PAUL KRUGMAN

Propuestas republicanas

Un confidente de Trump dice que el hombre en la Oficina Oval está "cansado de que todos piensen que en su presidencia la embarró". Un consejo profesional: la mejor forma de combatir las percepciones de que estás metiendo la pata es, tú sabes, dejar de meter la pata.

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El plan de salud de Obama divide opiniones. Foto: Archivo El País

Sin embargo, él no puede. Y no es solo un problema personal. Huelga decir que Donald Trump es el individuo menos calificado, temperamental o intelectualmente, que se haya instalado en la Casa Blanca. Desde que cambia de las disparatadas acusaciones contra el ex presidente Barack Obama a los comentarios sarcásticos sobre Arnold Schwarzenegger, está haciendo una muy buena imitación de alguien que está experimentando una crisis nerviosa personal, aun cuando todavía tiene que confrontar una crisis que no generó él.

Sin embargo, el embrollo republicano más amplio —el fracaso del partido, hasta ahora, para avanzar significativamente en el cumplimiento de cualquiera de sus promesas políticas— no solo se trata de la ineptitud de Trump. Todo el partido, resulta ser, ha estado fingiendo durante años. La retórica de sus dirigentes estaba vacía; no tienen ni idea de cómo convertir sus lemas en legislación real porque nunca se tomaron la molestia de entender cómo funciona cualquier cosa importante.

Por ejemplo, los dos puntos principales de la agenda legislativa del Partido Republicano: anular la reforma del sistema de salud y reformar los impuestos corporativos. En cada caso, los republicanos parecen totalmente impactados por encontrarse encarando a la realidad.

La historia de la derogación del Obamacare sería chistosa si no fuera la atención de la salud —y, en muchos casos, la vida— de millones de estadounidenses lo que está en juego.

Primero, tuvimos siete años en los que los republicanos seguían prometiendo ofrecer una alternativa al Obamacare en cualquier momento, pero nunca lo hicieron. Luego, en los meses posteriores a las elecciones, hubo promesas de que los detalles estaban justo a la vuelta de la esquina.

Ahora, al parecer, hay un plan oculto en alguna parte del sótano del Capitolio. ¿Por qué el secreto? Porque los republicanos han descubierto, tardíamente, lo que algunos de nosotros tratamos de decirles todo el tiempo: la única forma de mantener la cobertura para 20 millones de personas que obtuvieron un seguro gracias al Obamacare, es con un plan que, ¡sorpresa!, se parece mucho al Obamacare.

Se dice que el nuevo plan sí se parece a una especie de versión a medio cocer de la reforma del sistema de salud. Políticamente, pareciera ser la personificación de los peor de ambos mundos: es suficiente, como el Obamacare, para enfurecer a los conservadores de línea dura, pero debilita lo suficiente algunos aspectos claves de la ley como para privar a millones de estadounidenses —muchos de los cuales son electores blancos de clase trabajadora que apoyaron a Donald Trump— de la atención básica de la salud.

La idea, aparentemente, es lidiar con estos problemas aprobando el plan antes de que nadie tenga la oportunidad de realmente verlo o reflexionar sobre su contenido. Buena suerte con eso.

Luego, está la reforma fiscal corporativa, un tema en el que el plan que está presentando el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, de hecho, no es tan malo, al menos en principio. Hasta algunos economistas de inclinación demócrata apoyan un cambio a "un impuesto al flujo de fondos, basado en el destino", en el que se piensa mejor como un impuesto a las ventas, más un subsidio a la nómina.

Sin embargo, Ryan, en forma espectacular, no ha podido argumentar ni ante sus colegas, ni ante los poderosos grupos de interés. ¿Por qué? Lo mejor que puedo decir es porque él mismo no entiende el punto de la reforma. La argumentación del impuesto al flujo de fondos es bastante técnica; entre otras cosas, se quitarían los incentivos que el actual sistema tributario genera para que las corporaciones se carguen de deudas y participen en ciertos tipos de evasión legal de impuestos. Sin embargo, ese no es el tipo de cosas de las que hablan los republicanos; en todo caso, están a favor de la evasión fiscal legal, de ahí la propuesta de Trump de recortar el fondeo para el servicio tributario.

En el mundo del Partido Republicano, las ideas tributarias siempre se tienen que presentar como formas de quitarles los grilletes a los oprimidos creadores de empleo. Así es que Ryan ha enmarcado su propuesta, como una medida para hacer que la industria estadounidense sea más competitiva, concentrándose en "los ajustes arancelarios", que es parte del componente del impuesto a las ventas de la reforma.

Esta distorsión parece, no obstante, estar resultando contraproducente: suena a un arancel trumpista, y tiene indignados a los conservadores, tanto como a los minoristas, como Wal Mart.

En este punto, entonces, las principales iniciativas republicanas están empantanadas por razones que no tienen nada que ver con los defectos en la personalidad del tuitero en jefe, y todo que ver con la incapacidad, más general y más fundamental, de su partido.

¿Significa esto que no pasará nada sustantivo en el frente político? No necesariamente. Sin embargo, cualquiera que sea el resultado final, lo que estamos presenciando es lo que pasa cuando un partido que cedió las ideas sólidas a favor del abuso en los eslóganes termina a cargo de la políticas reales. Y no es un espectáculo bonito.

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