INCREÍBLE HISTORIA DE AMOR FILIAL

Viajó desde Lisboa a Uruguay para donarle el riñón a su hija

Desde hacía 10 años se sometía a diálisis; la operación duró cinco horas.

Miguel junto con su hija Stella Maris a pocos días de la operación. Foto: F. Ponzetto
Miguel junto con su hija Stella Maris a pocos días de la operación. Foto: F. Ponzetto

Stella Maris Rodríguez tenía 19 años cuando sufrió un pico de presión que le depararía serias consecuencias. Cuando fue internada, los médicos le dijeron que padecía insuficiencia renal producto de que sus riñones no se habían desarrollado como debían. "Eran pequeños, como los de una niña", dice. A pesar de ello pudo seguir realizando una vida normal. "Estudié enfermería y empecé a trabajar en el Hospital Pasteur", cuenta.

Pero hace 9 años su situación cambió. "En esa época tenía 28 años y estaba muy flaca; pesaba 43 kilos. Un día cuando estaba saliendo de mi trabajo en el hospital, una compañera me miró y me dijo que tenía un color horrible, que fuera con ella que me iba a sacar sangre".

El examen arrojó que tenía un nivel de hemoglobina de 5 gramos cuando el valor normal está por encima de 11.

"Mi compañera, sorprendida, me preguntaba si no tenía falta de aire o algún otro síntoma y yo le contestaba que no, que no tenía nada, que me sentía normal", dice. Inmediatamente salió del trabajo y se dirigió al Hospital Evangélico.

"Cuando llegué me internaron. El médico me dijo que estaba en la línea entre la vida y la muerte y tenía que decidir qué tipo de diálisis quería realizarme", explica. "Mis riñones no funcionaban".

De las dos opciones —la hemodiálisis en un centro médico, o la diálisis ambulatoria— eligió la segunda por considerar que de esa forma "podía tener mejor calidad de vida", aunque requería cuidados extras.

Antes de "conectarse y desconectarse" para realizarse la diálisis debía colocarse un tapabocas, lavarse bien las manos e impedir toda corriente de aire. "En el momento de conectarte y desconectarte nadie podía entrar a la habitación porque podías agarrarte una infección. Yo tuve dos peritonitis químicas o secundarias, como se les dice. Te tomás antibióticos y se te va, es el riesgo que tiene ese tratamiento", cuenta.

Dependencia

Por casi 10 años debió realizarse a diario cuatro diálisis de 20 minutos cada una, con una diferencia de 6 horas.

El living de su casa estaba lleno de cajas con bolsas que utilizaba para introducir una solución y luego drenar el líquido para eliminar las toxinas, un trabajo que su riñón no podía realizar. "Era una dependencia continua, pero preferí esa alternativa a la hemodiálisis que te obliga a estar 4 horas conectada a una máquina, tres veces por semana en los centros de diálisis. De esta forma, en cambio podía realizármelo en mi casa", explica.

De vez en cuando salía de su trabajo e iba hasta su casa a hacerse el tratamiento. Si viajaba, también debía llevar con ella varias bolsas, y lo mismo cuando iba a casas de amigas. "En el auto siempre tenía una caja o llevaba una mochila. En los lugares a donde iba ya sabían que me dializaba", dice.

Hace unos cuatro años decidió empezar a hacer gestiones para recibir un trasplante de riñón y estuvo en lista de espera por dos años.

Su padre, quien vivía en Portugal, le insistía que estaba dispuesto a donarle uno, pero ella quería esperar a ver si aparecía un posible donante cadavérico, y así tener dos chances en caso de que su cuerpo rechazara el órgano.

"Pero lo que sucede con los trasplantes cadavéricos es que el proceso puede demorar mucho tiempo porque hay que hallar un riñón que sea compatible. Muchas veces sucede que hay riñones disponibles para trasplantar pero la persona no es compatible y tiene que seguir esperando, o justo está descompensada y no puede ser operada", explica Stella. Ella quería que su padre fuera "la última opción".

Pese a todo, Miguel Ángel Recoba decidió volver a Uruguay para convencer a su hija de que se realizara la operación.

"Mi propio padre había fallecido a fines de 2015, lo que me hizo tomar conciencia de que nadie tiene la vida comprada. Yo no sabía lo que me podía pasar al otro día. Por eso quería que mi hija aceptara mi riñón", cuenta Miguel Ángel.

Finalmente ella aceptó y comenzaron a hacer los trámites que duraron varios meses.

"Ambos tuvimos que realizarnos exámenes de compatibilidad y en uno de los estudios me detectaron una hipertrofia prostática por lo que los médicos quisieron que me operara para luego realizar el trasplante", contó Miguel Ángel. Eso hizo que la operación se retrasara aún más.

Una vez que tuvieron todos los exámenes los presentaron al Sistema Nacional de Salud (SNIS), "porque sin esa ayuda es muy difícil acceder a la operación ya que tiene un costo de entre 20.000 y 40.000 dólares", dice. "Por suerte el SNIS aceptó rápido la solicitud", agregó.

En total pasaron casi dos años entre que Stella se decidió a recibir el riñón hasta que se llevó a cabo la operación.

Se hicieron 95 trasplantes de riñón desde enero

En lo que va del año se han realizado 88 trasplantes cadavéricos de riñón y 7 intervivos (el órgano fue donado por una persona viva). En lista de espera hay 371 personas que aguardan por un trasplante renal, según los datos facilitados por el Instituto Nacional de Donación y Trasplante (INDT). Desde marzo hasta agosto, la cantidad de personas en lista de espera para distintos trasplantes de órganos ha disminuido de 508 a 436. Para los trasplantes de riñón hay tres equipos trabajando en el país: uno se encuentra en el Hospital Italiano, otro en el Hospital de Clínicas y otro en el Hospital Evangélico. Son equipos multidisciplinarios de hasta 20 personas: cirujanos, médicos, anestesistas, enfermeras, nutricionistas y psicólogos.

La operación

El procedimiento quirúrgico, que resultó exitoso, tuvo lugar el pasado 30 de agosto en el Hospital Evangélico. Ambos fueron internados en la misma habitación y a las 6 de la mañana entró Miguel Ángel al quirófano.

"Lo abrieron y cuando le estaban por sacar el riñón, ahí entré yo a otra sala", dijo Stella Maris. "Sacaron el órgano y me lo trasplantaron. Desde que lo abrieron hasta que suturaron a mi padre pasaron dos horas, y luego tres horas más para trasplantármelo a mí", relató.

Ni bien le colocaron el riñón, comenzó a funcionar.

Dice que está feliz y que el trasplante le cambió la vida. Ahora puede tener una dieta más variada que antes.

"No podía comer casi nada de carne, ni sal y tampoco podía tomar más de un litro de agua por día porque me hinchaba. No importaba que fuera verano", recuerda. "A veces, cuando hacía mucho calor, me ponía cubos de hielo en la boca y los chupaba; era una forma de sacarme la sed", agregó.

Ahora puede tomar toda el agua que quiera. "Para la gente normal puede parecer una pavada, pero para mí significa mucho", sostiene.

"Valió la pena haber venido a Uruguay para ver a mi hija feliz", reflexiona su padre.

"Ahora puedo regresar tranquilo a Lisboa".

Si conocés una historia de esperanza y superación que quieras compartir, escribinos a [email protected]

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