas y vendidas clandestinamente, que la Junta Nacional de Drogas, en su sitio web, recomienda explícitamente no consumir.

El sábado se informó que la fiesta electrónica que se celebraría al día siguiente, en el predio de la Rural del Prado, contaría con puestos de control de calidad de las drogas de síntesis. Se trata de pastillas ilegales, producidas y vendidas clandestinamente, que la Junta Nacional de Drogas, en su sitio web, recomienda explícitamente no consumir.

Algunos medios celebraron la iniciativa de los organizadores del evento, por animarse a poner en práctica la política de reducción de daños, de uso en Europa. El Estado se declara incapaz de prevenir el consumo de estas sustancias en un espectáculo público (que recientemente en Argentina cobraron la vida de cinco jóvenes, uno de ellos uruguayo), pero los organizadores privados dan un paso más hacia su naturalización: colocan puestos donde expertos analizan las muestras que lleva la gente, solo para desaconsejar el consumo de aquellas que presenten componentes peligrosos, como si las “aprobadas” fueran inocuas. Es obvio que al mismo tiempo estimulan un mayor consumo, porque bajan la percepción de riesgo. Y de paso, las botellitas de agua a cien pesos se venden como pan caliente.

La iniciativa tuvo al menos un logro destacable: en cuatro horas fueron emitidas tres alertas por drogas adulteradas: una provenía de pastillas con forma de Winnie the Pooh, imagen muy apropiada para atraer a adultos conscientes de sus decisiones de consumo.

No voy a extenderme en la crítica a los empresarios que hacen su negocio y que, con esta medida, al menos se cubren de provocar una tragedia como la de Buenos Aires. Porque además, cuando se les inquiere por qué no ponen el mismo empeño en destinar personal de seguridad que impida la venta de la droga, argumentan que el público no la compra allí…

Lo que me pregunto es qué está haciendo el Estado, aparte de un folleto y unos afiches cargados en la web de la JND. ¿Existen campañas en los medios de comunicación para informar a los jóvenes que esta basura afecta su salud? ¿Se colocan grandes carteles de advertencia en el predio del evento? ¿Hay alguien en el sistema político y educativo que explique a los consumidores que, con esta simpática costumbre, están haciendo el caldo gordo a los narcotraficantes? ¿Tenemos que aceptar pasivamente que los muchachos deban empastillarse para escuchar música? ¿Tanto celo en retirar la sal de las mesas de los boliches y tan poco en prevenir este ilícito masivo? En respuesta a la indignación que expresé en las redes sociales, el uruguayo Guillermo Chiribao formuló una definición perfecta: “legalizan la ruleta rusa”.

Quienes, fundados en la estricta evidencia médica, nos rebelamos a que se minimice la gravedad de este consumo, solemos ser acusados de terroristas, viejos conservas que no entendemos a los jóvenes y queremos meterlos presos. Y sacan a relucir el argumento falaz de que la prevención del consumo y la represión del tráfico son causas perdidas.

En la tardía posmodernidad yorugua, para ser progre hay que aceptar lo inaceptable: que un puñado de narcos curre con la salud de miles de chiquilines y adultos. Que el Estado se abstenga de cumplir su misión de prevención y control, y que los privados tapen la hemorragia con una curita. Es coherente: a algunos les conviene que más gente, en lugar de desarrollar pensamiento crítico, ponga su mente en Plutón.


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