JULIO PREVE FOLLE

Brasil y una cuota para los lácteos

Según trascendió, el gobierno brasileño estaría planteando nada menos que la cuotificación de las exportaciones de lácteos, hiriendo de muerte y definitivamente uno de los pocos negocios aún atractivos para con ese destino.

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Tabaré Aguerre. Foto: Ariel Comegna

Así lo habría manifestado el ministro brasileño al Ing. Tabaré Aguerre hace algunos días. La reacción de nuestro ministro fue clara, contundente, rechazando el propósito brasileño. Se mostró sorprendido con las declaraciones de su colega Blairo Maggi, quien anunció que Brasil quiere excluir a la leche de la lista de productos del Mercosur beneficiados con el comercio libre —como ya ocurre con el azúcar o el sector automotor—, como forma de "terminar con las distorsiones en el mercado brasileño provocadas por las importaciones desde Uruguay". El titular del MGAP remarcó que las declaraciones de Maggi fueron "una expresión de deseo" y reiteró que "no hay ninguna medida planteada" porque "no hay forma legal" de hacerlo de manera unilateral. Y tiene razón el ministro, porque si en lugar de libre circulación se establecieran cuotas, estaríamos simplemente en comercio administrado, lo que nada tiene que ver con la esencia de la unión aduanera.

Uruguay también.

Lo que pasa es que si se trata de agravios al Mercosur, Uruguay en general, pero particularmente este gobierno, han hecho toda clase de agravios a la libre circulación que en alguna medida ambientan que Brasil proponga semejante dislate. Veamos.

Lo más chocante es que Uruguay acaba de proponer el establecimiento de aranceles intramercosur, a los que llamó tasa consular, que agravian uno de los puntos cruciales de la unión aduanera, como lo es el arancel cero intra zona. Es decir que Uruguay reclama lo que no hace y viene de proponer en la rendición de cuentas. Por otra parte, nuestro país es violador serial de la libre circulación: a veces con bendición Mercosur, es decir consiguiendo la aceptación de los socios, y muchas otras sin permiso alguno. En el primer caso, se encuentran el sector azucarero, el sector automotor, y el sector vitivinícola.

Se trata de actividades para las que el Mercosur no corre y protege de modo definitivo tres sectores que no tienen ningún sentido económico. Protegemos a Alur, a nuestra industria automotriz —cómo olvidar aquellos autos nacionales de aspecto oblongo— y a nuestra producción de vinos, de casi nula competitividad externa.

Pero están también los sectores excluidos del Mercosur sin la bendición de los socios, es decir, por decisión unilateral uruguaya. Entre ellos están los biocombustibles, que solo se pueden usar si proceden —faltaba más— de materia prima nacional. Y están todas las frutas y hortalizas, cerradas por completo al comercio regional con prohibiciones, aranceles encubiertos y abuso del famoso certificado sanitario —el Afidi— para limitar importaciones.

Tampoco se debe olvidar nada menos que la prohibición de importación de carne de pollo, que en tiempos de Mujica se sustituyó por cuotas de importación —lo mismo que ahora quieren los brasileños con los lácteos— establecidas a través de un burdo procedimiento de la administración de certificados sanitarios. A todo esto hay que sumar las infinitas excepciones —unas legales, otras no tanto— a la aplicación del arancel externo común, negando así la preferencia a los socios, en tanto se aumenta la protección efectiva de tantos productos industriales. Dejo para el final la exportación de ganado en pie a la región, restringida a través del morbo hecho regulación de todo un proceso, que de paso mató la libertad.

El AEC de los lacteos.

Y queda otro tema de total responsabilidad del gobierno. Como se sabe, en concordancia con el sesgo proteccionista que se introdujo desde 2005, Uruguay finalmente aceptó elevar el arancel externo común de los lácteos de valores de 14 a 16 %, que ya eran una barbaridad para un commodity, al 28 % en el 2015 y hasta 2023. Muchas veces escribí en contra de esta propuesta vieja en el Mercosur.

Brasil, que nunca creyó en la libre circulación, que es el gran responsable del fracaso de la unión aduanera, siempre quiso alentar, a través de una sustitución de importaciones regional, su propia producción. Logrado esto, que en el corto plazo mejora la preferencia regional para exportar a aquel destino, era obvio que iban a empezar las dificultades para nuestro acceso como se verifican hoy. Uruguay nunca debió convalidar aquel aumento, que supuso en el corto plazo mejorar la preferencia en el acceso, pero solo para regar el árbol de nuestra horca: pura incompetencia de nuestros negociadores.

Es absolutamente claro por todo lo anterior que aunque el ministro Aguerre tiene razón, la conducta comercial del gobierno que integra, en especial en rubros de su cartera, ha ido a contramano de la letra y del espíritu de la esencia de la unión aduanera que ahora también agravia Brasil, primer y más importante omisor contumaz de sus obligaciones, luego seguido hasta el paroxismo por el gobierno de Cristina y su propuesta de reindustrialización de Argentina, retenciones, dólar blue, etc. Lo que quiero decir es que cada vez que nuestro país agravió la libre circulación, o aceptó nada menos que el aumento del arancel externo común de los lácteos, —o propuso esta impresentable tasa consular— ambientó, dio pie y convalidó que Brasil propusiera atropellos como el de cuotificar el ingreso de nuestros lácteos para evitar lo que es la esencia misma de la integración, que es la competencia dentro del mismo espacio aduanero de los agentes económicos de la unión, con independencia del país al que pertenezcan.

De prosperar esta locura de los brasileños, quizás habría un beneficio: quedarían ya pocos sectores defendiendo la pertenencia a un Mercosur que es una caricatura de lo que se firmó en 1991.

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