JAVIER DE HAEDO

Un barrio complejo

Como hemos visto muchas veces, y más allá del desacople reciente, los precios y las cantidades en nuestros vecinos son clave para la suerte de los precios y las cantidades en nuestro país.

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Foto: Archivo El País

En materia de precios, no nos resulta inocuo que ellos se encarezcan o abaraten en dólares y en materia de cantidades, resulta difícil vernos saludables con ellos pasando por dificultades y recíprocamente.

En los últimos meses hubo variaciones muy fuertes de los precios (medidos en términos de dólares, a efectos de hacer relevantes las comparaciones) en ambos vecinos, mientras que sus respectivos niveles de actividad económica están regular o mal.

Comencemos por Argentina, donde el gobierno de Macri, como era previsible, se ha dedicado desde la primera hora a "desfacer los entuertos" que le legó el período K. Así, terminó con el cepo cambiario, comenzó a desmontar las detracciones sobre las exportaciones y el régimen de subsidios y, más recientemente, terminó con el default. Vino a pagar la cuenta de una fiesta de la que no fue parte y está pagando los costos de hacerlo, básicamente el impacto en el IPC de la devaluación y el recorte de subsidios.

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce y aún no ha procedido a realizar todo el ajuste que es necesario en el frente fiscal, donde las pautas conocidas hasta ahora exhiben una excesiva gradualidad. Se podrá decir que mientras exista confianza (y financiamiento) eso no es un problema, pero justamente allí está el problema principal que veo en Argentina. Una vez más (y por casa sabemos de esto) se busca sortear un ajuste fiscal necesario mediante el uso de endeudamiento (ya sea deuda interna, como hasta hace pocos días, ya sea deuda externa, como ocurre desde el final del default). Esto tendrá dos consecuencias: una, un inevitable atraso cambiario en Argentina, como se induce a que ocurra cada vez que se financia un exceso de gasto interno (público o privado) mediante deuda externa; dos, salvo que en los próximos años se converja efectivamente a la situación fiscal proyectada, se estará sembrando la semilla del próximo default.

Desde el punto de vista de nuestro país, se trata de buenas noticias: habremos de convivir por un tiempo indeterminado con una Argentina cara y que con el transcurso de los trimestres irá recuperando su actividad económica. Sólo a título ilustrativo, desde octubre pasado en Argentina el dólar bajó 5% y los precios subieron 27% y con relación a octubre de 2014, el dólar subió 4% y los precios 57%. Argentina está cara en términos históricos y nada hace pensar que esto cambie en el futuro inmediato.

Veamos ahora el caso de Brasil, donde más allá de la notoria incertidumbre sobre el futuro político, hay indicadores mayoritariamente malos: la economía cayó 3,8% el año pasado y se espera igual desempeño para este año; el desempleo se duplicó en los últimos 12 meses; el déficit fiscal nominal llega a casi el 11% del PIB; la inflación está en 9,4% aunque ha comenzado a ceder; y por último, lo que se muestra mejor es el sector externo, con una acelerada recuperación de la cuenta corriente de la balanza de pagos y de la inversión extranjera directa, lo que ha mejorado significativamente el balance externo de la mano de un mejor tipo de cambio real.

Pero quiero detenerme en lo peor que ha estado sucediendo en Brasil: su desempeño económico. De acuerdo a las últimas estimaciones locales y del FMI, al cabo del año próximo, la producción brasileña será aproximadamente similar a la de 2010. Siete años perdidos, que son aún más si se considera a la producción en términos de una población que crece a casi el 1% anual. Si comparamos a Brasil con el promedio de las economías emergentes, en 2011-2013 éstas crecieron 17,3% y Brasil sólo 8,6%; en 2014-2017, las primeras habrán de crecer 18,5% y Brasil caerá 7,4%. Al cabo de los siete años considerados, Brasil crecería 0,6% mientras que el promedio de sus compañeros de clase un 39,0%. A todo esto, en los últimos meses y ante la creciente perspectiva de un cambio de gobierno que permita avizorar progresos, el dólar se desplomó desde los máximos alcanzados en enero: BR$ 4,17 como máximo diario y BR$ 4,06 como promedio mensual. En abril estuvo por debajo de los BR$ 3,50 y promedió algo por encima de ese valor.

Desde el punto de vista de nuestro país, esta reciente corrección en el tipo de cambio ha sido saludable, pero no deberíamos esperar más de lo mismo en la medida en que Brasil tiene un tipo de cambio real situado en los promedios históricos. Mientras tanto, la continuación del desplome de la economía y la tardanza prevista en su recuperación serán negativas para nosotros.

En balance, en los próximos trimestres estaremos acompañados por una Argentina cara y que poco a poco se irá recuperando y por un Brasil que seguirá con un mal desempeño de su producción y cuyos precios, medidos en dólares, están en una situación razonable en términos de largo plazo, pero que en el corto plazo podrán seguir bailando al ritmo de la política.

Argentina encarecida y el Brasil con el dólar a BR$ 3,50 han hecho parte del ajuste por nosotros. Otra guiñada del sector externo, que deberíamos aprovechar para hacer la parte pendiente del ajuste necesario.

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