murió Carlos Maggi, dramaturgo, ensayista, historiador y referente cultural

La inagotable pasión por las ideas

Era uno de los últimos sobrevivientes de la legendaria "generación del 45", y fue hasta el final uno de los más activos. La muerte, corporizada en un rápido infarto, se llevó ayer a Carlos Maggi a la edad de 92 años, que será velado hoy desde las 10.00 en el Palacio Legislativo.

Había nacido en Montevideo el 5 de agosto de 1922 y, como parece hacerlo casi todo uruguayo con cierta vocación por la Humanidades, estudió abogacía. Sin embargo, desde muy joven mostró intereses muy variados. Tenía apenas 19 años cuando escribió junto a Manuel Flores Mora el ensayo José Artigas, primer estadista de la revolución, que fue editado por Mosca Hnos. en 1942. Allí asomó ya un interés por la figura del prócer que reaparecería frecuentemente en su obra posterior y que lo absorbió mayoritariamente en los últimos años de su vida, en los que su dedicación a Artigas proporcionó varios trabajos fermentales y dio lugar a unas cuantas polémicas.

En aquel mismo año 1942, Maggi lanzó con Flores Mora y otros una revista cultural, Apex, que llegó a los dos números y en la que había ya la cuota de inconformismo que marcó mucho de lo que hizo después, incluyendo un precoz reconocimiento de la obra rupturista de Juan Carlos Onetti y una persistente admiración por Francisco Espínola. Por esa misma época comienza a publicar en el semanario Marcha algunos cuentos que Emir Rodríguez Monegal definió alguna vez como "entre realistas y sobrerrealistas, inesperados".

La muerte de su padre lo convirtió precozmente en jefe de familia y lo obligó a multiplicar los recursos para ganarse la vida. Entre otras cosas fue libretista de radio, escribiendo durante bastante tiempo para el grupo cómico Los Risatómicos el número Pobre mi amigo González, que semana a semana contaba, con ingenioso humor negro, las infinitas variantes de una muerte y un velatorio. Otros trabajos para la radio incluyeron Memorias de un recién casado, para el actor Héctor Coire, y Las divagaciones de la tía Elisa, escritas a cuatro manos con su futura esposa la novelista María Inés Silva Vila. También inició en Marcha una sección humorística llamada En este país. Una versión le atribuye la creación del término "entrañavivista" (por más comprometido y visceral), opuesto a los "lúcidos", más distantes y cerebrales (los Emir, Benedetti, Rama, Alsina) de la generación del 45. Esa división, que suele identificarse con dos revistas literarias de la época (Número para los "lúcidos", Asir para los "entrañavivistas") nunca fue, sin embargo, tan nítida y tajante. Los integrantes de uno y otro lado cruzaban aquí y allá la línea.

Historia.

Los precoces intereses artiguistas exhibidos en el ensayo de 1942 tuvieron otro florecimiento en la colaboración de Maggi para la edición de homenaje al prócer publicada por El País en 1950, y que ya pertenece a la leyenda. Se trataba de un volumen colectivo dirigido por Edmundo Narancio, y en el que también colaboraron José María Traibel, Manuel Flores Mora, Blanca Paris, Querandy Cabrera Piñón, Edmundo Favaro, Facundo Arce, María Julia Ardao, Oscar Antúnez Olivera, Agustín Beraza, Autora Capillas de Castellanos, Héctor Gros Espiell, Emilio Ravignani, Eugenio Petit Muñoz y Daniel Hamerly Dupuy. Cuando, casi medio siglo después, El País quiso actualizar ese trabajo señero y comprobó que demasiados de sus redactores originales ya no estaban, el proyecto encomendado a Ribeiro se convirtió en los varios tomos de Los tiempos de Artigas, trabajo del que Maggi se convirtió en una especie de tutor.

Su prestigio se fue afirmando en los años cincuenta en las áreas de la literatura, el teatro y ocasionalmente el cine. Sus crónicas periodísticas y ensayos, con frecuencia peleadores, fueron reuniéndose en libros como Polvo enamorado (1951), El Uruguay y su gente (1963) y Gardel, Onetti y algomás (1964). En un reciente reportaje televisivo, un escritor del interior pudo objetar sin injusticia que el segundo de esos libros podría haberse titulado mejor Montevideo y su gente: en ese y otros trabajos, señaló, Maggi cometió el error tan montevideano de creer que Montevideo es todo el país.

Para entonces, Maggi se estaba convirtiendo en uno de los dramaturgos más interesantes del medio, dato comprobable en una teatrografía que incluye títulos como el musical Caracol, col, col, La gran viuda (1961), El pianista y el amor (1965), Noticias de la aventura del hombre (1966), El patio de la Torcaza (1967), El baile del cangrejo (1971, en la que reelaboró su previa Esperando a Rodó) y varias más.

También coqueteó con el cine (el cortometraje turístico La raya amarilla, 1962, con Ricardo Espalter, que formó parte de una campaña promocional de la Comisión Nacional de Turismo y que recibió un premio en Bruselas). Más cerca libretó con su amigo Mauricio Rosencof la ópera Il Duce (2013), sobre Benito Mussolini, con música de Federico García Vigil.

Política.

Sus relaciones con el poder político fueron complicadas. Aunque mayoritariamente vinculado al Partido Colorado (durante bastante tiempo escribió en el diario Acción) se alejó de él en 1971 para ser uno de los cofundadores del Frente Amplio, coalición que lo desencantó antes que a otros. Fue una movida que le hicieron pagar, sin embargo: el régimen de facto instaurado tras el golpe de junio de 1973 lo cesó en su trabajo de asesor del Banco Central (cuya ley orgánica ayudó a redactar), y durante la dictadura su nombre no se veía en las librerías: tuvo que publicar sin firma El libro de Jorge, recopilación de relatos cortos que antes divulgara a través de la radio en el programa de Ruben Castillo.

Tras el retorno de la democracia duró solo cuarenta y dos días como director de Canal 5 Sodre, y explicó algunas de las razones de esa brevedad en un libro titulado Los militares, la televisión y otras razones de uso interno (1986), que acaso hirió algunas susceptibilidades.

En las últimas décadas escribió en El País la columna Producto Culto Interno/Externo, publicó otros libros (salvo error u omisión, el último fue 1611-2011 Mutaciones y aggiornamento en la economía y cultura del Uruguay, que salió a la venta en 2011), y dedicó largas horas a los estudios artiguistas, a los que aportó textos como Artigas y su hijo el Caciquillo (1991), Artigas y el lejano norte (1999) y los ocho tomos de La nueva historia de Artigas (2005).

No es imprescindible estar de acuerdo con todo lo que Maggi escribió, que fue mucho, variado y a veces discutible. Pero era la clase de hombre que tiraba ideas (muchas veces inconformistas, a menudo originales), e invitaba a pensar sobre ellas. Hasta para discrepar con él, lo que podía ocurrir con alguna frecuencia, valía la pena leerlo con atención. Se lo va a extrañar.

Polémica: el José Artigas "charruista" de Maggi


La generación más joven que solo parece haber conocido al Carlos Maggi columnista de Producto Culto Interno tiene por cierto una visión muy parcial de él. Ahí estaba parte de Maggi, pero no todo, y para completar el cuadro hay que agregar al humorista, al ensayista, al autor teatral, al historiador.

Es posible que sea este último el que haya desencadenado polémicas más jugosas aunque, inevitablemente, más elitistas.

Maggi pasó cientos de horas en el Archivo Artigas, y ha llegado a sostenerse que nadie lo conoció mejor que él. Puede ser una exageración, pero no una esencial falsedad. Pero las discusiones no se centran en su conocimiento del tema, sino en sus interpretaciones acerca de él.

Las polémicas comenzaron probablemente en 1991, cuando publicó Artigas y su hijo el Caciquillo, donde afirmó que el líder indígena Manuel Artigas era hijo natural del caudillo. En ese momento Washington Lockhart pudo sostener que el libro contenía "un hecho y noventa y nueve hipótesis", y que esas hipótesis no estaban debidamente probadas. Es cierto que Artigas llamó en más de una carta al Caciquillo "mi hijo", pero es discutible (y ha sido discutido) que la expresión deba ser tomada en un sentido literal.

Esa lectura se inscribe en un panorama más amplio: el de la opinión de Maggi acerca de la relación de Artigas con los charrúas. En sus varios libros sobre el tema, que han alimentado algunas corrientes "charruistas" al uso, Maggi insistió acerca del papel fundamental que los charrúas jugaron en la gesta artiguista, y hasta pudo sostener que el prócer fue, durante una juventud rebelde que otros historiadores consideran más bien legendaria, "uno de la tribu" que le habría dado casi totalmente la espalda a la civilización de cuño hispánico.

Nadie duda que Artigas fue el más "indigenista" (o quizás correspondería decir el más "inclusivo") de los próceres de la independencia, y en ello se diferenció bastante del liberalismo oligárquico de las burguesías portuarias: es difícil imaginarlo involucrado en un Salsipuedes.

Pero de ahí a los excesos de "charruismo" hay una distancia, y esa es una zona de la obra de Maggi que corresponde leer con un grano de sal. Lector inteligente y voraz, conocedor de centenares de documentos, Maggi poseía también un olfato de periodista para reunir materiales dispersos y construir con ellos una teoría aparentemente convincente. Vale la pena leerlo (siempre se aprende algo), pero también contrastarlo con otros puntos de vista (desde Padrón Favre a Mario Cayota) para tener una visión más completa y equilibrada.

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